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Sábado , 15.12.2018 / 13:21 Hoy

Melancolía de la Resistencia

Barcelona

Jordi Soler

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¿Qué tiene en la cabeza un hombre que embiste con su camioneta a una multitud que camina pacíficamente?, ¿qué lo impulsa a recorrer medio kilómetro atropellando personas inocentes? ¿el rencor?, ¿el resentimiento contra el mundo occidental? ¿Es Dios lo que tiene ese hombre en la cabeza?

Dios, dicen los que saben, es bueno pero, si nos asomamos al antiguo testamento, a la Torá, también es cruel, y un vistazo al Corán nos enseña que Dios tiene además una faceta rijosa, combativa, desde la que recomienda hacer la yihad.

Pero una cosa es la literatura islámica y otra ese energúmeno que se monta en su camioneta para atropellar gente inocente. ¿Y a este individuo, de verdad, lo patrocina Dios? Yo lo dudo, no creo en Dios pero si existiera, me parece, no podría estar del lado de los energúmenos.

Un atentado terrorista llenó hace unos días de estupor, de desasosiego, de un espeso silencio a esta ciudad desde donde escribo estas líneas, Barcelona, la ciudad donde nació mi madre y de donde son mis hijos, la ciudad que abandonó mi familia después de la Guerra Civil y que yo me he empeñado en recuperar, vivo aquí desde hace quince años y, aunque nací en Veracruz, me siento también de aquí, tengo dos grandes amores geográficos, la Ciudad de México y Barcelona, las dos son los grandes amores de mi vida, una es caótica, salvaje, apasionante, y la otra es tranquila, modesta y hermosa, quizá por eso me ha impresionado tanto el atentado terrorista: por que ha hecho volar en pedazos esa belleza idílica; Barcelona es hoy una guapa con una cicatriz que le cruza la cara, y es probable que esa cicatriz la vuelva todavía más guapa. No hay nada más atractivo que la belleza que logra imponerse a una cicatriz.

Una camioneta se subió a La Rambla, la calle peatonal más transitada de Europa, y atropelló a un montón de personas inocentes, puso en práctica ese matar barato que ha inventado el yihadismo, matar atropellando, lo cual añade vulgaridad y estupidez al acto bárbaro de matar. ¿Qué puede ser peor que matar atropellando?, ¿matar a palos?, ¿a pedradas?, ¿a patadas? No es momento, desde luego, de teorizar sobre la dimensión estética del asesinato, del asesinato masivo, del asesinato rastrero que de ninguna manera, me parece a mí que no creo en él, pudo haber ordenado Dios.

Por La Rambla caminan 100 millones de personas al año, es la calle que comunica a la ciudad con el mar Mediterráneo, por ahí, de manera simbólica a estas alturas del siglo XXI, se entra y se sale de la ciudad y un atentado ahí, en pleno verano, en la arteria más poblada del continente, tiene una lectura inequívoca: el islamismo radical está en guerra con Europa. Y cuando escribo “arteria” me refiero, desde luego, a una de las vías que le dan vida al corazón.

Barcelona es una de las ciudades europeas con más movimiento yihadista, la policía y los servicios de inteligencia desactivan permanentemente células preparadas para cometer atentados, para poner bombas, para subirse al volante de una camioneta y convertirse en el insensato que dictamina la muerte en nombre de Dios. ¿Y Dios estará al tanto de lo que están haciendo estos insensatos?

El FBI había alertado a la policía autonómica catalana de un atentado inminente, que fue precisamente el de hace unos días, aunque el proyecto original, que afortunadamente se malogró, incluía una carga de explosivos en la camioneta que embistió personas inocentes en La Rambla.

Cuento brevemente una anécdota circular y oscura: hace casi exactamente treinta años, en junio de 1987, la banda de terrorismo doméstico ETA perpetró un sangriento atentado en un supermercado de Barcelona. El atentado del jueves cierra un círculo diabólico: el asesinato masivo se ha globalizado, en treinta años hemos pasado de los matones locales a los asesinos de franquicia internacional.

La camioneta terrorista recorrió quinientos metros y después de embestir a más de cien personas se detuvo exactamente encima del mosaico que hizo Joan Miró en el suelo de La Rambla. Me da por pensar que eso quiere decir algo, quiere decir que al final la civilización, encarnada en este caso por el mosaico de Miró, detiene, desactiva, anula a la barbarie. Anula esa barbarie que Dios no debería patrocinar.

El jueves, después del atentado, la policía nos envió a todos a casa y cerró todos los accesos a la ciudad, no había forma de entrar ni de salir, Barcelona se convirtió en una isla, en un punto oscuro, en un angustioso vacío cuyo contorno tenía la forma de una lágrima.

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