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Martes , 17.07.2018 / 12:25 Hoy

Melancolía de la Resistencia

De ostras y pollos clorados

Jordi Soler

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Estos días en Europa se mira con aprehensión la figura del pollo clorado. Esta vianda, que hoy se ha convertido en una verdadera metáfora, es vista como el principio del derrumbe de ese gran espacio civilizado que es la Unión Europea. Civilizado hasta ciertos límites, porque basta ver como los países de este continente tratan a los inmigrantes que llegan en cayucos a sus playas para darnos cuenta de que hasta la civilización es selectiva. ¿Cómo puede preocupar más un pollo clorado que los miles de emigrantes africanos que se han ahogado en el mar Mediterráneo, en su intento por alcanzar las costas europeas? Este pollo es hoy la metáfora de la americanización de Europa, es la parte visible del controvertido Tratado Transatlántico sobre Comercio e Inversión (TTIP, por su sigla en inglés) que a mi me recuerda al famoso, y también controvertido, NAFTA, no tanto por las obvias coincidencias (los dos son convenios que tienen como socio a Estados Unidos) sino por el violento rechazo que genera en la población. Cuando escribo la americanización de Europa, me refiero a la injerencia excesiva de Estados Unidos en el continente, y lo escribo así, consciente de la incorrección y con el ánimo de evitar el ridículo que supondría escribir la estadosunidización. Dentro de los puntos específicos que se discuten en las reuniones, muy secretas y tremendamente opacas, que se celebran en Bruselas estos días, para intentar armonizar los dos mercados, el europeo y el estadunidense, está el de los pollos que en Estados Unidos, un país más práctico y más dado a regirse por el costo y el beneficio de los productos, reciben un baño de cloro en alguna parte del proceso que va del desplume a la venta de la carne en el supermercado. Los pollos clorados circulan desde hace décadas en Estados Unidos y ese baño no produce, que se sepa, daños en el organismo humano. Pero en el momento de armonizar los pollos de uno y otro lado del Atlántico surgió el tema del maldito baño. En Europa se cuida mucho el proceso de los alimentos, los productos transgénicos, que en Estados Unidos abundan, se condenan sin paliativos y, por ejemplo, las gallinas tienen, como en muchos otros lugares del mundo, un estricto protocolo que las sitúa según las condiciones físicas y ambientales en las que se han criado. Hay gallinas y pollos de granja o de corral, y los hay criados en libertad, o sea correteando por el campo, pero también en libertad con mimos, con palabras dulces y hasta con música de Mozart, porque se argumenta que la felicidad, el goce estético que les produce la música del maestro de Salzburgo, redunda en el sabor de la carne del pollo y en la calidad de los huevos que ponen las gallinas. Aquí ya se puede comprender que en un continente que trata, o eso se dice, de esta forma a sus animales, la noticia de la probable llegada de los pollos clorados ha desatado el rechazo frontal de la ciudadanía al TTIP, y el pánico a las pechugas que habrá en unos años en los supermercados europeos, si es que el tratado se llega a firmar.

Lo que más impresiona de este caso no es tanto el baño de cloro que se le da a los pollos, sino la reacción que provoca un dato que, de no ser por las negociaciones del TTIP, nadie hubiera conocido. Sin ánimo de sembrar la discordia, o el pánico, ¿los pollos que se comen en México son clorados? Junto a la noticia de los pollos salió también la de la higiene de las ostras, que tuvo menor impacto por tratarse de un producto menos popular. En Estados Unidos que, como decía más arriba, es un país muy práctico, se supervisa la higiene de las ostras por medio de los análisis que se practican al agua en la que viven, en cambio en Europa, un continente más dado a la ceremonia, el análisis es personalizado y se aplica a cada ostra. Los europeos se niegan en redondo a envenenarse con esos pollos y a contaminarse con esas ostras, y el tema se trata con rigor y seriedad en periódicos y noticiarios, seguramente porque los pollos y las ostras son la parte inteligible de ese tratado que esconde peligros mucho más importantes que, por el secretismo que lo rodea, nadie sabe todavía calcular. Frente al TTIP, como pasaba con el NAFTA, hay los que sostienen que sin ese tratado Europa quedará condenada a la irrelevancia, estrangulada entre los mercados orientales y el de Estados Unidos; y en el otro extremo están los que ven en el TTIP la irrupción del capitalismo rampante que acabará con lo que queda de Europa. Y mientras tanto la gente espera con terror la llegada de las ostras y de los pollos clorados.

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