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Domingo , 24.06.2018 / 10:26 Hoy

Melancolía de la Resistencia

¿El libro se muere?

Jordi Soler

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En el siglo XXI sobrevuelan alrededor del libro toda suerte de aves de carroña. ¿El libro se muere?, ¿la costumbre de leer se encuentra en un proceso agónico?, ¿tiene la industria editorial los días contados? Estas preguntas forman últimamente una parvada en cualquier foro en el que haya un escritor que trata de ganarse la vida con sus libros. Las he oído esta semana de encuentros literarios en el Festival Eñe, en Madrid, en el Foro Eurolatinoamericano, también en Madrid, y ahora voy a Guadalajara, a la deslumbrante FIL, a insistir en que ni el libro se muere, ni los lectores se extinguen, ni la literatura está a punto de pasar a mejor vida.

¿Por qué va a pasar a mejor vida un arte que nos ha acompañado desde el principio de los tiempos? Comparemos mitologías, como diría Leonard Cohen: el mundo audiovisual, multiplicado por las nuevas tecnologías es, si lo comparamos con el tiempo que llevan los libros de papel entre nosotros, demasiado nuevo, tanto que es difícil hacer cualquier tipo de pronóstico.

La lectura es una actividad que no tiene sustituto, la forma en que el lector se va enterando de una historia no se parece en nada a la forma en que una obra audiovisual es absorbida por el espectador. No hay nada que se parezca a la experiencia de leer y, aunque a mí me sigue gustando más leer en papel que en libro electrónico, reconozco que, una vez que vamos historia adentro, ya no hay diferencia entre un soporte y otro: las dos experiencias son, rigurosamente, leer. La manipulación y la forma de movernos dentro de la obra ya son otra cosa: en el libro de papel, que sigue teniendo un diseño insuperable, se puede retroceder, regresar a un párrafo específico, también se puede subrayar, anotar ideas en los márgenes, doblar las hojas para localizarlas más fácilmente; el libro de papel tiene una dimensión física con la que es muy fácil interactuar, es un cuerpo manipulado por otro cuerpo y la intimidad entre los dos es muy armónica, profundamente orgánica: te guardas el libro en el bolsillo trasero de los pantalones, pones el ticket de la tintorería para señalar la página en que abandonaste la historia o lo dejas abierto despanzurrado bocabajo sobre la mesa o, como hacían García Márquez y su mujer cuando eran pobres y viajaban en tren: ella leía una página del libro y, cuando la terminaba por los dos lados, la arrancaba y se la pasaba a él y él, cuando la terminaba, tiraba la página por la ventanilla.

El libro electrónico, en cambio, es más distante: se puede subrayar, y hacer anotaciones, pero volver a estas luego es una pesadez. Tampoco es fácil la navegación, las páginas no llevan número, sino el porcentaje del libro que se ha leído y también es verdad que de pronto se te va el dedo y adelantas o atrasas diez páginas de golpe pero, al final, terminas leyendo como se ha leído desde el principio de los tiempos.

Por otra parte tampoco me parece que la gente hoy lea menos que antes; los jóvenes leen todo el día en sus teléfonos y tabletas, ¿tuits?, ¿burradas en el WhatsApp?, ¿blogs idiotas?, ¿pura mierda? Puede ser, pero desde luego no siempre es así, y además debo añadir que cuando yo era joven no había más espacio de lectura que la letra impresa en papel. Los lectores en el siglo XX teníamos un territorio mucho más limitado, y no solamente en lo que se refiere al soporte en el que leíamos sino también en la manera en que conseguíamos los libros: teníamos que ir a una librería a comprarlos, o a robarlos, o pedirlos prestados a un colega, o encargarlos en la misma librería y esperar dos meses a que llegaran. En cambio, en el siglo XXI tenemos mucho más opciones: a la de comprarlos en la librería se ha sumado la de pedirlos en Amazon, que tiene un fondo editorial más competente que el de cualquier librería, y a la de Amazon se ha sumado la opción del libro electrónico, que tiene un surtido inagotable y ofrece, en no más de cinco segundos, casi cualquier libro imaginable, en un montón de lenguas.

Ante esta gloriosa perspectiva que tenemos los lectores de este siglo, ¿cómo es que el libro y la industria que lo produce se están extinguiendo? Quizá no se trata de una extinción, sino de una transición hacia otro modelo de industria, y de una multiplicación de las posibilidades con las que cuentan los lectores; es decir, de una violenta sacudida a ese hábito, el de la lectura, que hasta hace muy poco llevaba varios siglos de estabilidad.

Y si los libros hoy se multiplican más que nunca, y si en este siglo se han ensanchado de forma notable los espacios para leer, ¿de dónde sale esa idea loca de que se muere la novela, el ensayo, la poesía?

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