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Miércoles , 15.08.2018 / 22:28 Hoy

Melancolía de la Resistencia

Elogio del desorden

Jordi Soler

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Henri Bergson distinguía entre dos tipos de orden. Un espacio, digamos una oficina, en donde cada cosa está en su sitio, tiene un orden geométrico; en cambio el espacio en donde hay objetos por todos lados, pilas de papeles, columnas bamboleantes de libros, una silla ocupada por un lápiz, unas gafas, un cable USB, un pasaporte y una taza de café ya frío y a medio beber, es un espacio que se rige por un orden vital, un orden que crece y decrece, que se relaja y se contrae de manera orgánica.

Llamar orden solo a la disposición geométrica de los objetos, y desorden a lo que está ordenado de manera orgánica, es un prejuicio que condena a esa forma de almacenar objetos que, a diferencia del orden geométrico, estimula permanentemente el pensamiento del habitante de ese espacio, que ha de buscar rutas, estrategias, nuevas asociaciones para llegar al objeto que busca. El orden vital funciona; la prueba es que la gente que habita estos espacios aparentemente desordenados encuentra siempre el objeto que está buscando.

"De una manera general, la realidad está ordenada en la exacta medida en que satisface nuestro pensamiento. El orden es, pues, un cierto acuerdo entre el sujeto y el objeto"; escribe Bergson en un libro genial que escribió hace más de cien años, L'évolution créatrice (1907), cuya traducción al español circula gratis en internet.

A pesar de los años que nos separan de su obra —Bergson nació en 1859 y la parte sustancial la escribió a principios del siglo XX—, sus ideas son rabiosamente contemporáneas, rigurosamente aplicables en nuestro siglo XXI. Era uno de los hijos filosóficos de Heráclito ("En el mismo río entramos y no entramos, pues somos y no somos los mismos"), y sostenía que la vida, más que una danza de partículas, es un proceso, que todo cambia permanentemente, que nuestra verdadera sustancia son el movimiento y el cambio.

Años más tarde la ciencia le daría la razón al demostrarnos que el 90 por ciento de los átomos que constituyen nuestro cuerpo se renuevan cada año; si la materia de la que estoy hecho se renueva continuamente, ¿sigo siendo la misma persona que fui?

Los libros de Bergson nos invitan a combatir la petrificación, a observar que ese apego que tenemos por las cosas, que él llamaba "la lógica de los sólidos", se debe a que éstas nos dan la sensación de permanencia, matizan nuestra inevitable fugacidad; nos recomiendan relativizar las experiencias por la vía del humor, de la risa, del baile, y nos sugieren que del tiempo, en lugar de concentrarnos en su paso por el reloj, nos concentremos en su duración. No pretendo reducir la obra de Bergson a unas cuantas líneas torpes, pero lo que me gustaría es inquietarte para que vayas inmediatamente a leerlo.

Bergson fue premio Nobel de Literatura (1927); en 1913 el tumulto que quería asistir a su conferencia Spiritualité et liberté, que dictaba en riguroso francés, ocasionó un severo caos en Manhattan, y en 1917 convenció al presidente Woodrow Wilson para que Estados Unidos formara parte del ejército de los Aliados.

Bergson era un pensador de aire oriental, un poco budista; al hurgar en su biografía descubrí que uno de sus alumnos, en la época en la que daba clase en París, fue el poeta Antonio Machado, quien años más tarde, en su famoso libro Proverbios y cantares, aplicaría esa fugacidad heraclitiana que le había enseñado su maestro: "Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar".

Y como lo nuestro es pasar, Bergson se apuntaba al orden vital, en el que intervienen la creatividad, la imaginación y la aventura, y no al geométrico, que está basado en la inercia, en la pasividad y en el automatismo. El orden geométrico va en contra de ese proceso imparable que es la vida, es un orden estancado que aplica la gente práctica, esa que elige la ruta más rápida para llegar de un punto a otro, sin ponerse a considerar que casi siempre son más interesantes las rutas vitales, los caminos orgánicos donde invariablemente descubrimos cosas nuevas, donde existe la atractiva posibilidad de perdernos.

Machado tiene otros versos bergsonianos que invitan a abrazar el orden vital y las rutas orgánicas: "Cuatro cosas tiene el hombre que no sirven en la mar: ancla, gobernalle y remos, y miedo a naufragar". Hay que fluir, nos viene a decir el poeta inspirado en la filosofía de Bergson, su maestro, que nos dice: "Cuando estamos fluyendo a lo largo del proceso (de la vida), la preocupación por el tiempo desaparece". Hay que seguir siempre "la melodía continua de nuestra vida interior", recomendaba este filósofo que tenía debilidad por la música y el champán.

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