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Lunes , 22.10.2018 / 01:42 Hoy

Melancolía de la Resistencia

¿Dónde están los jipis?

Jordi Soler

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¿En dónde están los nuevos jipis? Todo lo que hay son viejos jipis, militantes de aquel movimiento sociopolítico que un día se desintegró. Los jipis querían destruir el sistema, replantear los fundamentos de la economía, vivir en armonía con la naturaleza y además eran unos entusiastas del hedonismo y de la tribu familiar; pretendían, en suma, vivir de otra forma, corregir la deriva occidental hacia la ganancia y el progreso económico que ya desde la década de los sesenta era un escándalo.

Todos los objetivos del jipismo, con la excepción quizá de su estética pandrosa y de su amanerada cursilería, podrían retomarse hoy con más ímpetu, pues ha pasado medio siglo y el sistema que intentaron destruir sigue no solo de pie, sino más fuerte que nunca. De los jipis debería rescatarse no solo su rechazo a un sistema que, desde su perspectiva, los oprimía, también su energía para presentar alternativas y la coherencia con la que, cuando menos durante unos años, las pusieron en práctica.

¿Por qué se fueron los jipis si no habían conseguido lo que buscaban? Quizá se cansaron de no conseguirlo, o fueron desarticulados por la presión de las buenas conciencias, o por algún oscuro tentáculo del Estado que los consideraba una molestia o algo más grave que podía ir a más, o probablemente descubrieron que no era fácil vivir al margen de la estructura económica. Lo más probable es que se hayan extinguido por la combinación de todos estos elementos.

Al final el jipismo fracasó en su intento de cambiar el mundo, pero logró montar una revuelta cultural que dejó un valioso sedimento social; consiguieron diluir, o siquiera relativizar, el puritanismo que sostiene al mundo industrializado. Eso es precisamente lo que queda del jipismo en el siglo XXI, un sedimento con el que nadie sabe qué hacer; cosa rara porque es hoy, más que en aquella época, cuando nos vendría bien una enorme base jipi sacudiendo el sistema de occidente, un combativo peace & love que pusiera en su lugar a los gobernantes tóxicos, a los gerifaltes, a los capos, a los explotadores.

No deja de ser inquietante que en aquella época coincidieran el jipismo y mayo del 68, la revuelta cultural y la política, dos episodios, uno en California y otro en París, que repercutieron con inolvidable furor en todo el planeta, en una época en la que, y perdón por la obviedad, no había redes sociales. A lo mejor vamos a empezar a concluir que todo aquello fue posible precisamente porque los jóvenes no vivían dopados por las redes sociales.

¿Por qué, si la juventud de hoy está tan harta del sistema como la de entonces, no existen movimientos sociales de esa envergadura? Lo que tenemos hoy son revueltas locales sofocadas, o más bien liquidadas por auto combustión, como el Movimiento del 15-M español. Quizá los Estados ya han aprendido a acotar, a diseminar esos brotes de revuelta, pero lo que parece incuestionable es que son los mismos usos y costumbres de la sociedad del siglo XXI los que impiden el resurgimiento de una revuelta planetaria como aquellas.

Los viejos jipis se han ido diseminando en nichos que conservan ciertos elementos de su ideario de juventud; la cruzada ecológica, por ejemplo, perfectamente acotada por el poder, es un amable placebo que tiene diversas caras, el huerto sin fertilizantes, el comercio de proximidad, el turismo rural como negocio auto sostenible y responsable con el medio ambiente, y otros sucedáneos individuales de aquella gesta espiritual y colectiva como el yoga, el mindfulness y un largo, y muy rentable, etcétera. Los viejos jipis están hoy haciendo la flor de loto, el saludo al sol, la postura del perro o la del guerrero después de una jornada extenuante de oficina, en los despachos del poder económico, mediático o político. La imagen del jipi, que hace años combatía al sistema, haciendo hoy la postura del guerrero en un salón de yoga, ilustra perfectamente la magnitud del caso.

Los viejos jipis no han desaparecido del todo, siguen ahí diseminados, cada uno disfrutando de su propia reconversión, con sus escapadas controladas y asépticas al hedonismo y a la reivindicación social.

¿Y dónde está el relevo? Parece que los nuevos jipis no existen, su germen se ha diseminado antes de constituirse en una tribu, no solo ellos sino cualquier movimiento espontáneo y combativo que necesite de un grupo numeroso para hacerse notar, pues lo que tenemos hoy son jóvenes aislados detrás de una pantalla, en conexión permanente con una multitud muy activa que, en lugar de plantarse en la calle, lanza una andanada de tuits y se queda tan satisfecha.

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