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Domingo , 27.05.2018 / 03:50 Hoy

Melancolía de la Resistencia

El sexo estereofónico

Jordi Soler

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En el inquietante libro titulado Elisa y Marcela, más allá de los hombres, que publicó el escritor gallego Narciso de Gabriel hace unos años, en la editorial española Libros del Silencio, aparece, además de la historia que le da nombre, un grueso y fabuloso apéndice donde el autor desmenuza con gran pericia datos, anécdotas, sabiduría al fin sobre el hermafroditismo.

El Diccionario de la Real Academia Española define así la palabra hermafrodita: “Que tiene dos sexos”.

Partiendo de la novela Middlesex, de Jeffrey Eugenides, Narciso de Gabriel hace una revisión de los casos más sonados de hermafroditismo en la historia. Por narrar uno contaré aquí el de la monja de Úbeda, una mujer que vivió durante años en un convento, luchando contra los demonios que le imponía su doble naturaleza, condición que ella, desde luego, ignoraba, pues era una mujer con vagina y pechos como todas las monjas que la rodeaban. Pero resulta que un día, después de hacer un esfuerzo importante en el granero del convento, de cargar un bulto demasiado pesado se entiende, la monja empezó a sufrir una andanada de retortijones, “sintió un dolor muy agudo entre las ingles y observó una preocupante hinchazón. Pensó que se había quebrado con el esfuerzo realizado, pero a los tres días se había resuelto la hinchazón y le había salido naturaleza de hombre”. La naturaleza de hombre a la que se refiere el autor es un aparato sexual masculino, añadido al femenino.

Galeno, en el siglo II, escribió un ensayo sobre hermafroditismo, que tuvo plena vigencia hasta el siglo XVII. Ahí explica que el órgano reproductor de la mujer guarda una rigurosa simetría con el del hombre: “Se concibe la vagina como un pene interior, los labios como el prepucio, el útero como escroto y los ovarios como testículos”.

Quizá deberíamos pensar en esto antes de dividir el mundo por sexos, y antes de hablar o hacer basados en esta división; desde el punto de vista de Galeno, el hombre no es más que el anverso, o el reverso, de una mujer. Esto tiene una hondura que va más allá del #MeToo.

La historia de la que propiamente trata este libro es la de un romance a contrapelo que da pie al fastuoso apéndice sobre el hermafroditismo. A finales del siglo XIX Elisa y Marcela, dos muchachas que eran maestras en un pueblo de Galicia, protagonizaron el gran escándalo sexual de su época. Eran pareja, y como eso estaba entonces muy mal visto, Elisa se disfrazó de hombre y, luego de un rocambolesco procedimiento, que incluía falsificación de documentos y siembra de pruebas, eso sí, muy contundentes, se casó con Marcela. Decir que se disfrazó, aunque en efecto fue así, es contar nada más la mitad de la historia, porque aquello que en realidad hizo Elisa fue transformarse en hombre o, más bien, abrazar su hermafroditismo, como hizo en su tiempo, de manera involuntaria, la monja de Úbeda.

Aun cuando Elisa se vestía rigurosamente con traje de hombre, se comportaba como tal y se dejaba un delicado bigotillo (que antes, cuando iba de mujer, se afeitaba), el matrimonio no aguantó la insistente observación de los vecinos, que muy pronto identificaron en el nuevo Mario a la vieja Elisa de toda la vida, y a partir de entonces las dos maestras vivieron un viacrucis, fueron arrestadas y cuando lograron arreglárselas para salir de la cárcel dejaron España y se instalaron en Portugal. Ahí, a pesar de que nadie las conocía, fueron a parar nuevamente a la cárcel, por esa misma intolerancia que muestran los de un solo sexo por los del sexo estereofónico.

Después de su episodio portugués decidieron poner mar de por medio y viajaron a Buenos Aires, ciudad a la que llegaron con el producto de su atormentado amor, que era una niña porque, como bien se explica en el apéndice, hay hermafroditas que, con todo y su vagina canónica, pueden embarazar a una mujer con el pitorrete y los testículos que llevan añadidos.

El rastro de Elisa y Marcela se pierde en Argentina cuando, para escapar de la dura vida que llevaban (eran sirvientas), Elisa se casa con un viejo rico y moribundo, con la idea de heredar su casa y su dinero y así consolidar esa vida familiar con Marcela y su hija que era apenas un esbozo. Pero resulta que el viejo, entusiasmado con ese amor que le había caído en la recta final, agarró un segundo aire y se empeñó tanto en consumar el matrimonio con Elisa que la cosa, ante las violentas negativas de la flamante esposa, volvió a acabar en los tribunales. Y ahí se pierde esta curiosa historia de amor, en los polvosos archivos de un juzgado de Buenos Aires, desvanecida como las notas de la milonga sentimental.

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