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Melancolía de la Resistencia

El arte del regreso

Jordi Soler

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En una de las seis conferencias que Octavio Paz dictó, en 1975, en el Colegio Nacional de México, aparece un tema que hoy resulta de rabiosa actualidad: su preocupación por el despilfarro de los recursos naturales, la polución, la contaminación del agua y el calentamiento global, fenómenos protagonizados por la especie humana, por su proverbial estupidez, que están directamente relacionados con el progreso a toda costa, el progreso a ultranza y a mansalva que ha sido, desde los tiempos de la Revolución Industrial, el evangelio de Occidente en países desarrollados y en vías de desarrollo; basta ver lo que ha hecho el progreso, del tipo pernicioso que señalaba Paz, con las ciudades y los pueblos de nuestro país.

Octavio Paz hacía notar que las voces de alarma sobre el saldo letal del progreso, en aquel 1975, “vienen de las universidades y los institutos que hace apenas unos años, todavía, eran las fortalezas intelectuales de la creencia en un progreso basado en los avances de la ciencia y de la técnica”.

Hace unas semanas hablábamos en esta misma página de la gesta intelectual de William Blake y, en general, de los poetas románticos, que advertían sobre el saldo oscuro del progreso que alcanzaban claramente a vislumbrar, y también de que frente a la ruptura que suponía la Revolución Industrial ellos proponían una contrarrevolución cultural que matizara el ascenso imparable de las máquinas. Quizá los poetas románticos exageraban, pero de ninguna forma se equivocaban y, de haberles hecho caso, hoy viviríamos en un planeta con unos usos y costumbres radicalmente distintos. Pero nadie, salvo una minoría de entusiastas lectores, les hizo caso, como ilustra esta inquietante línea del mismo Blake: “Los dos leemos la biblia noche y día/pero tú lees negro donde yo leo blanco”.

Este era, precisamente, el espíritu de Octavio Paz en aquella conferencia, el mismo que había movido dos siglos antes al poeta inglés, y la respuesta que ofrecía era la misma que en su tiempo propusieron los románticos: la poesía.

Paz había regresado en 1971 después de una larga estancia fuera del país y había encontrado a su ciudad, Ciudad de México, “desfigurada, mutilada por el falso progreso, la contaminación de la atmósfera, la pobreza excesiva y, también, la riqueza excesiva”. En una serie de sonetos titulada “Crepúsculos de la ciudad”, Paz escribió esta vibrante sentencia que puede hacer suya cualquiera que se asuma como estructuralmente chilango: “Todo lo que me nombra o que me evoca yace, ciudad, en ti, yace vacío, en tu pecho de piedra sepultado”.

Los artistas, dijo el poeta en aquella conferencia, que son “los guardianes de un culto clandestino y marginal”, tienen una respuesta para el progreso: “el regreso”, no a las cavernas sino, partiendo de esa persona en la que nos hemos convertido, “volver a la fuente del origen y beber su agua de imágenes”.

El poeta nos invita a plantearnos el regreso a nosotros mismos a través de la poesía, o del amor, que “son experiencias no productivas, antiproductivas, y han sido, y son, negaciones del mundo moderno”. Para evitar que nos arrastre el progreso, que ya ha arrastrado a nuestros pueblos y ciudades, hay que negarlo, aunque sea un momento, precisamente desde aquí, desde el clímax del progreso que, en el siglo XXI, nos carcome el alma cada día.

La poesía no es conocimiento, como lo es la ciencia, sino reconocimiento; “la poesía, el amor y la contemplación son maneras de reconocer: de reconocernos a nosotros, a los otros y al mundo”, advierte Paz. El sexo, el modo volcánico del amor, fascina porque nos regresa al origen, a la fuente primigenia y quien lo experimenta sale renovado por ese regreso. Nadie regresa de ahí como se fue, el sexo redime, nos libera de ese “animal humillado” que vive permanentemente dentro de nosotros.

En su poema “El cántaro roto”, Octavio Paz propone la ruta onírica, otra cosa inútil, pero luminosa, que sirve como antídoto para la utilidad ciega del progreso y que consuena con el arte de la ensoñación, con el sueño como instrumento de autoconocimiento que practicaban, entre otros, los poetas surrealistas, Sigmund Freud y el brujo yaqui Juan Matus, cuyas enseñanzas prologó en 1974, un año antes de dictar esta conferencia, el mismo Octavio Paz: “Hay que soñar hacia atrás, hacia la fuente, hay que remar siglos arriba, más allá de la infancia, más allá del comienzo, más allá de las aguas del bautismo, echar abajo las paredes entre el hombre y el hombre, juntar de nuevo lo que fue separado, vida y muerte no son mundos contrarios, somos un solo tallo con dos flores gemelas”.

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