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Caminar como Gabriel Orozco

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Nietzsche distinguía los pensamientos que se tienen en estado de reposo, de los que elaboramos durante una caminata. A estos últimos los llamaba “pensamientos caminados”. Hay una larga estirpe de practicantes del pensamiento caminado, Beckett y Giacometti atravesaban juntos París, andando de un lado a otro, en un silencio hermético, cada uno elaborando sus propios pensamientos. Robert Walser concebía sus historias mientras caminaba y Gerard de Nerval, el gran flâneur, empezaba a caminar en un país y terminaba en otro.

Ernst Jünger, otro practicante del pensamiento caminado, escribió en su diario, el 10 de febrero de 1992, cuando tenía noventa y siete años: “Ni un solo día sin un paseo de al menos una hora, o mejor aún: de dos”. Jünger, además de pensar caminando, era un recolector de las imágenes y las situaciones que se encontraba en sus caminatas: “Observar es trabajo, es creación en elevada potencia”, escribe en su diario en esa misma época.

En ese mismo año, 1992, supongo que por obra de la casualidad, el artista plástico Gabriel Orozco escribe en su diario: “Caminar es habitar el silencio entre una casa y otra”. Más adelante ilustra la dimensión de ese silencio que está entre las dos casas, que bien podrían ser dos árboles o dos montañas: “Algunas veces, cuando camino, puedo sentir un vacío a mis espaldas. El espacio que voy dejando. La estela de brisa y el triángulo que forman los bordes de mis costados al moverse y el punto atrás de mi espalda donde aún las dos brisas no se han tocado”.

Además de sentir el vacío a sus espaldas que deja cuando camina, Orozco también es practicante, según se colige de la lectura de sus diarios, del pensar caminando: “Solvitur ambulando (resolver caminando). Pensar caminando: la sangre irriga mejor el cerebro”. Robert Walser concebía sus historias caminando de una montaña a otra, la mejor irrigación cerebral ponía en movimiento a sus personajes; sus historias no salían propiamente de lo que veía, sino de la puesta en marcha de su mundo interior que se activaba caminando. En cambio Orozco recopila piezas en sus caminatas, guiado siempre por una curiosa idea suya: “La casualidad y la naturaleza siempre han tenido mejor gusto que el hombre”. Con esta idea camina preparado para observar esas formaciones espontáneas que crecen en las ciudades y en las que nadie suele reparar. Sus caminatas son una suerte de safari fotográfico pero, en lugar de fotografiar al elefante o al tigre de Bengala, fotografía la grieta o la mancha del suelo que acaban de pisar. “En Nueva York los suelos, las formaciones en el pavimento han sido lo que más ha llamado la atención. Todas esas manchas o incrustaciones de basura en el pavimento se me han revelado como todo un universo”.

Voy sacando estas ideas del libro Materia escrita (Ediciones Era, 2014), que son los cuadernos de trabajo, en forma de Diario, de Gabriel Orozco, entre los años 1992 y 2012. Se trata de un ejercicio insólito, hasta donde alcanzo a ver, en el mundo del arte mexicano, seguramente porque es la escritura de un artista plástico igualmente insólito; su lúcida desfachatez recuerda, en ciertos pasajes, a las Notas de Marcel Duchamp, a quien por cierto homenajea cuando diserta sobre el inframince. “Infradelgado”, escribe Orozco, “invisible espacio entre dos vientres sudorosos”.

Pero volvamos a sus ideas sobre caminar, que resurgen cuando critica duramente a la fotografía: “La fotografía no es un arte. Es un arte caminar y saber lo que sucede. Vemos lo que sucede, no las fotos”, y más adelante escribe: “Caminar y observar: la fotografía es solo el registro de ese arte, el arte de la presencia”. Esas formas que Orozco va observando en sus caminatas, esos desplazamientos en los que va viendo aquello en lo que nadie se fija, son la materia que después traslada, o traduce, o sublima en sus obras: “Podríamos meter una tortuga en el museo. Una piedra, una bola, una pelota, una naranja. Lo más ‘normal’ es lo más inquietante”.

Hay que hacer el ejercicio de salir a caminar como Gabriel Orozco, plantearnos un microviaje cotidiano atendiendo las grietas, las manchas, el reflejo de los charcos que nadie atiende. Hay que salir a caminar habitando el silencio entre una casa y otra, entre un árbol y el poste donde está el transformador de la luz, hay que poner en práctica el arte de la presencia, percibiendo con todo detalle la estela de brisa y el triángulo que forman los bordes de nuestros costados y, sobre todo, convencidos de que lo más normal termina siendo lo más inquietante.

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