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Sábado , 18.08.2018 / 12:22 Hoy

Melancolía de la Resistencia

Los conductores idiotas

Jordi Soler

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Así como aquel fantasma que recorría Europa, con el que Marx y Engels ponían en marcha su manifiesto comunista, otro fantasma recorre Estados Unidos y, para seguir con la onda del manifiesto, todas las fuerzas “se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma”.

Pero el de Marx y Engels era, decían entonces, el fantasma de la libertad, ese que aprovechó Luis Buñuel para hacer una sólida obra maestra del cine, y el que hoy recorre Estados Unidos es el fantasma del miedo a la rebelión de las máquinas inteligentes. Digamos, antes que nada, que con frecuencia las máquinas inteligentes son verdaderamente idiotas, la inteligencia artificial, igual que la nuestra, tiene sus apagones, le llega su momento del colapso, como no podría ser de otra manera pues de una inteligencia defectuosa, como la nuestra, se espera que cree otra inteligencia defectuosa.

A estas alturas del siglo XXI la inteligencia de las maquinas ha entrado en una nueva fase: la de los coches que se manejan solos. No es lo mismo confiarle a la inteligencia artificial la gestión de un texto en Word, o el departamento de embotellado de una fábrica de refrescos, o la reserva automática de una habitación de hotel, que confiarle el coche para que te lleve a, digamos, Toluca. En este párrafo ya habrá saltado el experto en estos temas para decir que las máquinas ya manejan los aviones y el metro de algunas ciudades; pero me temo que esta experiencia colectiva, y poco palpable porque nunca se entera uno de lo que sucede dentro de la cabina de controles del avión o del metro, no puede compararse al vertiginoso tête à tête que experimenta el pasajero, que antes había sido el conductor, de un coche que se maneja solo. Llegar a esa famosa curva llamada “la pera” sentado frente al volante con los brazos cruzados debe ser una experiencia cuando menos interesante.

En el futuro todos los coches serán así, sin conductor, y los antiguos conductores aprovecharan esas largas horas que pasan desplazándose de un lado a otro de la ciudad, para mandar mails, leer un libro, hacer la contabilidad del negocio o liarse con la compañera que va en el asiento del copiloto.

Un lío de estos, mientras el coche sortea las cumbres de Acultzingo, debe ser una experiencia limítrofe entre la épica y la erótica.

Mientras llegamos a ese futuro, cada vez más cercano, en Estados Unidos ya circulan los coches que se manejan solos, con el conductor desempeñando un papel puramente testimonial, y están a punto de circular ya los coches que se manejan solos sin la presencia del pelmazo que va cruzado de brazos frente al volante. Hace unas semanas, en Pittsburgh, la compañía Uber puso a circular por la ciudad, en fase de pruebas, una flotilla de taxis sin conductor. En muy poco tiempo vamos a pedir un Uber y va a llegarnos a casa un coche sin chofer.

La última resistencia para que estos coches autónomos empiecen a llenar las calles de las ciudades, fue derribada hace unos días cuando el presidente Obama dio luz verde al desarrollo y la producción masiva de estos coches que empezarán a fabricar diversas compañías. La inteligencia artificial va a reemplazar, irremediablemente, al conductor inteligente.

El pasado julio un coche Tesla, bajo la conducción de la inteligencia artificial, se estrelló contra un camión mientras su dueño aplicaba su inteligencia natural al visionado de la película Harry Potter. Este accidente desamarró al fantasma del miedo con el que comenzamos estas líneas, las mentalidades vetustas del siglo XX “se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma” pero, por lo visto, sin mucho éxito porque la acción que emprendió el gobierno, después de aquel aparatoso apagón de la inteligencia artificial, no fue prohibir la circulación de coches sin piloto sino, al contrario, promover su producción.

Todos los estudios indican que el coche sin conductor, a pesar de que las máquinas inteligentes a veces son muy idiotas, son bastante menos idiotas, a la hora de conducir, que las personas inteligentes. Las estadísticas dicen que los accidentes de coche se reducirán drásticamente cuando nosotros dejemos de ir al mando. Según todos los cálculos el verdadero peligro somos, y hemos sido siempre, nosotros. El fantasma sigue a pesar de estos esplendorosos vaticinios, un gran número de personas sigue desconfiando de las máquinas lo cual, vistos los números y las estadísticas, es francamente irracional. La situación recuerda el miedo a las máquinas que acompaña a nuestra especie desde la Revolución Industrial, recuerda a esas señoras que cubrían su máquina Singer con un mantel, para que pareciera una inofensiva, e inanimada, mesita para tomar café.

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