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Viernes , 22.06.2018 / 05:15 Hoy

Melancolía de la Resistencia

Los ciclos de la Luna

Jordi Soler

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De los ácaros, esos horrendos arácnidos diminutos que infestan nuestras almohadas, y que por suerte nunca vemos, nos cuenta Sue Hubbell una historia que bien podría ser una parábola de la humanidad. El ácaro hembra, ¿la ácara?, elige para desovar un sitio verdaderamente excéntrico: el oído de una polilla.

El sitio es excéntrico pero tiene la morfología de una caverna y también sus dimensiones, si consideramos el tamaño milimétrico de la ácara. La hembra trepa por el lomo de la polilla y se introduce en el oído, muy al fondo, en la zona donde la humedad y la temperatura son propicias. Las crías nacen ahí mismo y luego salen a la intemperie a embarazar o a que las embaracen, y a contribuir, con sus pequeñas acciones y sus modestos desplazamientos, al ecosistema de los bosques.

Hubbell cuenta de los ácaros de las montañas Ozarks, al sureste de Misuri; no se ocupa de los que viven en nuestras almohadas, en los cojines de nuestro sillón, o en la cabellera de nuestra novia o en el jorongo de nuestra madre, ni tampoco aclara si nuestros túneles auditivos son igual de propicios para el desove que los de las polillas.

Cuando una ácara siente la urgencia de desovar revisa los dos oídos de la polilla y elige el que ya está ocupado por otras descargas de huevecillos. Este ensañamiento con el mismo oído obedece al increíble, y casi inverosímil, instinto de supervivencia de los ácaros que es, a pesar de la insignificancia del bicho, de una muy alta sofisticación. Los huevos depositados dañan irremediablemente uno de los oídos de la polilla, el otro lo respetan para que la polilla pueda detectar la cercanía de su depredador, que es el murciélago. Si colonizaran los dos oídos la polilla quedaría sorda, sería inmediatamente depredada y los huevecillos no llegarían a término.

La parábola que sugiere esta historia tiene una dimensión profundamente humana: abuso del otro pero sin llegar al límite, no por compasión ni por piedad, sino porque su ruina terminaría perjudicándome a mí. Aunque es verdad que hay personas que son capaces de arruinarse con tal de perjudicar al otro, lo cual las sitúa, en la escala moral, por debajo de los ácaros.

Esta historia, no su parábola que es cosa mía, la cuenta Sue Hubbell en su hermosísimo libro Un año en los bosques (Errata Naturae, 2016). Hubbell es bióloga y a principios de los años setenta, harta de la ciudad, y del vacío que dejó su hijo al irse a la universidad, se va con su marido a las montañas Ozarks, a un bosque casi deshabitado desde la época en que los indios Osage, que eran los habitantes originales de esas tierras hasta que fueron exterminados. Esta pareja de urbanitas decide ganarse la vida con la apicultura, construyen colmenas, reconducen enjambres y montan un sistema artesanal para recolectar la miel. Pero antes de la primera recolección el marido se aburre y regresa a la ciudad, y deja a Sue sola en aquellas montañas.

El libro es la historia de su vida solitaria en las montañas, de su relación con la naturaleza, con sus criaturas y con sus fuerzas desbocadas, y de su interacción con los escasos vecinos que tiene, gente aislada, extraña y huraña con la que está obligada a cooperar, y a hacer cierta vida social porque sin esa ayuda mutua la

vida ahí sería casi imposible.

Casi al final del libro Hubbell reflexiona sobre la cómoda “invisibilidad” (así lo dice textualmente) de la que disfruta una mujer de cincuenta años, vestida de granjera, en la que nadie repara. Puede sentarse en la cantina del pueblo, o en un restaurante, sin que ningún hombre quiera sentarse con ella o invitarle un trago. Se pregunta, sin rastro de autocompasión: “¿en qué lugar encajamos las mujeres maduras en el diseño de las cosas, una vez que la construcción del nido ha perdido su encanto?” Y concluye: “para nosotras el tiempo tiene un final; es precioso, y hemos aprendido su valor”.

“El tiempo tiene un final”, dice Hubbell, y a mí me ha dejado pensando en que las mujeres son parte de la naturaleza, traen la vida al mundo y viven en consonancia con los ciclos de la luna, con el engranaje de los astros. Los hombres, en cambio, hemos sido expulsados de la naturaleza. La mujer, al ser parte de ese engranaje, tiene un otoño biológico perfectamente definido, llega el día en que ya no puede engendrar hijos y esto le permite asumir, de forma muy palpable, ese final del tiempo del que habla Hubbell. En cambio el hombre, desde su abandono, sin ese agudo conocimiento del tiempo que se le ha escatimado, sigue intentando preñar a las mujeres hasta el último día de su vida. Mientras el invierno lo carcome, vive entregado a la ilusión de la primavera.

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