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Lunes , 17.12.2018 / 02:33 Hoy

Melancolía de la Resistencia

Gloria y agonía de la guitarra eléctrica

Jordi Soler

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El rock en el siglo XX era la guitarra eléctrica. Los habitantes de aquellos tiempos remotos nos sentábamos a oír una pieza, como lo hacían nuestros ancestros alrededor del fuego, y esperábamos con el corazón en un puño el momento en el que la guitarra eléctrica oficiaba el solo. Un gran solo de guitarra eléctrica es capaz de rajarte el alma e inmediatamente después suturártela antes de pasar a la siguiente nota. Los guitarristas eran los héroes de la banda, eran nuestros héroes y, algunos como Jimmy Page, Jimi Hendrix o Eric Clapton eran nuestros dioses. Yo cuando era joven tenía en la cabecera de mi cama, en lugar de la imagen religiosa que solían ponernos las madres colgada encima de la almohada, una fotografía de Jimmy Page ejecutando uno de sus solos monumentales.

Los solos de los grandes guitarristas eléctricos eran la luz y también la fuerza oscura ante la cual nos postrábamos, porque ese instrumento que convocaba a todas las fuerzas del universo era nuestro tótem. No podía concebirse el rock sin ese tótem, hasta que se impuso el sintetizador, el teclado y los programas para que el músico haga música sin salir de su habitación. Conviene anteponer, a la imagen del músico que mezcla pistas sentado en su cama, la del guitarrista heroico metido en el diabólico ceremonial de su solo en un estudio de grabación. ¿En dónde quedó la ceremonia?, ¿la épica del performance?, ¿cómo puede pretenderse atraer a las fuerzas del universo, las luminosas y las oscuras, con la pijama puesta?

Y ya que hablamos de performance conviene hacer notar, para que no terminen de difuminarse las jerarquías, que el talento y la destreza que requiere ejecutar uno de aquellos requintos fabulosos, no puede compararse con la curiosa labor del músico cuya destreza se asemeja a la del informático.

Queda, desde luego, la resistencia de la guitarra eléctrica, pienso en algunos ejemplos pero cuando hablamos de resistencia es porque ya vislumbramos la extinción del instrumento.

La guitarra eléctrica se extingue, la está matando la facilidad y la eficacia y el puñetero tecladito que usan los informáticos del rock; la evidencia es el auge de los programas y los dispositivos electrónicos con los que, con un poco de pericia, puede fabricarse un hit sin necesidad de quitarse la pijama. Otra evidencia es la dilatada ruina que está experimentando la industria de la guitarra eléctrica, los fabricantes y las tiendas que las venden.

En la zona comercial del famoso hotel Chelsea hay una célebre tienda de guitarras eléctricas, que en sus días de gloria bendijo el olimpo del rock, y que ahora está a punto de cerrar porque sus pírricas ganancias ya no dan para pagar el alquiler en ese barrio que en los últimos años se ha gentrificado. Lo mismo que ese hotel, que antes era un santuario de batalla, donde había crímenes pasionales, rockeros drogados y víboras y changos triscando por las escaleras, y hoy se ha convertido en un hotel boutique.

Por otra parte el fabricante de las mitológicas guitarras eléctricas Gibson está a punto del cambio de giro o de la quiebra, sus guitarras se venden ya tan poco que debe 500 millones de dólares y la empresa está a punto de ser tomada, y transformada, por sus acreedores. Así es como podrían terminar los 120 años de historia de la guitarra Gibson, con una reconversión, a fuerza de apps y tutoriales interactivos, que acaben desvirtuándola, convirtiéndola en la guitarra informática. ¿Qué fuerzas del universo podría convocar la guitarra informática? Si acaso las del sopor que concita la pijama.

Más o menos lo mismo le pasa a las entrañables guitarras Fender, con la circunstancia agravante de que una copia exacta de la mítica Fender Stratocaster se vende, por un precio ridículo, en los hipermercados de Costco y de Walmart en Estados Unidos. Cada vez que escucho el binomio Fender/Stratocaster me dan ganas de arrodillarme. La guitarra eléctrica se muere y se lleva uno de los sonidos más arrebatadores que ha producido nuestra balbuceante especie.

La cadena de tiendas Guitar Center, que es la más grande de Estados Unidos, acusa también la agonía del instrumento; pero en la tienda de Times Square, en Manhattan, sigue colgada Blackie, la Stratocaster de Eric Clapton que la cadena compró en una subasta de otro tiempo, por una cifra cercana al millón de dólares. Ese era el valor económico del tótem bendecido por una de sus divinidades.

Con la guitarra eléctrica se irán también sus dioses y los peregrinos del siglo XX nos quedaremos sin ese aullido telúrico que nos llenaba el corazón, y el alma, de electricidad.


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