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Viernes , 19.10.2018 / 22:15 Hoy

Echar al diablo en año nuevo

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El cambio de año tiene poco sentido en el mundo secularizado del siglo XXI. Sin las arraigadas creencias de nuestros ancestros nos hemos quedado solamente con la parte ridícula del ritual: comer doce uvas y vestir una prenda roja, que sea interior de preferencia. No se puede terminar ni empezar decentemente un año con este esperpéntico ceremonial y, ante tanta miseria escénica lo que le queda a la persona que conserva el alma, que tiene cierta perspectiva mágica de la realidad, es beber muchas copas para, cuando menos, transitar de un año al otro con la cabeza abierta hacia una nueva dimensión.

La palabra “año” viene de “annus”, vocablo de sonoridad promiscua que significa “anillo”. El año es un anillo, es decir, un círculo que empieza y termina en el mismo punto. Los celtas, un pueblo que conserva su alma y su perspectiva mágica, vislumbran el espacio mínimo, el lapso propiamente dicho, que hay entre el anillo que se cerró y el que está empezando a abrirse y saben que en este lapso se abre la puerta al paraíso.

La felicidad alcohólica serviría para suturar las dos puntas del anillo, después de haber contemplado ese instante de paraíso. Y la cruda del día siguiente nos vendría a recordar que acabamos de nacer en un nuevo año, con la sed y los dolores propios del que acaba de ser alumbrado por la madre cósmica. Ese es todo el ceremonial que nos queda a estas alturas del siglo XXI, más una lista absurda de promesas y propósitos que nadie piensa cumplir. Aunque quizá esto sí califique como ritual: prometer algo cada año que, como sabe quién lo promete y los que lo escuchan, no va a cumplirse y, sin embargo, volver a prometer lo mismo al año siguiente, y al siguiente, y al siguiente.

¿Cómo es posible que en México, un país tan dado a la imaginería mitológica, no tengamos un ritual bien perfilado y difundido para transitar de un año al otro? Pasar en calzoncillos rojos frente a la puerta del paraíso que ven los celtas parece un ritual indecente. ¿De qué nación hemos heredado esa guarrada?¿de los pinches gringos?

A mí me gusta como celebran el año nuevo los votiakos, un pueblo finés de la Rusia oriental. En ese mismo cambio de año en el que los celtas ven un anillo que se cierra, y nosotros una prenda íntima roja, los votiakos reúnen a todas las niñas del pueblo y arman con un palo a cada una. Esa turba de niñas en cuya naturaleza femenina se sustancia la magia de la tribu, va visitando casa por casa y golpeando con los palos todos los rincones, con el objetivo de expulsar al diablo que ha engordado ahí durante todo el año, y el propósito de expulsarlo para empezar el año nuevo sin su influencia maligna. Las niñas van gritando todo el tiempo, ¡estamos echando del pueblo a Satanás!, según nos cuenta Sir George J. Frazer en su imprescindible ensayo La rama dorada, un libro que empezó a escribir en 1890 y que hoy sigue alumbrándonos el camino en este milenio sin magia y sin Dios. Después de apalear el interior de las casas del pueblo estas niñas de la Rusia oriental caminan hasta el río y ahí una a una van tirando sus palos para que, en su viaje corriente abajo, se lleven al diablo que acaban de expulsar.

Lo que hacen los votiakos es enseñarnos a encuadrar el año nuevo como un exorcismo, como un momento propicio para expulsar a Satanás de nuestras vidas, a sabiendas de que a lo largo del año que empieza va a ir metiéndosenos otra vez al cuerpo. Ahí tenemos otra vez el círculo y el anillo y, sobre todo, la forma en que una colectividad fija ese instante, el que va de un año al otro, en el que se impone la conciencia absoluta de lo que ha pasado y de lo que está por venir, un trance al que difícilmente se accede con un puño de uvas y unas bragas rojas.

Quizá podríamos echar mano de nuestra frondosa mitología y refugiarnos, por ejemplo, en Tezcatlipoca, el señor que tiene un espejo humeante en el que se refleja todo lo que ha pasado y todo lo que puede suceder, ese espejo parece el instrumento adecuado para efectuar el tránsito de un año al otro y ahí, en su ahumada superficie que bien podría ser el Aleph o, puesto al día, la pantalla de un Samsung, sería factible vislumbrar el anillo celta y localizar al diablo para echarlo de la casa y empezar el año nuevo en santa paz. A fin de cuentas, como nos enseña el ritual de los votiakos, en el cambio de un año al otro hay que expulsar a Satanás de nuestra casa y de nuestra vida, hay que encomendarse al anillo celta, al espejo humeante de Tezcatlipoca o a ese grupo de niñas rusas y creer, con toda el alma, que el diablo que acaban de sacarnos se va yendo río abajo conforme va entrando el año nuevo.

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