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Domingo , 27.05.2018 / 14:44 Hoy

Melancolía de la Resistencia

Fotografías del terremoto

Jordi Soler

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Las fotografías de los ciudadanos haciéndose cargo del rescate de la Ciudad de México inundan los medios de comunicación europeos. Escribo estas líneas desde Barcelona, profundamente conmovido por esas imágenes que publican los periódicos, que aparecen en la televisión y que se multiplican en Twitter, esa prodigiosa red de información colectiva a la que estoy enganchado desde el martes a las ocho y cuarto de la noche, hora española.

¿Qué se puede hacer desde Barcelona para ayudar a tus paisanos? Poca cosa, donar dinero, hacer acto de presencia telefónica con los afectos y los amores que tengo en la ciudad, retuitear alguna información y poco más.

Las imágenes me conmueven de una forma particular porque estuve ahí mismo en 1985, repartiendo bastimentos y utensilios y tratando de abrir un hueco en esas montañas de piedra en las que se convierten los edificios cuando se derrumban. Treinta y dos años después sigo recordando nítidamente el olor, los ruidos, la polvareda, el desamparo y la incertidumbre que sobreviene cuando la tierra se mueve de esa forma.

Las fotografías que van llegando a Europa han conseguido que por primera vez, desde hace muchos años, aparezca en los medios de comunicación la cara del verdadero México.

En los últimos tiempos la prensa europea no ha registrado más que el lado siniestro de nuestro país, la corrupción de gobernantes, funcionarios y políticos, las escenas dantescas que produce el narcotráfico, los horrores del crimen organizado, la interminable sucesión de feminicidios, Ayotzinapa, las quimioterapias de agua, la estafa maestra del gobierno federal y un largo y escalofriante etcétera. Esta es la imagen que Europa tiene normalmente de México; no se trata de una deriva sensacionalista, sino del reflejo de la realidad que nosotros mismos proyectamos.

Las fotografías de la ciudadanía, de ustedes haciéndose cargo del desastre, han limpiado de golpe la siniestra imagen internacional del país; México es hoy, en Europa, un país lleno de gente solidaria y generosa que va muy por delante de sus gobernantes y de sus autoridades. En esas imágenes se entiende con toda claridad que se trata de una gesta exclusivamente ciudadana y que los gobernantes y los políticos, en estos momentos críticos que ponen a todos a prueba, no sirven ni para ofrecer consuelo. La destrucción que ha provocado el terremoto ha dejado expuesta esa realidad: los gobernantes, que en cualquier otro país, al aparecer en la zona del desastre, infundirían confianza, en México infunden precisamente lo contrario.

Al margen de la enorme tragedia, y de los miles de dramas familiares y personales que ha provocado el terremoto, tenemos elementos positivos que salen de la misma tragedia. La profunda oscuridad del terremoto tiene su contraparte de luz.

¿Qué pasaría si toda esa gente solidaria que hoy está entregada a las labores de rescate entre los escombros, se entregara más adelante, con la misma energía, a la reconstrucción social y política del país?

Una sociedad que produce las imágenes que llegan hoy a Europa tiene muy poco que ver con el gobierno que la representa y con los canallas que desencadenan las noticias siniestras que exportamos desde hace tiempo. Esas fotografías son hoy un ejemplo en todo el mundo, son, más que un ejemplo, una luminosa lección, la evidencia muy palpable de que la humanidad solo tiene sentido cuando los individuos son solidarios entre ellos; la humanidad sin la solidaridad no es más que un tumulto.

Quizá este episodio trágico pueda servir para hacer un reset colectivo. En 1985, hace treinta y dos años, ya tuvimos un reset, el país cambió, la tragedia nos puso a los jóvenes de entonces frente a las cosas fundamentales de la vida, de buenas a primeras nos vimos lidiando con acciones, sensaciones y reflexiones que no hubiéramos tenido de otra forma. El terremoto del 85 nos quitó la venda de los ojos, nos obligó a jerarquizar la vida de otra manera, nos hizo conscientes de nuestra fragilidad, de que todo puede venirse abajo en cualquier momento y esto fue toda una invitación a esforzarnos, a actuar con conciencia redoblada, a ir más allá mientras el mundo se mantenga en pie.

El terremoto del 85 fue nuestro “baño de tumba”, ese que el poeta Pablo Neruda recomendaba darse “de vez en cuando y a lo lejos”. De todas las fotografías que van llegando a Europa me quedo con la de esa cadena de personas, de todo tipo y condición, que van pasándose de mano en mano víveres, utensilios, herramientas. Esa cadena es lo mejor de México. Ojalá que esa cadena no se rompa nunca.

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