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Melancolía de la Resistencia

Los cocodrilos de mi pueblo

Jordi Soler

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Cuando era niño vivía en un paraje veracruzano cruzado por un río que navegaban los cocodrilos, a veces plácidamente y otras con una tensión que en cualquier momento se convertía en violencia desatada. Si el cocodrilo veía un animal en la orilla, digamos un borrego o un conejo, lo acechaba silenciosamente y después, cuando estaba seguro de que lo iba a conseguir, saltaba fuera del agua y se lo llevaba entre las fauces, río abajo hasta que se perdía más allá de la isla del Rosal. A veces el borrego iba balando mientras se lo llevaba el cocodrilo, en vilo a tres palmos del agua. Después venía el silencio.

Me he acordado de los cocodrilos de mi pueblo estos días en que voy presentando, por los pueblos de España y muy lejos de Veracruz, mi libro Usos rudimentarios de la selva, donde estos bichos tienen un papel protagónico.

Los lobos son un silencio que pende entre dos aullidos. Cuando no aúllan el silencio recorre de un lado al otro el interior del animal mientras se desplaza por el bosque, aunque en realidad se trate de un silencio aparente porque, como bien se sabe, el silencio absoluto no se puede conseguir porque el cuerpo tiene una inquietante vida interna que suena todo el tiempo, oímos los latidos del corazón, los rechinidos del laberinto intestinal, el chasquido de los huesos o las articulaciones.

Carlos Castaneda batalla en todos sus libros para conseguir desterrar las palabras y los pensamientos del interior de su cabeza, lo cual sería una suerte de silencio. De acuerdo con la técnica que le enseña el brujo yaqui Don Juan, una vez que logra suspenderse esa palabrería permanente que él llama diálogo interno, queda uno en posición para acceder a otro plano de la realidad, al plano en el que sucede la magia o, de forma más modesta, al plano desde el cual podemos relativizar nuestra cotidianidad, nuestros momentos luminosos que relativizados pueden convertirse en pura miseria, y viceversa.

Castaneda recomienda detener el diálogo interno para darnos cuenta cabal del mundo que nos rodea y una vez hecha, y reiterada, la recomendación, nos deja solos para que cada quien se las componga con ese complicado trance del silencio mental que, aunque parezca mentira, es muy difícil de conseguir, pues todo el tiempo estamos hablándonos dentro de la cabeza, incluso cuando soñamos. Póngase usted atención y verá cómo no para de hablarse.

En el caso de los cocodrilos el silencio es más bien un rumor, de cerca se les oye ronronear, casi como hacen los gatos, producen un largo tremor que los recorre por dentro y que resulta imperceptible si no se acerca uno lo suficiente. Esto, cuando menos, es lo que hacían los cocodrilos de mi pueblo. Ni los lobos ni los cocodrilos producen, que se sepa, la fatigosa palabrería interior que producimos nosotros. ¿Qué tanto nos decimos?, ¿Qué tan interesante puede ser ese diálogo egoísta y torrencial? El que habla solo aspira a hablar con Dios un día, dicen, y esto se aplica a todos porque hablamos sin tregua dentro de nuestra cabeza, no con Dios, sino de cualquier tontería.

Cuando era joven, entusiasmado por los libros de Carlos Castaneda, me puse a intentar detener, como los brujos, mi diálogo interno, sin resultados apreciables hasta que desistí, más que nada por aburrimiento, y por no saber exactamente qué hacer una vez que llegara el silencio. Pero años más tarde, ya con los libros de Castaneda rigurosamente olvidados, experimenté un silencio absoluto, la ausencia del diálogo pertinaz, después de algunas horas de caminar por el bosque y a partir del silencio que se abrió en mi cabeza como un claro entre los árboles, resolví dos conflictos, que entonces me torturaban, de manera instantánea. No accedí al nivel mágico como aseguraba el brujo Yaqui, pero las soluciones a las que llegué me parecieron magia suficiente. Quizá la magia no sea más que eso, la solución espontánea de un conflicto. Nietzsche distinguía entre los pensamientos que producía en estado de reposo y los pensamientos caminados que le salían cada vez que se echaba a andar y se producía dentro de su cabeza el silencio propicio. Nada nuevo, la verdad.

Desde que tuve aquella experiencia, más prosaica que mágica, cada vez que camino largamente por el bosque llego al silencio y por el claro que se abre en mi bosque neuronal entran ideas frescas, novedosas, sorprendentes porque no son mías, sino que aprovechando el vacío se me han metido; al no irme hablando a mí mismo permito que me hable otra voz, me reconvierto en el silencio del lobo que existe entre dos aullidos, o en el ronroneo que hacen los cocodrilos y que cualquiera confunde con un silencio sepulcral.

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