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Viernes , 19.10.2018 / 07:07 Hoy

Melancolía de la Resistencia

La cabaña del monje

Jordi Soler

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Notas desde mi cabaña de monje, es el título de un libro clásico de la literatura japonesa, que escribió, en 1212, Kamo No Chomei, poeta, monje y, según dicen, excelente intérprete de laúd y cítara. ¿Cómo puede saberse que alguien, hace ochocientos años, era un músico excelente? Supongo que por testimonios escritos que habrá por ahí, lo cual debería hacernos pensar en la importancia del “qué dirán”. Pero sobre todo nos hace pensar en lo manipulable que es la realidad, una vez que ha acontecido, y en lo endeble que puede ser la base de los historiadores. El título de este libro lo dice todo, pues se trata de las notas que, aislado y resentido con el mundo, hace un monje solitario desde una casucha, precariamente construida, en medio del bosque y cerca de Kyoto, en Japón. ¿Qué hace uno, en la era de Twitter y de las impresoras 3D, leyendo este vejestorio de 1212? La explicación es muy simple: llegué a él atraído por su portada y sus dimensiones, es un objeto pequeño y lleno de gracia, de 52 páginas, con todo y el prólogo del traductor, y lo compré porque una obra clásica que es muy breve suele ser inagotable, es decir, que sus páginas son tan sabias, densas y hermosas que, aunque sean pocas, se quedan mucho tiempo aleteando en la memoria. Además me bastó una ojeada para comprobar que eso que tan brevemente dijo Kamo No Chomei, hace ochocientos años, podría perfectamente aplicarse a nuestra época.

Notas desde mi cabaña de monje es un libro de espíritu budista, que nos invita al desapego, a no cargar, ni tener que lidiar con cosas, y asuntos, superfluos. No se trata, desde luego, de regresar al siglo XII, ni de eliminar todo lo superfluo, que con frecuencia es la sal de la vida sino, más bien, de situar la vida ascética de Kamo No Chomei, como contraste o referente. Siempre es útil asomarse, desde el siglo XXI que es tan poco dado a la reflexión y al silencio, a la vida de un hombre que vivía solo en el bosque, en una cabaña que se venía abajo con cada aguacero, escribiendo notas, sobre su relación con la vida y con su entorno, en una libreta.

Las notas de Chomei empiezan con un paisaje devastado por un terremoto, la gente deambula sin rumbo entre los cadáveres, que son 42 mil, según nos cuenta, y están tirados en la calle desde hace días y ya comienzan a descomponerse. También hay gente que aprovecha la confusión para robar objetos de madera y utilizar ésta como combustible, porque se mueren de frío; roban mobiliario de casas y templos, e incluso roban estatuas de Buda para destrozarlas con un hacha. Chomei nos cuenta que, en medio de este desastre, había parejas que habían sobrevivido, “que se amaban hasta el punto de no separarse nunca, el cónyuge cuyo amor era más profundo era el primero en morir”, porque cedía al otro el poco alimento que podía encontrarse.

Chomei dice que de los cuatro elementos de la naturaleza la tierra, por los terremotos, es el que más daño puede hacer: “Si uno se quedaba en casa, corría el peligro de ser aplastado enseguida; si se precipitaba al exterior, la tierra se abría a sus pies. Al no tener alas, no podía huir hacia el cielo; al no ser un dragón, no podía subirse a las nubes”. De estas imágenes apocalípticas, Chomei extrae una enseñanza positiva: que el terremoto, y sus secuelas, pusieron en guardia a la gente frente a “la impermanencia de todas las cosas”, y que al hablar, inspirados por el destrozo, de que todo es pasajero, se “purificaban los corazones”. La palabra “impermanencia” es una rareza que conservo porque la usó el traductor. Una de esas licencias que nos hacen dudar de que lo que escribió Chomei en japonés, sea lo mismo que tradujo Esteve Serra al español, de la versión francesa que, del original japonés, hizo R.P. Saveur Candau. Sin embargo, tengo la impresión de que Chomei logra imponerse al margen de imprecisión que tienen las traducciones dobles, y envía un mensaje general y cristalino. Después de años de vivir solo en su cabaña, reconoce que ni espera nada del mundo, ni se mezcla con él, “me contento con desear mi tranquilidad y considero que la felicidad consiste en la ausencia de preocupaciones”. De la vida social, a la que renunció para irse al bosque, dice: “como no frecuento a nadie, no tengo que sentir la humillación de mi aspecto miserable”; y después abunda, y más que aclarar echa bruma, o quizá la echan los traductores, con esta sentencia misteriosa: “los peces no se aburren nunca de estar en el agua. Habría que ser pez para comprender ese sentimiento”. Al final, Chomei se pone estupendo y solipsista: “el mundo entero no es más, en suma, que la conciencia que tenemos de él”.

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