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Domingo , 16.12.2018 / 07:06 Hoy

Melancolía de la Resistencia

El ‘boom’ de los artistas

Jordi Soler

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Nunca antes habíamos tenido tantos artistas por metro cuadrado. En Francia, por ejemplo, entre 1990 y 1999, los oficios culturales, digámoslo así, aumentaron casi el 20%. Estos oficios, que se conocen como el sector creativo, ocupan en Europa 4.6% de los empleos. En Alemania hay 719 mil personas que trabajan en este sector, y constituyen un notable contraste si se les compara con las 444 mil personas empleadas en la industria química. En la industria francesa del automóvil trabajan 225 mil empleados, mientras que el sector creativo de este país tiene 546 mil.

En el otro continente, en Estados Unidos, la industria del entretenimiento, el sector creativo local, tiene ocho veces más trabajadores que la del automóvil.

Los términos “entretenimiento” y “creativo” no necesariamente amparan obras artísticas, pero los números más precisos, el conteo por disciplina indica, sin sombra de duda, que el número de personas que se dedican a alguna actividad artística se ha disparado en el siglo XXI, en Europa y en Estados Unidos. No conozco, si es que las hay, las estadísticas mexicanas de este sector, pero seguramente debe existir un fenómeno similar, basta hacer un rápido recuento de nuestro círculo de conocidos para dar con un escritor, un videoartista, un músico, un artista plástico, un instalador.

El estudio completo, con todos sus números, está publicado en un ensayo titulado La estetización del mundo, de Gilles Lipovetsky y Jean Serroy (Anagrama, 2015)

¿A qué se debe este misterioso boom de los artistas? Seguramente a la multitud de herramientas que existen para desarrollar y publicar obras artísticas; hoy se puede rodar una película con un teléfono móvil y estrenarla en YouTube, o publicar fotografías o una novela en un blog, o componer una pieza musical y ponerla a disposición del público sin salir de la habitación.

Voy a contar una anécdota personal que, me parece, ilustra muy bien el cambio radical que ha experimentado el oficio de escribir en un periódico. Para publicar un artículo como este, en el siglo XX había que completar la siguiente ruta crítica: escribir el artículo en la Olivetti, salir de casa con las dos hojas escritas y subirse a un camión, o al Metro, rumbo a la redacción del periódico que estaba en el centro de la ciudad. Llevar las dos hojas a máquina hasta el centro me tomaba la mayor parte de la mañana y, una vez entregadas, nos íbamos todos a invertir el resto del día, y el dinero que acababan de pagarnos por el artículo, en el bar de la esquina. Todo empezó a cambiar cuando se inventó el fax, que nos ahorraba, o quizá nos escatimaba, el desplazamiento a la redacción y, cuando nos dimos cuenta, ya el correo electrónico nos había trastocado, probablemente para bien, los usos y costumbres con su velocidad vertiginosa y con su diabólica ubicuidad. Lo mismo podría contar un cineasta, o un fotógrafo, o un músico sobre lo mucho que ha cambiado el proceso de producción de sus obras.

Pero la facilidad de producción, y el superávit de creadores, no da necesariamente un mayor número de obras, digamos, potables; sería raro que la gente de este siglo tenga más cosas que decir, que plasmar en una obra, que la gente de otros tiempos; da la impresión de que más que historias, propuestas, ideas, lo que se tiene es el know how, el instrumental para implementarlas, aunque en realidad no se tenga mucho que decir. El medio es el mensaje, decía McLuhan, sin saber que en el futuro su máxima podría aplicarse perfectamente al mundo artístico.

Lipovetsky y Serroy asocian este superávit de artistas al hedonismo del siglo XXI, al “auge de la nueva cultura individualista que da prioridad a los deseos de autonomía, de autorrealización y autoexpresión”, esa cultura de la que forma parte la espiritualidad new age que ya hemos destripado en otro artículo, esa tumultuosa deriva que nos hace creer que todos merecemos todo y que todos somos capaces de lograr cualquier cosa. En este espejismo, rabiosamente contemporáneo, podría estar fundamentado el boom de los artistas.

Ya veremos en el futuro cual es el resultado palpable de esta sobrepoblación de artistas, ¿una revolución en la historia del arte? Por lo pronto ya se advierten algunos efectos: el artista ha perdido su aura mística, ya no es el solitario iluminado que crea piezas únicas, el arte se ha secularizado y para sobresalir, independientemente del valor de la obra, hay que exhibirse, publicar la cara, el nombre, las costumbres del artista; estamos asistiendo, como dirían Lipovetsky y Serroy, a “la estelarización de los creadores”, a su “vedetización”.

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