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Viernes , 21.09.2018 / 06:01 Hoy

Melancolía de la Resistencia

La hormona esteroide

Jordi Soler

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Ken Wilber es un escritor que piensa como un filósofo, sobre un territorio intelectual, resbaladizo y diverso, que va de la ciencia a la creencia. Es precisamente esa calidad resbaladiza la que hace su obra muy original y en uno de sus libros más famosos (A briefhistory of everything, 1996), ensaya sobre las diferencias objetivas que hay entre las mujeres y los hombres y apunta: "Parece que la testosterona tiene que ver con dos —y solo dos— grandes impulsos: fornicar y matar".

Con esta sentencia Wilber nos deja a los hombres frente a nuestro verdadero enemigo, que somos nosotros mismos. Gracias a esa testosterona que nos define hemos colaborado con la expansión de nuestra especie, pero antes y después del milagro reproductivo, tenemos que batallar cada minuto contra esa hormona esteroide que, fuera de control, nos regresa directamente a nuestra animalidad originaria. El gran triunfo de la civilización, desde este punto de vista, es la domesticación de la testosterona.

Me puse a pensar en esta fatigosa batalla personal que libramos permanentemente los machos de la especie, después de leer un precioso ensayo sobre tenis que publicó David Foster Wallace en el New York Times, en el año 2006 (Federer as religious experience) y que acaba de rescatar en nuestra lengua la editorial Random House en un librito, de dos ensayos, titulado El Tenis como experiencia religiosa (2016).

Dejemos de lado la tiránica testosterona y concentrémonos solo en la batalla solitaria que libramos los hombres contra ella, una batalla que se parece a la que libra el jugador, o jugadora (con todo y su civilizada progesterona) de tenis cuando disputa un partido. Para ganar el partido el jugador de tenis tiene que dominar, primero que nada, sus pulsiones y sus instintos, tiene que controlar sus propios demonios y, solo hasta que los ha controlado, puede empezar a vencer al rival; de la misma forma en que los machos de nuestra especie tenemos que controlar al diablo de la hormona esteroideantes de emprender cualquier actividad de eso que se llama vida cotidiana.

Ya lo sé, este artículo se ha disparado en varias direcciones y no tengo más remedio que reconducirlo hacia el precioso ensayo de Foster Wallace. Pero antes hago notar el flagrante artículo femenino que llevan La testosterona y La hormona esteroide y pregunto, ¿cuál es el sexo débil?

De las pocas cosas que aprecio del verano es que llega con Roland Garros y Wimbledon, dos torneos de tenis que no me pierdo nunca porque, entre otras cosas, me llevan a hacer un montón de reflexiones. Es más, veo tenis, y lo juego, porque es un deporte que me hace pensar; la soledad del tenista, el estar solo a merced de sus demonios, lo obliga a mantenerse concentrado a un nivel que difícilmente alcanza, por decir algo, un futbolista, que comparte su trabajo y su tensión nerviosa con sus diez compañeros de equipo. El ensayo de Foster Wallace sobre Roger Federer parte precisamente de ahí, de la zona, digamos, intelectual del tenis, y está situado en la final de Wimbledon, en 2006, entre Federer y su némesis, Rafael Nadal. Wallace nos dice que esa final "presenta el argumento de la venganza, la dinámica de rey contra regicida (....) Se enfrentan la virilidad apasionada del sur de Europa contra el arte intricado y clínico del norte. Dionisios contra Apolo".

Antes de ser un famoso escritor David Foster Wallace fue un prometedor tenista y no sería aventurado pensar que La broma infinita (1996) o El rey pálido (2011) salieron de la tormenta mental que provoca el tenis, con la misma naturalidad que el asombroso juego de pies de Roger Federer, y también el de Rafael Nadal, salió del talento excepcional que tenían los dos como futbolistas juveniles; Nadal llegó a ser campeón goleador en la liga regional que más tarde abandonó para concentrarse en el tenis.

Nadal nos cuenta, en su falsa autobiografía que le escribió John Carlin (Rafa, mi historia, 2011), que lo que más le impresiona de Wimbledon es el silencio del público, pero también el silencio que produce la pelota cuando la bota contra el césped antes de sacar. Como contraste ofrece la escandalera del US Open, que también hace notar Foster Wallace en otro de sus ensayos. En cambio Andrea Agassi, que es profundamente gringo, en la falsa autobiografía que le escribió J.R. Moehringer (Open, anautobiography, 2010), pasa por alto esa escandalera, o más bien la traslada hacia esta costumbre escandalosa: durante las dos semanas que dura Roland Garros, en lugar de salir a cenar a algún restaurante parisino, él y su equipo pedían hamburguesas del McDonald's a su habitación de hotel.

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