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Melancolía de la Resistencia

La boca del lobo

Jordi Soler

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No en vano se dice ante una situación peligrosa: “Es como meterse en la boca del lobo”. También se dice que “está como boca de lobo”, cuando un sitio es muy oscuro, o que “se le ven las orejas al lobo”, cuando algo muy siniestro está a punto de acontecer.

San Juan nos presenta en su evangelio una famosa imagen en la que se fundamenta buena parte de la mala fama que tienen los lobos: “Cuídense de los falsos profetas, se presentan con piel de cordero pero por dentro son lobos feroces”. La trampa que hace este lobo la aprendió del diablo, un referente capital en la narrativa de los evangelistas: el diablo que se presenta como un elegante caballero y que todo lo manipula en su beneficio, que consiste en devorarse al otro y confinarlo en su oscuro interior. Quizá el infierno sea eso, toda la eternidad en el interior del diablo.

“The devil can cite Scripture for his purpose”, el diablo es capaz de citar las sagradas escrituras en su propio beneficio, escribió Shakespeare en El mercader de Venecia. Y el lobo, que es el alumno del diablo, también.

Pero la famosa maldad del lobo fue puesta en entredicho por el escritor Carl Safina, que estuvo durante años observando a los machos alfa de esta especie, en Yellowstone, y descubrió que el lobo no es como lo pintan, el macho es un líder comprensivo y bondadoso, que se vuelve salvaje solo cuando hay que defender a su tribu y el resto del tiempo es un padre juguetón con sus lobeznos y un marido leal y cumplidor con su loba. Dice Safina que los lobos son la especie que más se parece a nosotros, mucho más que los gorilas o los chimpancés, su organización familiar se parece a la nuestra y los hijos viven hasta que son casi adultos con los padres, que velan por ellos toda su vida.

“Homo homini lupus”, el hombre es un lobo para el hombre, decía Plauto ignorando la verdadera naturaleza del lobo, y Thomas Hobbes se sirvió de este malentendido para confeccionar su célebre obra Leviatan, para ilustrar esa bestia que el hombre lleva dentro. De acuerdo con lo que descubrió Safina, tendríamos que decir: el lobo es un hombre para el lobo.

El hombre, y esto hay que decirlo en favor del lobo, también es, igual que el diablo, capaz de citar las sagradas escrituras en su propio beneficio, si no, ¿qué otra cosa es la exégesis de la biblia?

Victor Hugo no se andaba con rodeos: “Quien salva un lobo mata a las ovejas”. La frase del escritor francés tiene más morbo, y más prejuicios, que misterio, es lo contrario de esta otra que escribió Guido Ceronetti, el filósofo al que recurrimos la semana pasada en esta misma página: “Los lobos irrumpen por la puerta abierta”.

Para decodificar esta línea enigmática hay que ir a la obra del poeta austriaco Georg Trakl, que se suicidó a los 27 años y esto lo hace parte del siniestro club al que pertenecen Jim Morrison, Janis Joplin, Jimi Hendrix y Kurt Cobain, entre otros. De hecho Trakl es el precursor de todos ellos porque se quitó la vida con una sobredosis de cocaína en 1914, 24 años antes que el más viejo del club de los 27, que es el legendario Robert Johnson.

Los versos de Trakl se hunden invariablemente en la escatología feroz. Además de excelente poeta, cuya obra ha sido confinada por la academia en el expresionismo, Trakl era alcohólico y cocainómano en la época en la que la cocaína se vendía en las farmacias, concretamente en la farmacia de la que él mismo era responsable. El dato es importante porque en la Primera Guerra Mundial fue reclutado como médico, seguramente porque sabía de medicamentos.

En la batalla de Grodek, 1914, tuvo que hacerse cargo de noventa heridos que agonizaban en un galerón, sin instrumental sanitario ni medicamentos, y aquella terrible experiencia lo llevó, como paciente, a un hospital psiquiátrico del ejército Austro-Húngaro, y también a escribir un escalofriante poema titulado “Im Osten”, que en español fue traducido como Frente oriental, del que rescato el verso que da origen a la misteriosa línea de Ceronetti: “Los lobos salvajes han forzado las puertas”. Una imagen estremecedora en la que vemos hocicos babeantes, colmillos, cuerpos oscuros irrumpiendo en un ámbito en el que, un segundo antes, no existía el peligro. Pero Ceronetti da una vuelta más al verso de Trakl: “Los lobos irrumpen por la puerta abierta”: no hay puerta que pueda contener el peligro, la única que hay está abierta y no hace falta forzar nada para que entren los lobos: los lobos ya están adentro y, en un descuido, nosotros mismos somos los lobos. Aquí está, precisamente, en el peligro que palpita dentro de nosotros, en el peligro que somos, el verdadero horror.

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