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Melancolía de la Resistencia

Cervantes, Shakespeare y un vaso de vino

Jordi Soler

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Miguel de Cervantes comenzó a escribir el Quijote en la cárcel de Sevilla, según han concluido los cervantistas. Aquella era una cárcel infecta, como lo eran todas a principios del siglo XVII en España, un sitio en el que debe de haber sido difícil concentrarse para empezar a escribir la novela canónica de nuestra lengua. Pero Cervantes estaba acostumbrado a escribir en lugares incómodos, toda su obra anterior está escrita en calabozos, campos de batalla, barcos, y al compás de toda clase de aventuras familiares, sexuales, económicas, y la escritura de su obra capital no fue la excepción, la empezó en la cárcel de Sevilla y la siguió escribiendo en diversas habitaciones en Madrid, Toledo y Esquivias, hasta que finalmente recaló en Valladolid, donde fue escrita la parte sustancial de su gran novela. La casa de Valladolid estaba en la periferia, en una zona donde se expandía una operación inmobiliaria con la que se pretendía ofrecer viviendas a la turba que sobre poblaba la ciudad; estaba a orillas del río Pisuerga, que en esa época era un torrente turbio y fétido, y enfrente del rastro municipal, otro foco de inmunda fetidez. Ahí se instaló el escritor con su familia, en un piso que estaba encima de una escandalosa taberna, y en el piso de arriba de la misma casa vivía otra tribu de conocidos suyos; había 13 pequeños cuartos en total que se iban comunicando unos con otros, y vivían ahí dentro 20 personas en la época en que Cervantes terminaba el Quijote.

En un ensayo sobre esta novela capital la filósofa María Zambrano escribe esta idea maliciosa, aunque muy ilustrativa: “Ni la filosofía ni el Estado están basados en el fracaso humano como lo está la novela. Por eso tenía que ser la novela para los españoles lo que la filosofía para Europa”. Lo cierto es que en el Quijote estamos diseccionados todos los habitantes del mundo hispano; cada vez que me acerco a la novela de Cervantes me encuentro con un espejo de nuestra realidad; por ejemplo, ayer leí esta parrafada de don Quijote, que le queda a más de uno de nuestros gobernantes en el siglo XXI: “Por muchas experiencias sabemos que no es menester ni mucha habilidad ni muchas letras para ser uno gobernador, pues hay por ahí ciento que apenas saben leer, y gobiernan como gerifaltes”.

Cuando Cervantes publicó el Quijote ya era un hombre viejo, era un escritor bastante conocido del que ya nadie esperaba una gran obra; a los ojos de sus lectores, y sobre todo para sus detractores, era un autor acabado. Avellaneda le dedica esta línea amarga en el prólogo de su Quijote apócrifo: “Conténtese con su Galatea y comedias en prosa, que eso son las más de sus novelas; no nos canse”. Como puede verse la proverbial envidia del mundo hispano, y el resentimiento, vienen de lejos. En el mundo hispano está incluido México, claro.

El Quijote se publicó en el año 1605 y tuvo un éxito inmediato y fulgurante y, en lo que Cervantes gestionaba los permisos para imprimir la obra en todos los reinos de España, Portugal y los Países Bajos, y no solo en Castilla donde se agotó esa primera edición (de alrededor de 2000 ejemplares), los piratas se le adelantaron con ediciones en Valencia, Lisboa y Aragón. Como puede verse la piratería de las obras artísticas, igual que la envidia y el resentimiento, viene de lejos, y en aquella época esta deshonesta actividad tenía la particularidad de ser contemporánea de la verdadera piratería, esa que practicaban los piratas con sus barcos en altamar. Un buen número de ejemplares del Quijote, de la primera edición que circulaba solo en Castilla, llegaron en ese año a México y a Perú.

Los personajes de la novela de Cervantes gozaron de una fama instantánea, la gente, según consta en las crónicas periodísticas de la época, empezó a apodar “Quijote” y “Sancho” a los vecinos que tenían sus características físicas. La fama de Cervantes y el prestigio de su libro trascendieron rápidamente las fronteras del reino de Castilla; William Shakespeare montó una obra de teatro con uno de los episodios de El Quijote y Cervantes era lector, o cuando menos estaba al tanto de su importancia, del escritor inglés.

En 1601, cuatro años antes de la publicación del Quijote, el reino de Castilla trasladó su corte a Valladolid; esta ciudad se convirtió en el centro de poder y hasta ahí se trasladaron los que no querían, o no podían, sobrevivir lejos de la autoridad; el mismo Cervantes se trasladó ahí con toda su familia, a esa casa tumultuosa de la que hablábamos hace unas líneas. En esa época España e Inglaterra negociaban la paz en una reunión, que hoy llamaríamos cumbre internacional, y ahí al Condestable de Castilla, que fungía como el embajador de la misión, le fue asignado un gentilhombre de cámara que era, ni más ni menos, William Shakespeare. La siguiente cumbre tuvo lugar en Valladolid, la ciudad en la que vivía entonces Miguel de Cervantes, ahí llegaron los funcionarios ingleses a continuar las conversaciones y entre ellos iba Shakespeare. No existen pruebas pero es altamente probable que los dos escritores más importantes de la época hayan coincidido en la ciudad, alguien tuvo que presentarlos, en algún momento, que nadie ha podido documentar, esos dos escritores geniales tuvieron que compartir un vaso de vino, y quizá intercambiar alguna confidencia.

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