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Jueves , 18.10.2018 / 03:28 Hoy

Melancolía de la Resistencia

Esas largas melenas victorianas

Jordi Soler

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La longitud del pelo era un valor fundamental para las mujeres en la época victoriana. Aquellos vestidos que usaban, que iban del suelo al cuello, no dejaban a la vista más que la cara y el pelo, y un pedacito del cuello cuando no era demasiado ancho el camafeo. El filón erótico que tiene el pelo femenino es tan potente que musulmanes y judíos prohíben a sus mujeres que lo enseñen, quizá porque el color da pistas del aspecto que puede tener el pubis, y para el pensamiento religioso la elucubración a partir de una pista es ya un pecado. Los pecados, no lo olvidemos, pueden ser de obra, de omisión o de pensamiento, y se comportan como una hiedra invasiva que solo puede talar el cura en su confesionario o, en su defecto, un relajante whisky doble.

Claro que esa curiosa neurosis de rasurarse el pubis que pulula en el siglo XXI trastoca la simetría que establecen estas religiones entre el pelo de la cabeza y el que crece debajo del ombligo. En fin, la época victoriana, tanto en Inglaterra como en Estados Unidos, no fue especialmente liberal con las mujeres, que llevaban aquellos vestidos opresivos, medio tiesos, que eran el telón detrás del cual se escondía el cuerpo; sin embargo, con la exposición del pelo había manga ancha, lo contrario de lo que pasaba con las mangas de los vestidos, que se apretaban contra la muñeca para no dejar ver las inquietantes apófisis estiloides de los huesos cúbito y radio, porque quien veía las apófisis tenía elementos para imaginar las diáfisis y de ahí al olécranon no había más que un pequeño salto anatómico.

Pero estábamos en que las mujeres victorianas, de cierta clase social, se dejaban crecer el pelo hasta la cintura, y como estaba mal visto que se lo cortaran porque el tajo significaba una vistosa claudicación, les seguía creciendo hasta las corvas y luego les arrastraba por el suelo, como muestran las fotografías de la época.

Al estar escribiendo sobre el pelo exageradamente largo de las mujeres victorianas me resulta inevitable pensar en ese personaje de los Hermanos Grimm, Rapónchigo o Rapunzel, esa chica con el pelo tan largo que podía tirarlo como una cuerda por la ventana, de la torre en la que vivía encerrada, para que su enamorado pudiera trepar. Si pensamos que la seducción es una de las armas que usa una mujer para atraer a un hombre, queda claro que Rapunzel era el paradigma de la seductora, porque el hombre estaba apenas sintiéndose seducido por ella cuando ya recibía el instrumento, su hermosa melena, para escalar hasta sus brazos. También me resulta inevitable pensar en las uñas exageradamente largas que llevaban las coristas —o a lo mejor eran sus novias— del cantante Barry White. Me lo encontré hace 30 años en un aeropuerto, acompañado de tres mujeres esculturales que llevaban las uñas tan largas que se les enroscaban en una suerte de tirabuzón. Aquellas mujeres no podían, desde luego, ni cargar la maleta, ni atarse los zapatos, ni freír un huevo ni abrirse un yogurt.

Pero estábamos en las larguísimas cabelleras de las mujeres en la época victoriana, que no solo eran de una vistosa coquetería, también eran el indicador de la clase social a la que pertenecían, pues las mujeres pobres andaban de pelo corto porque la melena era el territorio de los piojos y de la tiña en los barrios marginados e insalubres. De manera que las grandes melenas victorianas se criaban en las casas de la alta sociedad, donde había afeites y servidumbre para cepillar el metraje que arrastraba la señorita por las calles de Londres o de Manhattan. Incluso había una clasificación victoriana —añadir que muy machista es francamente tautológico— de las mujeres por el tipo de pelo que les crecía: las que lo tenían rizado eran más dulces y cariñosas que las lacias, y también había una ecuación que decía que mientras más largo y más grueso era el pelo más apasionada era su dueña. Todo esto parece raro desde nuestro siglo XXI, pero aquellas mujeres del XIX se hacían tomar fotografías de perfil o de espaldas para demostrar que su pelo era natural, que no tenía trozos añadidos, que era de ellas y por tanto la naturaleza apasionada era de ellas también. Aquella curiosa convención del pelo larguísimo empezó a caer en desuso a principios del siglo XX, y fue erradicada de Inglaterra, y por imitación de Estados Unidos, por la Primera Guerra Mundial, que se llevó a los hombres al frente y obligó a las mujeres a trabajar en las fábricas y en los hospitales, en unos empleos con los que era incompatible la melena hasta las corvas, hasta los talones o arrastrándose por el suelo.

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