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Lunes , 15.10.2018 / 10:41 Hoy

Melancolía de la Resistencia

Gente estúpida en un mundo inteligente

Jordi Soler

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En este milenio nuestro, en el que los dioses bajan a la Tierra por wifi y el pueblo en masa exige un retorno a la naturaleza, no viene mal revisar la retropía, el concepto que usa Zygmunt Bauman para definir esa utopía contemporánea que sale de la idealización del pasado.

El retrópico cree que todo pasado fue mejor con la misma ligereza que el utópico imagina el advenimiento de universos fantásticos. Si pasamos revista a nuestra cotidianidad nos daremos cuenta de que Bauman tiene razón: en el siglo XXI vivimos en una retropía. En el plano individual, el ciudadano huye de los alimentos procesados y busca lo que sale directamente de la naturaleza: verduras de huerto sin fertilizantes, huevos de gallinas en libertad, carne de vaca sin hormonas, pescados recién salidos del río, productos retrópicos para comer como lo hacían nuestros parientes en el siglo XIX. Esto se redondea con la compulsión por el ejercicio retrópico: correr descalzos, practicar disciplinas del pasado remoto, como el yoga o el mindfulnes, y echar mano de la medicina natural. A nivel colectivo también se buscan soluciones en el pasado: el nacionalismo que ha brotado últimamente en Europa, el apego excluyente a la comarca es francamente retrópico, y también el independentismo y el florecimiento del populismo en los líderes políticos.

Resulta paradójico que en el siglo XXI, que desde el XX se veía como el futuro deslumbrante, estamos todos mirando al pasado.

“Nuestro tiempo es el del todo se acaba”. En vez de preguntarnos: ¿hacia dónde?, “la pregunta que nos hacemos hoy es: ¿hasta cuándo?”, apunta Marina Garcés en su interesante ensayo Nueva ilustración radical (Anagrama, 2017).

Y quien se pregunta hasta cuándo va a durar lo que tenemos, desde el empleo hasta el equilibrio ecológico del planeta, no ve, porque no tiene elementos para hacerlo, más allá de sus narices. Vamos circulando por este milenio como el miope cuyo horizonte se cancela a metro y medio de sus ojos, y es seguramente la ausencia de ese horizonte amplio que tenían nuestros padres y abuelos lo que nos impulsa a mirar hacia atrás.

Garcés detecta “el efecto desmovilizador que el poder persigue hoy: ridiculizar nuestra capacidad de educarnos a nosotros mismos para construir, juntos, un mundo más habitable y más justo”. Un mundo con más horizonte del que tenemos, que ningún Estado va a alentar si no quiere exponerse a su desintegración. En cambio, “se nos ofrecen todo tipo de gadgets para la salvación, un mundo smart para unos habitantes irremediablemente idiotas”.

Para nosotros, los idiotas sin futuro, Evgeny Morozov agita el concepto del solucionismo: “La ideología que legitima y sanciona las aspiraciones de abordar cualquier situación social compleja a partir de problemas de definición clara y soluciones definitivas”. Este concepto que propone la simplificación oficial de la realidad, que es siempre extremadamente compleja, nació en Silicon Valley, el punto geográfico donde se asientan todas las empresas que nos “solucionan” la vida, porque tienen respuestas rápidas y digeribles para todo. Fuera de ese ingente consultorio virtual ya hay poca cosa; lo que no está en Google, para no ir más lejos, no existe, y viceversa, aunque en realidad no exista.

Bien podría ser el solucionismo uno de los vectores que definen, desde hace tiempo, a la sociedad estadunidense y, últimamente, a todo el Occidente: quieres estar sano, sal a correr, si comes verduras y evitas el alcohol, la cafeína y el tabaco, conservarás la salud, se asevera de manera solucionista, esquivando la realidad, que es bastante más compleja; ignorando la constitución física y la arquitectura genética de cada quien y, sobre todo, pasando por alto el espantoso azar, que es la sustancia de la vida.

El solucionismo “tiene su propia utopía: la de transportar a la humanidad a un mundo sin problemas. En este mundo sin problemas los humanos podrán ser estúpidos porque el mundo mismo será inteligente”, nos dice Garcés en su ensayo, para luego abordar la idea de la inteligencia delegada: “En la utopía solucionista ya no se trata de aumentar la potencia productiva para ampliar las capacidades humanas. De lo que se trata es de delegar la inteligencia misma, en un gesto de pesimismo antropológico sin precedentes. Que lo decidan ellas, las máquinas, que nosotros, los humanos, no solo nos hemos quedado pequeños, como afirmaba Günther Anders, sino que siempre acabamos provocando problemas”. La utopía perfecta, dice Garcés, es esta: humanos estúpidos en un mundo inteligente.

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