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Domingo , 19.08.2018 / 17:05 Hoy

Desde la raíz

Cubrir nuestras ventanas rotas

Jesús Guerrero Valdez

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¿Recuerda aquellas construcciones que predominaban en las principales calles de la ciudad? Edificios magnificentes que hoy, en su gran mayoría, no existen, han sido suplantados por bodegas o están vacíos. Bueno, pues lo que queda de ellos, tiende a seguir un final similar; el de la destrucción. Los que se han salvado pertenecen a oficinas de gobierno o empresas “socialmente responsables”, librando el triste final, aunque pudieron algunos ser ‘mutilados’, para preservarse.

Edificios clausurados. Muchos usados como centros de almacenamiento otros intencionalmente abandonados para que se desmoronen o caígan en pedazos, participan de un escenario del olvido, lo que fue nuestro mayor patrimonio cultural. No exagero.

Lo digo no sin tristeza, pero, por lo menos están. Siguen de alguna manera, en pie, y en ese sentido la esperanza de que sean restaurados o rescatados, no ha muerto. Lo increíble es que otras entidades sí han logrado mayores resultados en concientizar a sus propietarios del valor histórico y la memoria viva que representan para el futuro y las nuevas generaciones. En aquellos casos la iniciativa de recuperación, ha surgido de los mismos jóvenes.

El estado de Sonora puede ser un ejemplo en este sentido, donde los propios jóvenes se decidieron a aplicar la teoría de las ventanas rotas, que sostiene que en medio de un entorno con altas tasas de criminalidad y vandalismo, se puede provocar un ambiente más sano. A través de las manifestaciones artísticas en las calles.

Ángel Hernández usa un overol oscuro, tiene cabello largo y una mirada profunda; cuando se le pregunta, qué intentaba desde hace años al lanzarse a espacios ruinosos y olvidados de la ciudad, señala: La escena, en estado de emergencia. En él, como en todos los jóvenes artistas o promotores culturales, se tiene la llave para cambiar el entorno.

Todos sabemos, ha sido gradual la desaparición o el corrimiento de las zonas comerciales del segundo al apretado primer cuadro de la ciudad. Parece paradójico que se hable de zonas turísticas, cuando los giros rojos predominan a pocos pasos del primer cuadro de la urbe.

En el caso de Hernández Arreola, su esfuerzo no es algo nuevo. Cumple varios años luchando por llevar un registro de las condiciones, ubicación, características y condición legal que conservan los predios en abandono – ya no de la ciudad- si no del país; de Latinoamérica e incluso aunque parezca una exageración: del mundo. Aquí poco ha logrado.

Quizá sería bueno que muchos más se sumaran a este tipo de acciones, en medio del embate de la delincuencia y del aumento de los hechos delictivos; el tomar las calles, antes que terminen solas.

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