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Martes , 16.10.2018 / 14:34 Hoy

Desde la raíz

De las ruinas del oriente perdido

Jesús Guerrero Valdez

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María Luisa es una mujer joven y bajita. Madre soltera, originaria de Naranjos, Veracruz, empleada de un centro comercial donde apenas gana para vivir. Habita esas ruinas en lo que hoy se ha convertido el oriente de la ciudad.

Renta un departamento donde todavía hace unos 15 años latía el corazón de la urbe con personas llegadas de todos los puntos de la región en busca de un mejor futuro para sus hijos y su familia. Las cosas han cambiado mucho desde aquellos tiempos. Tampico no es el mismo. Nada es lo mismo. Es parte de esa mutación que hiere a México y al mundo.

Edificios como El Tota, El Llaca o el de la familia Malibrán y tantos otros, estaban ocupados, hasta saturados, de la llamada gente que venía “de fueras” y Luisa, ahora es una de las pocas personas empecinadas en que su hijos estudien aquí a pesar de la inseguridad -la mayoría actualmente, optan porque mandarlos a Monterrey, Querétaro, Saltillo o hasta Puebla-, una carrera universitaria.

“¿En qué creemos para tener todavía este ciego instinto de poner a salvo algo?”, dice a Alessandro Baricco y vuelvo a leer su ensayo sobre la mutación de nuestro entorno y la preeminencia de Los Barbaros, quizá sea su escrito el anuncio de lo inevitable.

Julián, hijo sencillo, carga en sus libretas, en sus gastados uniforme y zapatos, la ilusión. Estudia por las tardes en un Centro de Bachillerato Tecnológico Industrial y de Servicios, viaja 45 minutos en camión para llegar a la escuela y otros 45 para volver a su casa; camina unos quinientos metros para alcanzarse a guarecerse de los malos, detrás de desconchadas cuatro paredes, que nadie quiere habitar. Lo han asaltado varias veces por el mismo rumbo; le han arrebatado sus pocas posesiones y el poco dinero de sus pasajes.

Cuesta reconocerlo, administraciones van y vienen, más el primer cuadro de la ciudad no ha podido ser arrebatado a la inseguridad y mucho menos, el segundo.

Para Julián, ayer fue el colmo. Caminaba a tomar su autobús a pleno día, un sujeto se le acercó para amedrentarlo, no hubo policías a pie y ni de acercamiento ciudadano. Ni que decir, ésta zona es territorio de nadie, donde las autoridades se hacen de la vista gorda. La ironía es que éste lugar forma parte del anhelado proyecto turístico de un Tampico que no termina de madurar y de dar pasitos, mientras otras ciudades continúan su franco desarrollo, y no paran de crecer.

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