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Sábado , 15.12.2018 / 06:55 Hoy

Lo infra-leve

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Pirrón de Elis, el gran maestro del escepticismo radical, recomendaba “no prestar atención a los torbellinos de la sabiduría halagadora”, y aseguraba que “el fundamento del escepticismo es la esperanza de conservar la serenidad de espíritu”.

El verdadero escéptico vive con menos angustia que el crédulo, diría, en una de sus vertientes, la filosofía de Pirrón, ese sabio, digamos, presocrático, del que hablamos hace unas semanas en este mismo espacio.

El escepticismo es un arma invaluable para contrarrestar la credulidad a la que nos aboca la hiperinformación del siglo XXI; sin su ayuda estamos expuestos a creer cualquier tontería que se diga en una tribuna pública de gran difusión o, a nivel personal, a tragarnos la primera burrada que nos diga nuestro primo.

Marcel Duchamp, el gran escéptico del arte del siglo XX, y también uno de sus más grandes artistas, no leyó más que dos libros en su vida, aunque con verdadera devoción: uno del filósofo alemán, del siglo XIX, Max Stirner, El ego y su propiedad, y otro sobre la vida y las ideas de Pirrón de Elis.

Que Duchamp, el artífice del arte abstracto haya leído solo dos libros, y que uno haya sido sobre el ego y el otro sobre el desapego al que invita el escepticismo, sugiere que algo huele a podrido en el reino del abstraccionismo. Pero esa es otra historia, lo que importa ahora es que Duchamp se inspiraba en Pirrón, y en su escepticismo radical, para construir su obra, tan profunda como exigua, y para vivir su vida como un verdadero escéptico.

En el punto culminante de su trayectoria artística, cuando tenía Nueva York a sus pies, Duchamp decidió que el resto de su vida, que era mucha todavía, se iba a dedicar a jugar al ajedrez, cosa que cumplió al pie de la letra. Decía que los artistas nunca saben realmente lo que están haciendo, que él no era un artista sino un respirateur, una persona solo dedicada a respirar, y que el tipo de pintor que ponía en el lienzo exclusivamente lo que estaba viendo era un imbécil; detestaba el arte que era solo para los ojos, el arte retiniano lo llamaba, y sostenía que la pintura debe estar al servicio de la mente. Le parecía que a mediados del siglo XX Europa estaba muerta, pero no por la guerra, sino por sus edificios avejentados y consideraba que había mucho más arte en un rascacielos de Manhattan que en cualquiera de las viejas catedrales de Francia, su país de origen.

Abandonó su proyecto artístico porque no quería empezar a repetirse y dejó una obra contundente, imprescindible y desasosegantemente breve. Era tan escéptico que abandonó su proyecto en el momento justo en el que los artistas comienzan a hacerse ricos, que es, precisamente, cuando empiezan a repetirse.

Me parece que Marcel Duchamp es uno de los alumnos destacados de Pirrón de Elis, su escepticismo lo llevó a alumbrar zonas desconocidas del mapa del arte, no hace falta más que contemplar (en Google), y leer lo que dijo al respecto, Le grand verre, el gran vidrio, o indagar en sus caóticas notas, también bastante breves, donde investiga sobre un concepto de su invención, infra-mince, lo infra-delgado o, mejor, lo infra-leve.

La idea era combatir a la masa, a la multitud, al escándalo del gentío, a la hiperinformación diríamos hoy, cultivando el silencio, la lentitud y la soledad, tres condiciones indispensables para captar lo infra-leve. ¿Qué es lo infra-leve?, una serie de breves notas que hizo a vuela pluma y que un editor tuvo la generosidad de publicar (Notas, Marcel Duchamp, Ed. Tecnos, Madrid), nos da una idea de este concepto que Pirrón de Elis hubiera adoptado como suyo: “El calor de un asiento (que se acaba de dejar) es infra-leve”. “Pantalones de pana. Su ligero silbido (al andar) por roce de las 2 piernas, es una separación infra-leve indicada por el sonido”. “Cuando el humo de tabaco huele también a la boca que lo exhala, los dos olores se casan por infra-leve (infra-leve olfativo)”.

En sus notas también encontramos ideas que aplicó más tarde en su propia obra: “comprar o coger cuadros, conocidos o desconocidos, y firmarlos con el nombre de un pintor conocido o desconocido”. Además propone la creación de un interesante aparato: “Transformador concebido para aprovechar las pequeñas energías desperdiciadas como: el exceso de presión sobre un interruptor, la exhalación del humo de tabaco, el crecimiento del cabello, del vello y de las uñas”.

Duchamp dejó poca obra, y un mínimo de ideas escritas; bien mirado no fue tan escéptico como Pirrón, su maestro, que no dejó absolutamente nada, ni una sola palabra escrita, todo lo que de él se sabe, nos lo han contado sus discípulos y sus admiradores.

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