• Regístrate
Estás leyendo: Bacterias lingüísticas
Comparte esta noticia
Miércoles , 12.12.2018 / 22:41 Hoy

Melancolía de la Resistencia

Bacterias lingüísticas

Jordi Soler

Publicidad
Publicidad

En el siglo XXI la batalla de los antibióticos contra las bacterias tiene un curioso, o más bien sintomático, equivalente: la guerra que sostiene la corrección política contra las palabras, las ideas, los conceptos de uso común que ya empiezan a considerarse dañinos, como las bacterias, para la sociedad.

Tanto los antibióticos como la corrección política, empiezan a erradicar de tal forma lo malo, que ya han desnaturalizado el cuerpo que habitamos y la lengua que hablamos.

Es verdad que la batalla de los antibióticos va por delante, pues su esfuerzo por erradicar todo lo malo ha sido tan efectivo que ha exterminado también las bacterias y los gérmenes buenos que sirven, por ejemplo, para sostener nuestro sistema inmunológico, o para ayudar al proceso de la digestión de los alimentos.

Pero más allá de la bacterias buenas o malas, centrémonos en esa tendencia hacia lo aséptico, tan característica de este siglo.

Un escalofriante artículo del New York Times (Save the germs, de Sarah Schenck, del 18 de noviembre del 2018) nos informa sobre la iniciativa de un grupo de científicos, de varias universidades de Estados Unidos, que busca contener la excesiva purificación del cuerpo que han conseguido los antibióticos, después de décadas de administrarse masivamente a los habitantes del mundo industrializado. Este proyecto consiste en crear una red de bancos, de almacenes con ciertas condiciones de temperatura y humedad, de bacterias y gérmenes, para que las personas con el organismo excesivamente blanqueado por los antibióticos, puedan administrarse los elementos dañinos que son el contrapeso imprescindible para la salud del cuerpo. El caso se parece al de aquel resort de Hawái que, para mayor confort de su clientela, eliminó a los molestos insectos y tiempo después la vegetación, que era el encanto del resort, comenzó a colapsarse sin los servicios que prestan a la flora los bichos y, entonces la gerencia, asesorada por un biólogo, tuvo que importar hormigas, lombrices, abejas, mosquitos, para restituir el equilibrio que había perdido la naturaleza al ser purificada por el insecticida.

El asunto de los antibióticos tiene una dimensión moral: la pureza no solo no es deseable, además es dañina para el cuerpo; sin la parte mala, solo con la buena, no podríamos sobrevivir como especie, o dicho de otra forma: lo bueno solo termina siendo malo.

Esta perniciosa aspiración a la pureza, tan en línea con las pulsiones saludables del siglo XXI en Occidente, se parece a la asepsia que empieza a imponer la corrección política en el idioma que, igual que los antibióticos, va extirpando de la lengua las bacterias y los gérmenes y, sin ese contrapeso imprescindible, llegará el día en que no podamos expresar lo que queremos decir. Poco a poco la corrección política va expulsando gérmenes y bacterias del corpus lingüístico; en muchas zonas de Estados Unidos, por ejemplo, y porque la iniciativa de los bancos de microbios viene de allá, un recién conocido no te pregunta por tu novia, ni por tu esposa, ni por tu pareja (tres palabras erradicadas del cuerpo lingüístico); con tal de no ofenderte, en ese afán antibiótico por erradicar lo malo, te pregunta por tu significant other; los enanos, son personas bajitas; los homosexuales, miembros del colectivo LGBTIQ; los negros, afroamericanos, y un largo etcétera. Esto, como digo, sucede en Estados Unidos, pero aquí ya pasa también; para evitar la incorrección de escribir amigos o compañeros cuando el texto lo leerán también mujeres, se opta por el delirante “amiguis” o el impronunciable “compañerxs”.

Para ir conformando esa red de bancos microbianos, ese grupo de científicos ya trabaja en zonas como Tanzania, con un pueblo de cazadores-recolectores, o Perú, con el pueblo Mayoruna, pues los dos han llegado al siglo XXI con su paquete de bacterias intacto. Los científicos recolectan muestras de piel, boca, vagina y nariz para almacenarlas en los bancos.

Por lo pronto habría que ir pensando en la paradoja de que la humanidad sea salvada, no por el último adelanto de la ciencia, sino por los modestos miembros de dos pueblos perdidos que han estado siempre ahí.

Al desastre de los antibióticos se suman otras variables del mundo industrializado, que también tienen que ver con esa aspiración a la pureza que hoy distingue a nuestra especie; ya solo bebemos agua, sin gérmenes, de botella; comemos un montón de alimentos procesados, sin bacterias, y una de las claves del desastre: las madres tienen a sus hijos por cesárea y escatiman el pecho a sus criaturas, lo cual deja al niño sin las bacterias buenas de la leche materna, y sin la oportunidad de hacer el trayecto hacia el exterior por el canal vaginal, cuya flora lo embadurna para que salga al mundo vacunado con las defensas de la madre.

Las madres no solo dan la vida, también ayudan a preservarla gracias a su imprescindible arsenal bacteriano; por esto aquellos científicos recolectan bacterias vaginales de las mujeres que todavía no han roto la cadena co-evolutiva, que hay entre ellas y las bacterias desde hace 200 mil años.

Quizá tendríamos que ir pensando en montar un banco de bacterias lingüísticas, donde se conserven palabras perniciosas como enano, gordo, viejo, loco, para sacarlas el día en que la lengua, de tanta asepsia, se empiece a desintegrar.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.