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Miércoles , 16.01.2019 / 22:31 Hoy

Melancolía de la Resistencia

El zapatismo mundial

Jordi Soler

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A principios de enero de 1998 un comando del Ejército Zapatista de Liberación Nacional secuestró los micrófonos de la estación Radioactivo para protestar, y que se les oyera en un medio de comunicación que ellos consideraban importante, por la matanza de Acteal, que había tenido lugar unos días antes, el 22 de diciembre.

Tiende a olvidarse, porque han seguido pasando cosas escalofriantes, aquel sangriento episodio en el que fueron asesinadas 45 personas que estaban rezando en una pequeña iglesia protestante en medio de la selva. Entre los 45 muertos había niños y mujeres embarazadas. El caso nunca ha quedado del todo esclarecido; de la conveniente confusión que envuelve tradicionalmente estos asuntos salieron unos culpables que después resultó que no lo eran, y la sospecha de que el Estado había orquestado la matanza. Los 45 de Acteal, como los 43 de Ayotzinapa, siguen esperando a que alguien encuentre a los responsables.

El comando zapatista que secuestró los micrófonos de Radioactivo aquel enero de 1998 exigía que se hiciera justicia, que se castigara a los autores de la masacre. Yo estaba ahí ese día, tenía un programa en esa estación de radio y, desde que me avisaron muy temprano del secuestro, me acerqué a observar el episodio, no se podía hacer nada más; los zapatistas, treinta y tantos jóvenes de pasamontañas o paliacate en la cara, estaban atrincherados dentro de las instalaciones de la estación y nadie, ni siquiera los que trabajábamos ahí, podía entrar ni salir. Cuando terminaron su mensaje radiofónico, la estación ya estaba rodeada por la policía, por los medios de comunicación y por una multitud de personas que habían ido espontáneamente a ver de qué forma podían ayudar a los secuestradores, que ya no sabían cómo salir de ahí. Finalmente escaparon gracias a una artimaña elemental: uno de ellos salió corriendo en una dirección y, en cuanto la policía comenzó a perseguirlo, los otros treinta y tantos salieron hacia el otro lado y, ayudados por la gente subieron a un microbús y escaparon. Aprehendieron al muchacho que había servido de señuelo y cuando quisieron perseguir al resto del comando, la gente se acostó a lo largo del Eje 6 para impedir el paso a los vehículos de la policía.

En aquel enero de 1998, hace exactamente 21 años, toda la gente sensata de este país estaba del lado de los zapatistas y en contra del gobierno, que era no solo el sospechoso principal en la matanza de Acteal, también era el responsable de haber embarcado al país en una dudosa aventura neoliberal que haría, según se veía entonces, más pobres a los pobres.

Pero hoy las cosas han cambiado, tenemos un gobierno de izquierda que, cuando menos en su discurso, también batalla contra el neoliberalismo; y por otra parte los zapatistas han ido perdiendo adeptos, que quizá han terminado aburriéndose después de tanto tiempo, y la oposición frontal al Tren Maya, uno de los grandes proyectos de López Obrador, ha venido a aumentar, en ciertos sectores, esa desafección.

No puede perderse de vista que el zapatismo sacudió a este país de manera muy positiva, no sería exagerado decir que lo cambió para siempre; puso de relieve la escandalosa pobreza que había en nuestro edén neoliberal, sembró una hipersensibilidad colectiva ante la desigualdad y nos quitó un poco lo racistas; desde entonces la palabra indio dejó de ser un insulto para encarnar su verdadero significado.

El zapatismo acabó con el prestigio de Carlos Salinas; después del alzamiento todo comenzó a descomponerse, mientras los hombres y las mujeres del pasamontañas se convertían en un referente mundial. Probablemente no haya ninguna institución mexicana tan admirada, respetada y querida en el mundo como el Ejército Zapatista; ese es su gran valor; fuera de México, los admiradores del zapatismo siguen siendo como aquellos que se acostaron en el Eje 6 para impedir el paso de la policía en 1998.

Tenemos un gobierno de izquierdas, escorado hacia los pobres y los indios, enfrentado al zapatismo, que es el colectivo de indios y pobres más famoso, y querido, del planeta. El tendido es diabólico: una vez más los poderosos contra los condenados de la Tierra, pero ahora los poderosos, paradójicamente, son los enemigos del neoliberalismo. Aquí no cuenta, a pesar del descalabro económico, la cancelación del proyecto del Nuevo Aeropuerto, que es una aburrida pugna entre empresarios ricos y el gobierno; pero el proyecto del Tren Maya es otra cosa, tiene épica, cuenta con los elementos dramáticos que favorecen el prestigio mundial del zapatismo: el poderoso contra el débil; el depredador de la naturaleza contra el que la procura, la respeta y es parte de ella; la hidra capitalista que quiere hacer negocio a costa de destruir el hábitat de quienes solo desean vivir en paz en el territorio que fue de sus ancestros. En esa clave va a ser leído el conflicto fuera de México.

En la trifulca del Tren Maya el gobierno lleva las de perder, al margen de los beneficios que pueda dejar el proyecto, quien parte la selva para que pase el tren es, sin duda, el poderoso que pasa encima de los desposeídos. ¿Qué hacer? La caja de los truenos ya está abierta. Something wicked this way comes, diría la bruja de Macbeth.

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