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Melancolía de la Resistencia

El sombrerero francés

Jordi Soler

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Para haber moda debe haber elegancia, y la mujer mexicana no puede ser elegante, porque tiene muchas nalgas". Esta majadería la dijo públicamente, y sin asomo de arrepentimiento, el sombrerero francés Henri de Chatillon. Lo dijo en 1949 y en México, para más escándalo. ¿A quién se le ocurre meterse con esa zona sagrada, y venerada, de las mujeres de toda una nación? Supongo que alguien le habrá preguntado a quemarropa por la moda mexicana y a Chatillon eso fue lo único que se le ocurrió decir. No abundan los datos sobre este imprudente sombrerero francés que hace más de medio siglo tuvo su momento de gloria en México. Lo que hay es un cuadro que le hizo Diego Rivera en 1944, un óleo, estilo Art Decó según afirma un marchante de arte, en el que podemos ver al sombrerero probándose, frente a un espejo de cuerpo completo, un pequeño sombrero de dama con dos flores, una especie de tulipanes rosáceos que parecen orejas de burro. El sombrerero está frente a una mesilla llena de sombreros, muy pequeños y un poco torcidos, que presumiblemente va a probarse, después de ese que tiene en la cabeza y que observa con un mohín de disgusto, como si esa pieza que él mismo fabricó no lo hubiera dejado satisfecho. El sombrerero se ve de frente, reflejado en el espejo, y por detrás, desde el punto de vista de Diego Rivera, que tuvo buen cuidado de enseñarnos que ese hombre que diría que las mujeres mexicanas tienen muchas nalgas, era un notorio desnalgado.

La profesión de sombrerero tenía sentido en la primera mitad del siglo XX, cuando todos los hombres llevaban sombrero, cuando se consideraba una rudeza ir por la calle con la cabeza descubierta, porque hoy ese elegante accesorio ha sido avasallado por la más práctica gorra de beisbol. Hay una novela (A Life's Morning, 1888), del escritor inglés, extraordinario y rigurosamente desconocido, George Gissing, cuya trama empieza cuando un empleado, que va en tren a entregar un dinero, asoma la cabeza por la ventanilla y se le vuela el sombrero. Desesperado, porque de ninguna manera puede presentarse con su superior con la cabeza descubierta, usa una parte del dinero para comprarse otro sombrero y ahí es donde empieza el desastre que da cuerpo a la novela. Lo cierto es que todavía quedan algunas sombrererías. En Barcelona, la ciudad en donde vivo, tengo localizada una que frecuento cada mes y medio con la intención de comprarme un bombín, pero siempre salgo sin él, nunca me animo a comprarlo y sin embargo pasearme entre las estanterías llenas de sombreros, y probarme dos o tres, me produce una extraña emoción. Como si en lugar de haber entrado en la tienda hubiera viajado a, digamos, 1928, y me hubiera visto de sombrero en el espejo. Barcelona es la ciudad de las motocicletas y el sombrero que más se usa es el casco. Así como antes la gente, al entrar en un café, iba dejando su sombrero en el perchero, los barceloneses de hoy dejan su casco en una silla, en el suelo o arriba de la mesa. Y esos corruptos cuyos delitos ha mediatizado la televisión, entran a los juzgados, frente a las cámaras, con el casco puesto y la mica bajada para que el televidente no pueda leerles el gesto. Pero volvamos al sombrerero majadero, a Henri de Chatillon cuyo rastro descubrí en un libro de Guillermo Sheridan (Habitación con retratos. Ensayos sobre la vida de Octavio Paz, 2015): "¿Henri de Chatillon? Un sombrerero francés en cuya exclusiva boutique las damas ricachonas de la época adquirían sombreros 'aztecas' fabricados –es en serio- con tortillas o fibra de maguey". Google nos informa que Chatillon fue el fundador, junto con otros socios, de las Galerías Chippendale de la Zona Rosa y que tenía su taller, ahí donde fabricaba sombreros de tortilla, en Niza y Reforma. ¿Cuánta Maseca se necesita para hacer un sombrero de copa, o un panamá, o un stetson o uno de jaranero jarocho?, ¿no es la boina un objeto que está ya a medio camino entre el sombrero y la tortilla? También se sabe que hizo el vestuario de unas cuantas películas, aunque esto ya excede el título de sombrerero. Curiosamente el escritor Herman Melville menciona a un Henri Chatillon, que era un sherpa del siglo XIX que guiaba a los peregrinos que buscaban instalarse en Estados Unidos, y que estaba emparentado de manera venérea con el pueblo Sioux, pues su mujer era una de ellos, se llamaba Bear Robe (algo así como vestimenta de oso), y era hija del gran jefe Bull Bear (el oso-toro). Entre este sherpa y el majadero que se metió con el derrière de nuestras mujeres, se abre un vacío biográfico que bien podría llenar Lewis Carrol con su Sombrerero Loco.

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