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Martes , 25.09.2018 / 00:34 Hoy

El Ramito

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El artista plástico Jeff Koons hizo un regalo a la ciudad de París que ningún parisino quiere. El regalo es una obra que campea, como muchas de las suyas, entre lo kitsch y lo monumental. El binomio es pésimo, sería menos gravoso si fuera Kitsch y minúsculo. Si no conoce usted lo que hace Koons, asómese a Google, basta un instante para agotar el concepto artístico.

La obra que nadie quiere no tiene desperdicio: pesa treinta toneladas, mide doce metros de altura y su título no esconde ningún misterio: Bouquet of Tulips (Ramito de tulipanes, vamos a decir).

El ramito, de varios metros de longitud, está sujetado por una mano gigantesca, cuyo antebrazo cercenado sirve de base a la composición. La mano sola, sin cuerpo a la vista, recuerda a aquel personaje de Los locos Adams que se llamaba Dedos, una mano-mucama que prestaba servicios específicos en la mesa, pasaba la sal, batía el café y encendía los puros del patrón. De la mano de la pieza de Koons puede temerse que un día, si al final llega a instalarse, suelte el ramito y se eche a correr, como una araña del tamaño de una Ford Explorer, por las avenidas de París.

Jeff Koons, muy obsequioso, regaló esa obra a los parisinos para confortarlos de los ataques terroristas del 2015, los del Stade de France y el Bataclan; se trata de un regalo, dice él, del pueblo de los Estados Unidos. Lo cierto es que el Ramito de tulipanes, lejos de confortar a los parisinos les produce mucha vergüenza.

El caso da para reflexionar sobre la naturaleza de los regalos, que no son siempre deseables ni bienvenidos. Hay regalos que se agradecen, igual que hay regalos dudosos, turbios, envenenados y otros que son una verdadera ofensa. No hay por qué aceptar algo solo porque es un regalo, y hay ocasiones en las que hacer cierto regalo es un acto de mal gusto, un abuso de confianza o, en casos más ríspidos, un hecho delictivo.

La obra de Koons costó tres millones de euros, es un regalo costoso y nadie quiere hacerse cargo, me parece que con sobrada razón, de lo que va a costar la instalación y el mantenimiento.

El caso me recuerda lo que pasó con una escultura de Sebastian, que el pueblo de México, o sea nosotros, regaló a ciudad de Dublín. Aquella escultura comparte con la de Koons la monumentalidad, y la aversión instantánea que sintió el pueblo por la pieza que acababan de obsequiarle.

Pero la aversión, en ese caso, no hizo desistir al pueblo de México, o sea a nosotros, de clavarles la escultura en la hermosa playa de Sandymount, con el añadido de una inolvidable ceremonia que protagonizaron, en el año 2002, el presidente Vicente Fox y Dermot Lacey, el alcalde de Dublín.

Nuestro regalo, por cierto, sigue ahí; es una pieza blanca y anticlimática que se llama oficialmente Awaiting the Mariner (Esperando al marinero), pero todos en Dublín la conocen como Sore on the Shore (dolor, irritación o tortícolis, o incluso juanete, en la playa).

Jeff Koons hizo el Ramito de tulipanes especialmente para regalarlo a los parisinos, en cambio la escultura que nosotros regalamos a los dublineses era originalmente un regalo para el pueblo de Japón, que a pesar de ser exactamente la misma pieza no se llamaba Awaiting the Mariner sino The White Lady (La dama blanca), y que los japoneses, sin ningún tipo de empacho, rechazaron.

La oficina de prensa de Koons presume, por escrito, de que las obras del patrón son “espectaculares” y “especulativas”, y propone instalar el Ramito en la explanada que hay afuera del Museo de Arte Moderno, con vistas al Palais de Tokyo, y tapando las vistas, con sus doce metros de envergadura, de la torre Eiffel. Esta explanada, curiosamente, está a muchos kilómetros de distancia del Stade de France y del Bataclan, los lugares donde ocurrieron los atentados y la zona donde en todo caso, si es que al final lo llegan a aceptar, debería colocarse el regalo.

El asunto es que Jeff Koons hace un regalo a París que nadie quiere; el mundo artístico, los galeristas y varios políticos acaban de firmar una carta pública pidiéndole sensatez a la alcaldesa Anne Hidalgo, que tiene solo unas cuantas semanas para buscarle un sitio más discreto o para, como nos hicieron los japoneses, no aceptar el regalo de un pueblo obsequioso.

Está previsto que la obra de Koons, si se acepta, se instale en marzo. Si los parisinos al final no aceptan el Ramito, podrían intentar colocarlo en Dublín, con otro nombre, claro: la Manita.

Si esto no fuera posible, siempre tendrán la opción de darnos una sopa de nuestro propio chocolate, y colocarnos el Ramito en Reforma y Juárez, ahí frente al Caballito.

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