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Viernes , 20.07.2018 / 08:31 Hoy

Melancolía de la Resistencia

De Céfiros y "masiosares"

Jordi Soler

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No sé a ustedes pero a mí, cuando era un niño sin criterio, me contaban que el Himno Nacional más hermoso del mundo, después La Marsellesa, era el mexicano. En realidad nadie te lo tenía que contar, era un dato que, simplemente, se sabía.

Era la época en la que todos los niños nos sabíamos de memoria, porque lo cantábamos cada lunes, el Himno a la bandera.

Vamos a ver: “Se levanta en el mástil mi bandera”; un inicio en clave de albur que venía contrapesado por una línea eminentemente paisajística: “Como un sol entre céfiros y trinos”. ¿Qué carajos es un céfiro?, nos preguntábamos de niños y, como no había Google, el palabro se aplicaba sin más referente que la inspiración de cada quien: “no te pongas céfiro”, “déjate el céfiro” o, el más misterioso, “me pica el céfiro”. Después de la rocambolesca línea paisajística, se cerraba el círculo alburero que se había abierto al principio; la imagen: “se levanta en el mástil”, encontraba su razón de ser, su complemento y hasta su reposo, en la siguiente línea: “Muy adentro en el templo de mi veneración”. ¿Dónde queda ese templo?, nos preguntábamos de niños, y yo me lo sigo preguntando todavía hoy, cuarenta años después.

Pero estábamos en que en esa época del Himno a la bandera, que técnicamente se llama, para rizar el rizo del albur, “Toque de bandera”, nos contaban que nuestro Himno Nacional, donde masiosare viene a ser como el primo de Céfiro, era el segundo más hermoso del mundo después del himno francés. Por supuesto que suscribo el famoso adagio, de gustibus non est disputandum, sobre gustos no se disputa, o en gustos se rompen géneros, y que respeto a quién nuestro himno le parezca el no va más; lo único que pretendo es compartir una experiencia que podría ser, como lo fue para mí, reveladora.

Cada vez que voy a un país latinoamericano, abulto la encuesta, puramente deportiva, que comencé hace años, quizá para reparar la herida estética que me dejó aquella historia de la belleza planetaria de nuestro himno. El nuestro era el segundo en el ranking mundial, lo sabíamos todos, pero era difícil explicar, o siquiera percibir, en qué zona de la obra se escondía tanta belleza. La encuesta deportiva que he ido levantando durante años, un festival literario tras otro, en medio de cenas de postín o de sórdidas tabernas donde se arremolina un penetrante olor a pipí, va a romperle el corazón a todos esos compatriotas que siguen creyendo que nuestro Himno Nacional es el segundo más hermoso en la escala mundial.

Cuando fui a Colombia pregunté: ¿no les decían a ustedes, cuando eran niños, que el himno nacional colombiano era el más hermoso del mundo después de La Marsellesa? ¿Cómo lo sabes?, preguntó muy mosqueado uno de mis colegas colombianos. Porque lo mismo me contaban a mí del mexicano, respondí.

Lo mismo he ido haciendo en Chile, en Bolivia, en Ecuador, en Nicaragua y en un montón de países latinoamericanos, y el resultado es el mismo: en Bolivia el segundo himno más bonito del mundo, después de La Marsellesa (claro), es el boliviano y en Chile el chileno. Se trata pues de una compulsión continental que saca a flote varios elementos interesantes: en primer lugar revela nuestro afrancesamiento; puestos a ser arbitrarios porque no elegimos, en lugar de la escandalosa Marsellesa, el himno alemán cuya, esa sí, hermosa música, es el Kaiserlied, que compuso Joseph Haydn. La respuesta parece clara: decir que el himno mexicano es el más bonito del mundo después del Das Deutschlandlied, sería, por contraste, inverosímil, queda mejor La Marsellesa porque es también del género de los himnos para marchar con paso firme en pos del enemigo, real o hipotético, da lo mismo, lo importante es la marcha.

Esta mentira de calado continental revela, por otra parte, nuestro complejo de inferioridad frente a las potencias mundiales: si ya íbamos difundir la exageración de la belleza de nuestro himno entre las sucesivas poblaciones infantiles, ¿por qué no se optó, de una vez por todas y como hacen los países de autoestima elevada, por decir que nuestro himno es el más hermoso del mundo? ¿Por qué, si pudimos quedar en primer lugar, preferimos ser el segundo, por debajo de los franceses?

Casi es preferible no seguir hurgando, baste con dejar establecido que, según esa encuesta que me he puesto a levantar entre nuestros hermanos latinoamericanos, el dato sobre el ranking que ocupa nuestro himno es verdaderamente dudoso.

Tampoco es verdad, dicho sea de paso, que la Gran Muralla china y la avenida de los Insurgentes de la Ciudad de México son las únicas construcciones humanas que pueden percibirse a simple vista desde la Luna.

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