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Miércoles , 15.08.2018 / 16:07 Hoy

Melancolía de la Resistencia

José José como fenómeno atmosférico

Jordi Soler

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Xavier Velasco escribía hace unos días, en estas mismas páginas, sobre el cantante José José. El artículo me dejó pensando en mi posición frente a la obra del Príncipe, frente a esa colección de canciones que, como bien apunta Xavier, lo persiguen a uno.

Las canciones de José José, las situaciones que invariablemente plantean, se mueven en la línea fronteriza entre lo oscuro y lo patibulario; en todas hay amores desgraciados, ya hundidos o a punto de venirse abajo e incluso en las que proponen una relación apasionada o hasta feliz, se intuye que la cosa va a acabar en un estruendoso naufragio. Estas canciones y la voz que les ha dado cuerpo durante décadas son parte de nuestro tejido emocional, digámoslo así, pero quizá deberíamos situarlas, con más propiedad, en el orden simbólico que proponía Jacques Lacan, deberíamos encuadrarlas como parte inalienable del Grand Autre, esa estructura de elementos culturales, digamos en este caso, que determinan nuestras acciones. Por ejemplo, quien pone la pieza “Almohada” en una reunión, en una fiesta, en medio
de una cena, transforma radicalmente el ambiente, como si hubiera soltado una bomba en el centro de la mesa. La metamorfosis atmosférica que sobreviene con una canción de José José no tiene que ver con la que produce, por ejemplo, una de José Alfredo Jiménez, que exalta al personal o lo aniquila, no lo aturde, no lo deja estupefacto como cuando escucha, con esa voz que estaba llamada a triunfar en la Scala de Milán: “en tus manos yo aprendí a beber agua”. Ese primer verso es suficiente para ponernos a reptar (emocionalmente, claro), pero no desde el axioma “la vida no vale nada” que sobrevuela toda la
obra de José Alfredo, sino desde
la conciencia de que a juzgar por la paliza que nos propina ese amor, no es posible que la vida no valga nada, ¿cómo no va a valer nada si yo en lugar de novia tengo una almohada, que se deja acariciar cuando ando “borracho de angustia”? En todo caso, parece que nos dice José José, una canción tras otra, la vida no vale nada en términos positivos, porque en plan negativo te hace vivir con la plenitud de “un volcán apagado”.

En el primer lugar de la jerarquía de la borrachera, más allá del vino, del tequila y del guarapo, deberíamos colocar la borrachera “de angustia” que nos propone el cantante, esa que, sin necesidad de beberse nada, conduce al sujeto a la autocombustión.

Las canciones de José José, al ser parte del Grand Autre lacaniano (y mexicano, faltaría más), han tocado, irremediablemente, nuestra estructura emocional, han conseguido la normalización del rompe y rasga, su apabullante voz, dotada de un fiato (palabro operístico que viene de fiate: aliento) que en su tiempo deslumbró a Frank Sinatra, nos ha inoculado, década tras década, una serie de preceptos emocionales y amorosos que han ido perfilando, hit tras hit, esa curiosa manera que tenemos de ser y, si me lo permiten, de querer. Un psicólogo competente tendría que determinar, por ejemplo, el efecto que ha producido en nuestra estructura afectiva, esta línea salvaje, que él ha cantado siempre como que no quiere la cosa: si anduve con este y con aquel, con esta y con aquella, con esto y con aquello.

José José, igual que Frank Sinatra, no compone sus canciones, pero eso no tiene importancia porque él es sus canciones, esas mismas que, con otro intérprete, carecerían de sentido. Son tan suyas que hace potables las chabacanerías que le escriben: algo me arrastró hacia ti como una ola, y fui y te dije hola, qué tal. Del mismo modo llena de sentido los versos absurdos que componen para él: tan profundo como el viento, tan lejano como el tiempo. ¿Puede ser profundo el viento?, ¿el tiempo es lejano aunque sea el presente?

En su autobiografía (Ésta es mi vida, Grijalbo, 2008) puede apreciarse el paralelismo que hay entre su persona y sus canciones, no en lo que dicen sus letras sino en esa voluntad permanente de situarse al borde del abismo. Después de leer su libro pensé que sus canciones están cantadas desde el fondo de ese abismo, y ese dramatis personae que bulle en ellas nos ha acompañado toda la vida, en todo tipo de situaciones y a la hora del derrumbe: cuando ante la disyuntiva de pedir otra ronda o irse a casa, se opta por pedir cuatro rondas más.

No tengo discos de José José y nunca he puesto ninguna de sus canciones y, sin embargo, me las sé todas, y cada vez que me topo con una su fiato me deja conmovido. Qué fiato, carajo.

Xavier decía en su artículo que las canciones de José José nos persiguen, y yo añadiría: y nos dejan perturbados, aunque no nos alcancen.

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