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Domingo , 21.10.2018 / 14:16 Hoy

Empatía Popular

Tamalitos para el cocodrilo “Juancho”

Joaquín López

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El mirador de cocodrilos en Tampico, sitio de visita obligada para los turistas en esta temporada vacacional, aunque todo el año está disponible, es en esta Semana Santa donde, como cada año, brota la curiosidad de aquellas personas foráneas que se preguntan: ¿cómo es que se ha vuelto tan normal la convivencia entre personas y cocodrilos en el sur de Tamaulipas?

Chicos y grandes van llegando a este peculiar rincón de la ciudad, enclavado en la Laguna del Carpintero, bajan de sus vehículos con placas de Nuevo León, San Luis Potosí, Morelos y unos más de Jalisco.

Una vendedora aprovecha para ofrecer recuerdos de “Juancho”, nombre del popular cocodrilo de la laguna, aunque en realidad la gente llama así a todos los saurios que ahí habitan.

Presurosos, los turistas se acercan a la reja protectora que divide el mirador de la orilla, donde en ese momento se encontraban tres cocodrilos, uno de gran tamaño, otro mediano y uno con las características de una cría, la cual se mantenía a la distancia de los otros más grandes, pues entre ellos hay jerarquías para poder comer, o sino ser comido.

“¿Y no tienen miedo que se salgan los cocodrilos y se coman a alguien?”, dice una de las visitantes asombrada del tamaño de los animales, a lo que una persona sentada en una banca, seguramente de la localidad, le responde: “No ha pasado eso, pero cuando llueve mucho sí se salen de la laguna y andan caminando aquí en la avenida o en las calles de aquella colonia”, dice mientras la paseante se queda por unos segundos con la boca abierta.

No lo pueden creer, no tienen una idea clara de cómo es que se ha logrado tal convivencia entre los tampiqueños y los reptiles que habitan este cuerpo de agua y que con los años han crecido en población, aunque hasta la fecha no ha habido un censo total de los cocodrilos, pese a que han llegado en diversas ocasiones biólogos y expertos a realizar estudios.

Antes de partir del mirador, un niño le pide a su madre que haga que el cocodrilo se mueva, por lo que saca de su bolsa un tamal que llevaba guardado, lo partió y aventó directo al agua, mientras la otra mitad la dejaba cerca del hocico del más grande, quien ni tardo ni perezoso tomó entre sus mandíbulas y engulló.

El niño gritó de emoción, se tomaron la foto del recuerdo y emprendieron camino.

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