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Melancolía de la Resistencia

La armonía secreta

Jordi Soler

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El gnosticismo nos invita a pensar que no somos de aquí, que nuestro sitio se encuentra en otra parte. El catolicismo solucionó esta idea inquietante de un plumazo, con la invención del Cielo y de su atractiva iconografía; propuso una solución para el mainstream, la que más seguidores podía tener, la más fácil de entender y de asumir; en cambio el gnosticismo nos deja hundidos en el misterio: no somos de aquí y entonces, ¿hacia dónde vamos?

Led Zeppelin ofrece una clave en el título de una de sus canciones más famosas, Stairway to Heaven, que nos dice, me parece que de manera involuntaria, que la escalera al cielo está hecha de música, porque la música es el reflejo de la armonía, no del Cielo, sino de ese sitio del que verdaderamente somos y, para llegar hasta ahí, necesitamos una pieza musical, la que cada quien elija; habrá los que usan una pieza de Bach como escalera, pero también los que logren subir por una de Coltrane o de King Crimson. Siempre y cuando haya que subir porque es probable que ese sitio del que verdaderamente somos este aquí mismo, y que seamos incapaces de alcanzarlo.

Para empezar la música ordena el entorno. Vivimos normalmente rodeados de un caos atómico del que somos parte integral, los átomos que nos constituyen pertenecen al mismo universo de partículas al que pertenecen la silla, el escritorio y el perro; esa promiscuidad atómica en la que vivimos permanentemente, como si estuviéramos en medio de una borrasca, se disipa cuando ese entorno es intervenido por una pieza de música cuya armonía coincide con la armonía secreta de ese otro mundo del que de verdad somos. Cada quien tiene su música para ordenar el entorno, la única condición es que su armonía coincida con la armonía secreta del otro mundo. La música nos gusta, nos emociona, nos levanta el ánimo y nos hace llorar precisamente porque nos permite intuir, y a veces vislumbrar, ese mundo del que de verdad somos.

La pieza musical que nos conmueve, nos libra de nuestra de condición de extranjeros, nos hace ver que tenemos un lugar al cual pertenecemos. Pitágoras, y sobre todo Platón, como cuenta en el Timeo, sabían que todas las almas están conformadas a partir de ciertas consonancias musicales, y que cuando las almas se unían a sus cuerpos, perdían la memoria de esa música, lo cual era inconveniente porque es la música la que promueve la sintonía entre la persona y el cosmos que la rodea y la contiene. La música en la época de Platón era, además de un fenómeno estético, un vehículo para restablecer nuestra liga con el universo, era la escalera, no la que va al cielo de Led Zeppelin, sino a ese mundo al cual de verdad pertenecemos.

Los pitagóricos utilizaban la música para explorar la memoria, y en ese viaje iban reconociéndose en sus anteriores reencarnaciones, y la vía socrática de autoconocimiento también incluía la música como pasadizo a la memoria. Al margen de la reencarnación, en la que me cuesta trabajo creer, es verdad que la música nos pone en contacto con zonas perdidas de nuestra memoria, de nuestra historia personal; hay veces que una canción nos lleva hasta un rincón de la memoria, nos hace no solo recordar, también sentirnos otra vez como la persona que éramos en otra época, y esto no puede despacharse irresponsablemente como un ataque de nostalgia, porque estaríamos ignorando todo lo que nos enseñan aquellos sabios griegos que no verían nostalgia en la situación que acabo de plantear, sino la conexión directa que ha hecho esa persona con la armonía secreta del cosmos, gracias a una canción. La música pone en contacto al alma con el cosmos, por eso una canción es capaz de modificar el entorno, porque lo ordena para nosotros de acuerdo con la armonía del universo.

Más acá de Platón, en la Edad Media, la música estaba asociada con las matemáticas y la astronomía, la figura que representaba el movimiento matemático de los cuerpos celestes era la música de las esferas, una música general que desde luego influye también en nosotros. En la Universidad medieval se instruía a los alumnos con el quadrivium, un sistema de conocimientos que los ayudaba a aproximarse a los misterios del universo; quadrivium quiere decir encrucijada, es decir, cruce de caminos, que eran las cuatro materias que se enseñaban para lograr esa aproximación: aritmética, geometría, astronomía y música.

El quadrivium nos enseña, a los habitantes del siglo XXI, el lugar que ocupaba la música en la vida de nuestros antepasados; sin la música no podía entenderse el funcionamiento del universo, la música era una de las cuatro vías para entender qué somos y, desde este punto de vista, a la luz del venerable quadrivium, no se entiende por qué hemos terminado arrinconando a la música, esa materia fundamental para entender el universo, en el rincón de los pasatiempos. Hoy la música no es más que otra de las formas de la ociosidad, la usamos para llenar el tiempo libre.

Decíamos al principio que el gnosticismo nos invita a pensar que no somos de aquí, que nuestro sitio se encuentra en otra parte, en otro mundo que puede estar aquí mismo y que también es parte del engranaje del cosmos; ese otro mundo que se mueve al ritmo de la música de las esferas, que está estructurado a partir de la armonía secreta del universo y del que lo único que nos separa es una canción.

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