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Miércoles , 17.10.2018 / 11:52 Hoy

El México que ya no vemos

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Ismael Rodríguez hizo películas muy populares como Nosotros los pobres (1947) o Pepe el Toro (1952), tragedias sentimentales cuya autenticidad reivindicaba el director, con el argumento de que él mismo se había criado en una de esas vecindades; era conocedor de primerísima mano de la materia con la que construía sus ficciones.

Reivindicaba tanto su conocimiento del proletariado del DF que fue sumamente crítico cuando Luis Buñuel, un director español, comenzó a rodar Los olvidados (1950), porque proponía una dura mirada sobre la pobreza chilanga despojada de la sentimentalidad con la que él matizaba la aspereza de sus películas. Nosotros los pobres, dirigida por Luis Buñuel, hubiera sido de una dureza atroz.

Pero Buñuel dirigió Los olvidados y el público mexicano, acostumbrado a los dramas sentimentales de Ismael Rodríguez, detestó la película porque presentaba una cara del país que a nadie le gusta ver, o mejor, que nadie vemos porque ya la hemos integrado al territorio de la normalidad.

Hace unos días, en un noticiario español, vi en toda su dimensión esa cara de México que ya no vemos, precisamente porque yo estaba fuera de México: un tráiler de escenas apocalípticas, balaceras, cuerpos tirados en el suelo en medio de un charco de sangre, enfrentamientos entre el ejército y una banda de forajidos armados, y sobre esas escenas escalofriantes una voz que hablaba de violencia extrema, de número de víctimas, de virtual guerra civil. Cualquier español que haya visto esa noticia habrá descartado México de su lista de próximos viajes. No se trataba de una nota amarillista, sino de un trabajo periodístico serio, apuntalado con datos y números; era un corte bastante aproximado de esa realidad violenta que en México se mira casi con naturalidad, pero que en Europa causa pasmo y estupor.

Esta realidad escalofriante no puede de ninguna forma compararse con una obra artística, ni la violencia del narco y el crimen organizado son comparables a las miserias de Pedro y el Jaibo, pero yo pensé que el pasmo y el estupor que produjo en su época la película Los olvidados, se parece en una cosa a las noticias sobre la violencia en México: las dos presentan una cara del país que preferimos no ver.

Ismael Rodríguez decía que Los olvidados era una película para intelectuales, “de cineclub”; Pedro de Urdimalas, el dialoguista, prohibió que apareciera su crédito, y el público en general clamaba porque le aplicaran a Buñuel el artículo 33 de la Constitución. El mismo Buñuel cuenta en sus Memorias cómo “el equipo entero, aunque trabajando muy seriamente, manifestaba su hostilidad hacia la película”, y añade que un técnico le preguntó: “Pero, ¿por qué no hace usted una verdadera película mexicana, en lugar de una película miserable como esa?”

La verdadera película mexicana sería, de acuerdo con los parámetros del técnico, una de las que hacía Ismael Rodríguez, la realidad mexicana como tragedia sentimental y lacrimógena, y no como la tragedia sin paliativos que estaba rodando Buñuel.

Los ataques de la prensa, de los políticos, del público en general fueron tan feroces que Los olvidados duró en México cuatro días en cartelera; pero ese mismo año la película obtuvo el premio al mejor director en el festival de Cannes. Octavio Paz, que era entonces un joven poeta y diplomático en Francia, se instaló en la entrada del cine a repartir copias de un artículo que había escrito sobre Los olvidados, “el mejor, sin duda, que he leído”, escribió Buñuel en sus Memorias. En ese artículo, que más tarde recuperaría en su libro Las peras del olmo, Paz ensaya alrededor de la película, con una hondura que poco tiene que ver con la crítica cinematográfica, y termina ofreciendo un panorama no tanto de Los olvidados, como del México que representa la película de Buñuel, el México que no es como una “verdadera película mexicana” sino como la tragedia sin paliativos que nadie quiere ver, y que inevitablemente se extiende hasta esa escalofriante noticia que transmitió la televisión española; es más, parece que Paz escribió esas ideas para explicar la violencia mexicana del siglo XXI. “La puerta del sueño parece cerrada para siempre; solo queda abierta la de la sangre”; escribe Paz. Más adelante dice: “Y el peso de la realidad que nos muestra es de tal modo atroz, que acaba por parecernos imposible, insoportable. Y así es: la realidad es insoportable; y por eso, porque no la soporta, el hombre mata y muere, ama y crea”. Y la última: “Lo que llamamos civilización no es para ellos sino un muro, un gran No que cierra el paso”.

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