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Martes , 19.06.2018 / 04:45 Hoy

Melancolía de la Resistencia

La gran risa del vampiro

Jordi Soler

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Lawrence Durrell, el autor del famoso Cuarteto de Alejandría, recibió en el año 1976 la carta de un sabio chino que le escribía desde Estocolmo, con la intención de presentarle el manuscrito de un libro suyo, El Tao del amor y el sexo, que publicaría un año después.

Durrell vivía en el sur de Francia y había declarado en alguna entrevista su interés por Lao Tsé y su Tao Te King, y Jolan Chang, el sabio chino, seguramente buscaba para su libro un prólogo, un comentario escrito o siquiera un blurb del famoso escritor inglés. Durrell aceptó echarle un ojo al manuscrito y unos días más tarde llegó el sabio chino en un tren, impecablemente vestido a pesar de haber dormido sentado, con dos maletitas que tenían el logotipo de Air France, y un aire juvenil que no coincidía con sus ochenta años de edad. Durrell lo fue a buscar a la estación y desde el primer momento detectó su mirada taoísta, lo que él mismo definió como “una mirada del ojo de la mente”.

Cuando llegaron a la vieja casona que Durrell tenía en la Provenza, humeaba en la mesa el copioso desayuno que había preparado la cocinera, pero el sabio chino prefirió sacar de una de sus maletitas una naranja, que partió en cuatro porciones con una navaja, y luego fue comiéndoselas despaciosamente con todo y cáscara, mientras Durrell liquidaba los huevos y las perdices que humeaban en la mesa.

Chang se imponía un régimen que le permitiría llegar a los cien años de edad, la frugalidad con la que comía se redondeaba con su actividad sexual, que era propiamente la materia de su libro. Para tener una vida larga, le explicó a Durrell, hay que empezar a ahorrar esperma después de los cuarenta años, pero ese ahorro, lejos de conseguirlo absteniéndose, lo lograba teniendo sexo cada día con varias mujeres, pero solamente llegaba al orgasmo una vez después de cada cien encuentros.

Durante varios días estuvieron conversando, revisando el libro, comiendo y vacilando en aquella casona del sur de Francia, “caminábamos como osos de acá para allá, opinando y discutiendo”, cuenta Durrell. Por sugerencia de Jolan Chang comían cinco veces al día, en poca cantidad y casi siempre en plan vegetariano, aunque en varias ocasiones Durrell logró colar algo de carne y, sobre todo, una buena cantidad de vino, pues el escritor se bebía dos litros y medio en una jornada normal, para eso tenía una casa rodeada de viñedos.

A Chang le inquietaba el cristianismo, sobre todo la imagen clásica de La última cena, de la que hizo la siguiente observación: “Habrá notado que no era una comida vegetariana”. La verdad es que cuando se observa, por ejemplo, la representación que hizo Leonardo da Vinci del episodio, o la de Giampietrino e incluso la de Salvador Dalí, no parece que haya sido una cena muy carnívora, se ven unos panes y unos vasitos donde habría vino, aunque es verdad que no hay vegetales ni frutas. La observación del sabio chino es interesante porque esa imagen cardinal del cristianismo, donde hay gente que come y departe en una mesa, debe ser el fundamento de nuestra tendencia a la sabrosa comilona en grupo, que es precisamente la idea contraria que tenía Chang de una comida. Según Durrell, lo que comía el sabio chino a lo largo de tres días servía, como mucho, para alimentar durante unas cuantas horas a un ratón. “Cualquier cosa es comestible si se corta en porciones suficientemente pequeñas”, decía Chang, y añadía: “Todo lo que realmente se necesita es un cuchillo afilado y una tabla para cortar”.

La influencia que le dejó la visita del sabio chino le dio a Durrell para escribir un precioso librito titulado Una sonrisa en el ojo de la mente, y así como él se dejó contaminar por el régimen taoísta, el sabio chino también se dejó arrastrar por el sistema alimenticio de Durrell, que era profundamente cristiano, iba del pan al vino y se regocijaba con todas las metáforas, los símiles, las alegorías y los trasuntos de la carne de Cristo.

Una noche en la que bebían vino Durrell se puso a practicar, frente al asombro del sabio chino, la gran risa del vampiro. Después de practicarla escandalosamente explicó que servía para contrarrestar las adversidades de la vida. “Despeja el aire y despeja la cabeza; lo tomé de fuentes griegas y tibetanas. Aquellos que aprenden la gran risa están a salvo. Inténtelo”, invitó a Chang. Esa noche estuvieron riéndose con tenacidad y a gran volumen “hasta que el yeso comenzó a soltarse del techo” y, según cuenta Durrell a lo largo de esos días, “los búhos bajaban de la torre en medio de risotadas”, cada vez que ellos practicaban la gran risa del vampiro.

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