• Regístrate
Estás leyendo: Castaneda de verano
Comparte esta noticia
Martes , 23.10.2018 / 20:17 Hoy

Melancolía de la Resistencia

Castaneda de verano

Jordi Soler

Publicidad
Publicidad

La imaginación es la más científica de nuestras facultades porque solo ella es capaz de comprender la analogía universal”; escribió el poeta Baudelaire, a propósito del divorcio de nuestra especie con la naturaleza, un divorcio suicida que nos va expulsando poco a poco del único reino que tenemos.

En una relectura intempestiva que acabo de hacer, para paliar la inercia boba del verano, de la tetralogía de Carlos Castaneda, he redescubierto una munición que había olvidado. Las enseñanzas de don Juan, su primer libro es, en realidad, una investigación antropológica que fue publicada, originalmente, por la Universidad de California, en 1968.

Más allá de las drogas y de las sabrosas, y profusas, alucinaciones que nos cuenta Castaneda, hay en estos libros una genuina búsqueda, muy en la frecuencia de la sabiduría oriental, de ese otro mundo, que está en este mundo, y que somos incapaces de percibir. Lo que hace don Juan con Castaneda es devolverle la vista, enseñarlo a ver, orillarlo a desaprender la forma en que la sociedad nos enseña a mirar el mundo.

“El mundo inmediato era solo una descripción que se me había inculcado desde el momento en que nací”, escribe Castaneda y añade: “el niño es capaz de percibir el mundo según se lo describen”.

El mundo es, según nos instruye don Juan, lo que desde tiempos inmemoriales nuestra especie ha querido que sea; “mi perspectiva del mundo”, nos dice, “no puede ser definitiva porque solo es una interpretación”, y después propone esta idea: “un coyote sabe mucho más que nosotros. A un coyote casi nunca lo engaña la apariencia del mundo”.

Esto me lleva a la forma en que mi perro, que es primo de los coyotes, sube la montaña y se desplaza por el bosque, peinando en círculos todo el territorio, atacándolo de una manera orgánica y espontánea porque nadie le ha culturizado la mirada, nadie le ha enseñado a mi perro lo que debe ver, ni le han revelado, como nos han hecho a nosotros desde niños, que pertenece a una especie superior que está por encima de la naturaleza, que la transforma, la manipula, la explota, y por tanto no puede integrarse a ella.

“Tú solamente miras la superficie de las cosas”, le increpa don Juan a Castaneda, y le hace ver el punto desde donde irradia esa miopía: “piensas demasiado en ti mismo (….) y eso te produce una fatiga extraña que te hace cerrarte al mundo que te rodea y agarrarte de tus razones”.

El viaje a la otra realidad comienza cuando nos liberamos de esos pensamientos y esas razones; cuando, para usar la terminología del brujo yaqui, se para el diálogo interno, esa palabrería continua que tenemos en la cabeza y que no se detiene nunca; la otra realidad no puede entrar en una cabeza que está llena de palabras, necesita el vacío para manifestarse. ¿Cómo se logra esto?, cada quién sabrá cómo consigue ese vacío, de acuerdo a sus medios, sus aptitudes, sus apetencias.

Un alumno de Castaneda que conocí una vez, me dijo que el diálogo interno se detiene después de contar un buen rato, en números nones, hacia atrás; llega un momento, me dijo, en que se hace el vacío, y cuando nos despedimos sacó de su morral un CD de Abdullah Ibrahim (Children of Africa, 1976) y me lo regaló. Con la técnica de los números nones no conseguí ningún resultado, pero escuchando con una atención devota el disco del jazzista sudafricano, conseguí abrir un fastuoso vacío. Aquel hombre sabía lo que hacía, me dio una técnica y, por si no funcionaba, un instrumento.

La música suele abrir las puertas de la percepción, tiene poderes mesméricos, por ahí se eleva el coro gregoriano, se expande la danza energética de los derviches giróvagos y se provoca a la lluvia en el desierto de Mojave.

Yo creo que basta caminar con la suficiente concentración en la realidad que nos rodea, sin matizarla con la interpretación; observar cada detalle, percibir atentamente los sonidos y, según recomendaba don Juan, distinguir “los agujeros” que hay entre ellos y, al cabo de un rato, se produce un vacío por el que puede colarse, presentirse o imaginarse, la otra realidad.

En el libro Una realidad aparte, don Juan le explica a Castaneda que las personas, cuando uno logra ver lo que hay del otro lado, son como fibras de luz: “fibras, como telarañas blancas. Hebras muy finas que circulan de la cabeza al ombligo”. Y luego coincide con la analogía universal de Baudelaire: “Además, cada hombre está en contacto con todo lo que lo rodea, pero no a través de sus manos, sino a través de un montón de fibras largas que salen del centro de su abdomen (….) un hombre es un huevo luminoso ya sea un limosnero o un rey”.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.