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Sábado , 15.12.2018 / 15:12 Hoy

Melancolía de la Resistencia

El espíritu de la arcilla

Jordi Soler

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Un tenista empieza jugando contra otro tenista pero, a medida que se va adentrando en el juego, comienza a aislarse, a quedarse solo; se vuelve parte de la música que produce el golpe de la raqueta contra la pelota, y del dibujo que van dejando sus desplazamientos por la pista. Juega contra su oponente, claro, pero simultáneamente lo hace contra sí mismo; está solo en un extremo y ahí es presa fácil de sus dudas, de sus inseguridades y temores, que acaban siendo más letales que un furibundo smash de su contrincante. No es raro que el tenista, al final, pierda contra sí mismo.

No sé si haya otro deporte tan solitario como el tenis; quizá el box, aunque el contacto físico es una evidencia contundente de que no estamos solos en el cuadrilátero, lo que no sucede en el tenis porque el otro está lejos, y además el contacto físico está prohibido.

Lord Byron practicaba el boxeo: pertenecía al Pugilistic Club de Londres y hacía vida social con los pugilistas, especialmente con Tom Crib, que había sido campeón de los pesos pesados en Inglaterra. En una entrada de sus Diarios, Byron anota: “Mañana ceno donde Crib. Me gusta la energía —incluso la energía animal— de todo tipo; y yo necesito tanto de la mental como de la corporal”. Vampirizaba la energía de los boxeadores, y seguramente ellos también lo hacían con él, que era un escritor muy famoso, un célebre libertino dueño de una atractiva alcurnia. Pero su apego al boxeo, más allá del aspecto social, se debía al performance que lo obligaba a estar solo frente a su oponente, muy concentrado y poseído por los automatismos, lo cual le producía ese vacío en la cabeza que con tanto ahínco perseguía Carlos Castaneda.

El dibujo que va dejando el tenista en la cancha se tiene que adivinar, pero la música que produce se puede oír perfectamente: cuando el golpe es defectuoso la raqueta, al chocar con la pelota, produce un Fa seco; en cambio, cuando el golpe es bueno lo que oímos es el Fa envuelto en un sustancioso armónico. El juego de un tenista podría medirse en armónicos, pues una buena tanda musical significa que la pelota está siendo liftada según el canon, y que el tenista al desplazarse está trazando un dibujo competente, lo cual produce que la pelota caiga en los sitios estratégicos que hacen más daño al contrincante.

Llegado el momento de la música, el tenista se encuentra movido por una batería de acciones y reacciones que se producen espontáneamente. Entra en la fase del automatismo, como le pasaba a Byron cuando boxeaba, y es ahí cuando la cabeza se queda vacía; cuando, por utilizar la terminología del brujo yaqui don Juan Matus, se detiene el diálogo interno.

La superficie ideal para producir este vacío es la arcilla, que es la más lenta. En la pista dura o en la de hierba, la velocidad con la que bota la pelota exige del tenista otro tipo de talante: más práctico, más resolutivo, más explosivo; en cambio, al tenista que juega sobre arcilla le viene mejor el talante filosofal. El ritmo más lento del juego en esta superficie es una invitación a pensar más que a reaccionar, y a lo largo del partido, entre un pensamiento y otro, llega a producirse, naturalmente, el vacío que inmediatamente, aunque dure unos instantes, se llena de ideas frescas. No es casualidad que en Estados Unidos, un país entregado a la productividad y al ruido, la pista predilecta sea la dura, ni que en los países del Mediterráneo, donde la vida es más pausada, más para vivirla que para sacarle réditos, se prefiera la pista de arcilla.

La naturaleza de la pista de arcilla es muy atractiva; la danza y la música que ejecuta el tenista están siempre contaminadas, en el sentido magnífico del término, por la materia que desprende la superficie. Cada vez que bota la pelota se lleva al levantarse partículas de arcilla y, al cabo de unos cuantos golpes, la bola pesa más por la cantidad de materia que ha recogido. Lo mismo pasa con los zapatos y también con los calcetines, y con la empuñadura de la raqueta que, si es de un color claro, comienza a ponerse del color de la tierra. Quien juega en esta superficie va impregnándose de la materia de la pista y al cabo del primer set ya es parte de ella, se ha integrado de manera orgánica al entorno, y esta integración, sumada a la danza y a la música que produce, le otorga al tenista, mientras está ahí, el rango de criatura cósmica. Luego el jugador, lejos de la pista, a la hora de quitarse los calcetines para meterse a la ducha, mira la tierra que cae al mosaico del baño con una melancolía atávica, de los tiempos en los que los hombres gozábamos, todavía, del afecto del planeta.

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