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Melancolía de la Resistencia

Del amor cósmico

Jordi Soler

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El filósofo italiano Guido Ceronetti lanza esta sentencia, en su libro Los pensamientos del té (Acantilado, 2018): “Hay que huir a toda costa de cualquier mujer que se niegue a creer en la magia”. Y luego añade: “Está condenada a vivir como bruja, por haber renegado de la brujería”.

Ceronetti habla en estos términos de la mujer, no porque sea un macho, sino porque es ella la que está dentro de los ritmos de la naturaleza, sus ciclos son parte del engranaje cósmico; lo contrario del hombre que ha sido expulsado, y al no formar parte del codiciado engranaje, mira resentido, desde su oscuro rincón, la danza de los cuerpos celestes. Por esto le parece insensato que la mujer niegue esa magia y reniegue de esa brujería.

Un hombre se enamora de una mujer por una multitud de razones, hondas o superficiales, a veces incluso poco razonables y, una de estas, la más honda, es el afán de integrarse al cosmos, dejar de ser un niño perdido por el método de abrazarse a ella, que es parte sustancial del engranaje.

Ceronetti, que es un viejo sabio que nació en Turín en 1927, nos previene, a los hombres, claro: “El horóscopo personal sirve esencialmente para el placer que da sentirse, tan poca cosa como somos, de algún modo inextricablemente unidos a fenómenos grandiosos, a la órbita de los planetas que giran alrededor del sol”. El horóscopo sería el placebo para quien quiere ser parte de esos fenómenos grandiosos, a los que solo puede accederse con el abrazo, como demuestran estos versos del poeta Andrè Breton: “El abrazo poético como el abrazo carnal, mientras dura, prohíbe toda escapada sobre la miseria del mundo”.

Un hombre al que abandona su mujer, más allá del naufragio emocional que esto supone, es simultáneamente abandonado por el cosmos, se convierte en una criatura desconectada del sistema, por eso lo vemos, presa de la desesperación, buscando el acceso que le ha sido vedado en los márgenes de la vida, en el siniestro rincón de una cantina. Desde esta dimensión cósmica hay que entender ciertas máximas de José Alfredo Jiménez.

El asombro que esconde, para el hombre, el primer amor, no obedece solo al deslumbramiento del sexo compartido, también se debe a que por primera vez vislumbra los misterios del cosmos, se da cuenta de que puede integrarse al engranaje y de que, con suerte, dejará de ser un niño perdido.

Ceronetti escribe en Los pensamientos del té: “El amor no sirve más que para atenuar el miedo, que ha crecido ilimitadamente, como el alga que infesta las costas”.

La imagen del alga la propuso Ceronetti cuando escribía la versión original de este libro, en 1987, una época de miedo colectivo moderado si se compara con el miedo que nos acosa en siglo XXI, un miedo espumado por la Red que nos mantiene permanentemente hiperinformados sobre todas las cosas que podrían pasarnos, enfermedades, accidentes, la ruina económica, todo tipo de desventuras que en 1987 existían a lo lejos, no estaban ahí todo el tiempo como lo hacen ahora cada vez que activamos el teléfono. El alga del miedo que infesta las costas está hoy mucho más extendida y la obligación de todo ciudadano no es solo estar al tanto de su existencia, sino saber leerla: “Las hojas vuelan del mundo y en ellas había mensajes y enigmas que no hemos descifrado. También las manos: poco leídas, demasiado poco; también las arrugas, los lóbulos… No hemos leído otra cosa que libros”.

Los pensamientos del té son una bomba de relojería filosófica que Ceronetti fue escribiendo entre las dos tazas de té verde que toma cada día, una a las seis de la mañana y otra a las cinco de la tarde, pero, para evitar las falsas ilusiones, advierte: “No soy oriental. Mis actos rituales no provienen de los Maestros; más bien se asemejan a una costumbre carcelaria, sostenida a lo largo de los años”. No estamos aquí ante un gurú, ni ante un chamán, sino ante un reo feliz de su propio pensamiento.

El amor no sirve más que para atenuar el miedo, lo que sirve de verdad, dice Ceronetti, es la confianza, y propone a Chaplin como arquetipo (The Kid, 1921), al vagabundo que es amado por Edna y por el niño porque “pese a todo lo harapiento y débil que sea, (el vagabundo) es capaz de producir el gran milagro de la confianza en los seres temerosos”. Y añade: “Pocos son los que logran despertar verdadera confianza, lo que hace que sean pocos también los amados”.

Lo más emocionante es ser amado por confianza, dice Ceronetti. Es probable que desde ese privilegio se integre uno mejor al engranaje: la mujer ama al hombre porque confía en él, y él, al ser amado por ella, es aceptado por el cosmos.

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