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Lunes , 24.09.2018 / 15:05 Hoy

Melancolía de la Resistencia

La máquina del tiempo

Jordi Soler

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Viajar por el tiempo sigue siendo una de esas fantasías que nuestra especie no ha podido realizar. Viajando al pasado podríamos estar, por ejemplo, con nuestro padre cuando era un niño, y en el futuro podríamos vernos a nosotros mismos dentro de treinta años, y de vuelta al presente tomar ciertas precauciones.

Desde el pasado podríamos alterar el presente, por ejemplo: viajo a Nueva York, al año 1920; llego a la avenida Tremont, en el Bronx, donde una pandilla de chicos de quince años juega un partido de futbol, en el que falta un portero. Al verme ahí me invitan a que me encargue de la portería, y media hora después, en pleno fragor competitivo, ejecuto un potente despeje que va a dar directamente a los testículos de un chico de nombre Fred Trump. El incidente se salda con una bolsa de hielo y unos buenos tragos de Dr. Pepper. Fred, parcialmente aliviado regresa al juego, pero años más tarde se entera de que aquel balonazo lo ha dejado estéril, no podrá tener hijos, es decir: no podrá engendrar a Donald Trump. Así es como un viaje al pasado podría alterar el futuro.

La ilusión que producen estos viajes en nuestra especie, ha producido cantidad de obras de ficción, como La máquina del tiempo, de H. G. Wells, o la serie de televisión El Túnel del tiempo, por citar un engendro pop que marcó a la gente de mi generación. En aquella serie los personajes se metían por la boca de un túnel psicodélico y del otro lado salían a otra época, normalmente al pasado, que era más manejable para los guionistas. Aquel túnel no tenía una salida propiamente establecida sino que los personajes, al llegar a otra época, caían al suelo de golpe y en diversas posiciones, casi siempre ridículas.

A estas alturas seguimos dando por hecho que no se puede viajar por el tiempo, aunque quizá lo que sucede es que nadie puede decir que lo haya hecho por miedo a quedar como un orate. Imaginemos que la sospechosa creatividad de Elon Musk no sale de su genio, sino de los viajes que hace al futuro en busca de ideas y tecnología punta, ¿confesaría, algún día, que sus coches eléctricos, su hyperloop y su colonia en Marte han salido de esos viajes? No lo confesaría jamás.

La ilusión que tiene nuestra especie por los viajes en el tiempo ha encarnado últimamente en la serie alemana Dark, que está en Netflix. Igual que en la serie de mi infancia los personajes de Dark se meten a un túnel, que dentro se diversifica en un sistema de pasadizos que van desembocando en otras épocas. No es casual que sea un túnel el puente entre dos épocas, si pensamos en los misteriosos agujeros negros, que son, desde cierta perspectiva, la entrada a un túnel.

Hasta donde sabemos una persona no puede hacer todavía un viaje por el tiempo si lleva su cuerpo, que es el lastre que nos ata al suelo y al tiempo. De forma virtual, dejando al cuerpo en una silla, se pueden emprender grandes viajes y, seguramente, pronto habrá una máquina del tiempo que, basada en nuestra biografía y en la de nuestros ancestros, podrá llevarnos al pasado, a ver a nuestra madre cuando era niña, o a conversar con el bisabuelo del que heredamos las cejas espesas y la propensión a la flatulencia. Todo experimentado por medio de gafas, audífonos, sensores en la piel y una paleta de olores de la época. ¿Sería eso viajar en el tiempo?, ¿se viaja si se hace sin el cuerpo? Quizá sí, pero sería un viaje cuyo destino no es el pasado sino su reconstrucción virtual, y lo que uno de verdad quisiera es la experiencia real con el bisabuelo.

Con todo y sus carencias algo tendría de viaje al pasado el viaje sin cuerpo; no en vano se le dice “viaje” a esas experiencias profundas con drogas que lo llevan a uno a los confines del espacio sideral, sin moverse del sillón. También se le dice “mal viaje” a un trance de alucinaciones diabólicas que no existen más que en la cabeza del que va viajando. Puestos a elegir, entre viajar solo con la cabeza o solo con el cuerpo, sería preferible hacerlo con la cabeza, que interpreta, reflexiona y luego recuerda.

Hace unos días caminaba de noche por una calle solitaria, iba pensando con cierta intensidad en algo, una frivolidad seguramente, cuando escuché que de un bar salía una vieja canción que me había gustado mucho en el pasado y que llevaba más de una década sin oír: “Suedehead”, de Morrisey. Una pieza vulgar, ya lo sé, pero tuvo el poder de transportarme al pasado, treinta años atrás, a mí mismo en 1988 y, durante unos instantes un buen porcentaje de mí viajó hasta allá. Cuando regresé al 2018 pensé que la máquina del tiempo más que un túnel, es una canción.

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