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Miércoles , 15.08.2018 / 08:43 Hoy

Melancolía de la Resistencia

El amor desplumado

Jordi Soler

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¿Por qué, si todos somos estructuralmente iguales, nos gustan unas personas y no otras? En el inabarcable universo de ojos, o de bocas, que vemos cada día, solo un porcentaje mínimo llama nuestra atención y muy de vez en cuando hay unos ojos, o una boca, o un cuerpo entero, que recordamos durante días porque nos ha gustado.

Esa atracción que sentimos por alguien puede explicarse científicamente; la elección de una persona sobre todas las demás obedece a la forma en que la química corporal de un cuerpo consuena con la de otro cuerpo. Desde el punto de vista científico el enamoramiento tiene que ver con el corazón, pero no como el músculo que se retuerce de dicha o de desesperación ante la persona amada, sino como el motor que pone en marcha y hace circular las sustancias que conforman la alquimia de los cuerpos. Desde esta perspectiva la representación real del amor no puede ser cupido, ese angelito alado y cursilón que dispara flechas, sino un laboratorio lleno de matraces humeantes y serpentines con los meandros cubiertos de humedad condensada.

La atracción sexual tiene explicación científica, hace unos meses hablábamos en este mismo espacio de la realidad microbiana de los besos, ese acto que suele ser el prólogo del sexo. Susan Erdman, una microbióloga del Instituto Tecnológico de Massachusetts, ha descubierto que dos personas se besan en la boca, con lujo de juego de lenguas, no porque se deseen desesperadamente, al grado de querer comerse mutuamente, sino porque la colonia microbiana de una, que es especialmente abundante en la cavidad bucal, tiene los elementos que necesita la otra para fortalecer su sistema inmunitario y viceversa. Según esto no besa uno por amor, sino por instinto de supervivencia y elige uno a una sola persona entre todas las demás en la medida en que está persona le sirva de abono a su comunidad microbiana y, consecuentemente, a su sistema inmunológico. Esta vendría a ser, grosso modo, la explicación científica de ese misterio que, hasta hoy, era el enamoramiento.

Ahora, ¿nos sirve de algo esta explicación?, ¿la explicación científica del deseo acaba con el misterio del amor?

Los neurofilósofos del siglo XXI, encabezados por el gran pope de esta rama del pensamiento que es Daniel Dennett, han desmontado científicamente no solo el fenómeno de la atracción sexual, sino casi cualquier zona de nuestra esfera afectiva, además de los fundamentos neuronales de, por ejemplo, la capacidad de reacción, el talento, la inteligencia, todo queda explicado con una apabullante cantidad de datos. Queda explicada incluso la explosión neuroquímica que hace que nuestro perro nos tenga ese afecto conmovedor que, en el siglo XX, daba origen a refranes como ese de "es fiel como un perro". Pues esa fidelidad, nos dice la neurofilosofía, es pura química.

La lectura de los ensayos de Daniel Dennett (si les interesa acaba de publicar, en inglés, una suma de su pensamiento titulada From bacteria to Bach and back, Norton, 2017), después del deslumbramiento inicial, producen una honda desolación. Aun cuando prueba científicamente que nuestra vida es una predecible panoplia de reacciones neuroquímicas, orientada por la batalla, ciega y sorda, que nos impone nuestro inevitable darwinismo; aun cuando sus argumentos son sólidos y, hasta cierto punto, irreprochables, queda la impresión de que la explicación científica del enamoramiento, no es más que una parte del fenómeno: el amor es intercambio de colonias microbianas, sí, pero también es ese fastuoso misterio que la literatura, las canciones, y últimamente el cine, han explicado, desde otro punto de vista, desde el principio de la civilización.

Saber que el amor es química y mensajes eléctricos distribuidos por neurotransmisores no diluye el misterio, porque no somos solo eso (criaturas desmontables científicamente atrapadas en la carrera evolutiva), también somos el marco cultural que nos distingue, y que hace distinta a la persona que nos gusta y que deseamos, desesperadamente, besar; somos también las experiencias que hemos tenido, lo que nos han contado, lo que hemos pensado o imaginado, somos los libros que hemos leído, las canciones que hemos oído y las películas que hemos visto y todo esto constituye la otra mitad del fenómeno, la que no puede explicarse ni medirse en un laboratorio: esa es, precisamente, su virtud.

Quizá llegará el momento en el que, acosados por los neurofilósofos, tengamos que protegernos con versos, mitos, arquetipos literarios porque ¿a quién le interesan las colonias microbianas de Anna Karenina y de Fermina Daza? ¿Qué gracia puede tener el amor sin sus misterios?

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