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Sábado , 23.06.2018 / 01:56 Hoy

Columna de Jesús Gómez Fregoso

Los vándalos del 8 de julio

Jesús Gómez Fregoso

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El mes de julio de hace un siglo, 1914, fue de terror para Guadalajara. Lo que me contaron mis padres y lo que he leído son historias de angustia continua, de sobresalto, de azoro ante los norteños desbocados, llegados con Obregón y Diéguez el 8 de julio. Mi papá decía “fueron como los vándalos de Alarico, como los hunos de Atila”. Siempre me ha llamado la atención que, como me contaba mi mamá, los repiques de campanas molestaban a Obregón: lo que para los tapatíos era señal de alegría tenía otro sentido para el sonorense. Decididamente los norteños no entendían a los tapatíos.

Guadalajara nunca fue porfirista y la única visita del oaxaqueño a la Perla Tapatía fue en 1908; aunque Porfirio Díaz con frecuencia descansaba en Chapala y Tapalpa, pero casi sin pisar el suelo tapatío. La afrancesada capital de Jalisco nunca mostró especial afecto al presidente vitalicio, en cambio, hacia 1908 y 1909 fue entusiasta reyista y antirreeleccionista. Cuando Bernardo Reyes renunció a sus aspiraciones presidenciales, Guadalajara en bloque pasó a ser un importante bastión maderista. Desde los tiempos de la Nueva España, de la Colonia, Nueva Galicia trató de mantener su distancia: Jalisco siempre ha tratado de mostrar su independencia del centro, de la capital. Después de la Revolución, los norteños, en especial Calles, vieron a Jalisco como gran enemigo, aunque, como más de una vez lo he señalado, Obregón en 1923 y 1924, durante la rebelión delahuertista recibió apoyo de Jalisco y, por esas fechas, el Manco de Celaya mandó fusilar al jalisciense Manuel M. Diéguez, que tanto lo había auxiliado en su campaña militar desde Sonora.

Volviendo a la Guadalajara de julio de 1914, digamos que los norteños se habían adueñado de la ciudad y todos los automóviles habían pasado a ser propiedad de los generales triunfantes, lo mismo que las casas de los más prominentes tapatíos: “las casas habitación de D. Jesús Larreategui (esquina Palacio y López Cotilla), de D. Miguel Ahumada (Placeres), lic. Corvera (contra esquina del Santuario), Lic. Pérez Verdía (Avenida Vallarta, casa entre egipcio y Art Nouveau), una de los Gómez, la de Cuesta en la calle Tolsa no la pudieron tomar porque ahí vivía el cónsul del Japón, la casa de López Portillo la tomó para sí el Gral. Obregón…La lista general de los edificios que ocuparon tanto como cuartel propiamente, como para los jefes, llevando o no tropa, según recuerdo, son los siguientes: Arzobispado, Seminario, colegio de los jesuitas, colegio y huerta de las Damas del Sagrado Corazón, parte del colegio de la Luz, Escuela de Artes del Espíritu Santo, Casa de Ejercicios de Analco, aunque dudo algo. Tengo alguna idea de que también los conventos de Zapopan y Visitación, parte de la casa de las Siervas, aunque luego la dejaron. , Liceo del Estado con la escuela de la espalda, Liceo de Niñas (esquina de San Felipe y Belén)… Al llegar el Diéguez , se cogió para su uso la casa de Doña Dolores Somellera viuda de Orendain” (actual Madero casi esquina con Federalismo). (Carta de Daniel Lowere al arzobispo Francisco Orozco y Jiménez).

Con razón, años después Anacleto González Flores escribiría: “(los advenedizos norteños del 8 de julio de 1914) han jurado demoler nuestra casa… y es necesario que de una vez por todas se diga toda la verdad. Nosotros nos hallamos en nuestra propia casa. Los innovadores impotentes para edificar hasta la más infeliz de las cabañas han invadido nuestra casa. Y tras de invadirla se han entregado a la tarea de mandar despóticamente, absolutamente en ella. Ellos son los que han invadido por sus banderas políticas, todos los templos, hogares, escuelas, talleres, conciencias, pensamiento, palabra, todo. Ellos son los invasores, ellos son los intrusos. Nosotros nos encontramos en nuestra propia casa. Nosotros la edificamos con lodo y argamasa regados con nuestro propio sudor y con nuestro pensamiento. Ellos, los innovadores, nunca han podido edificar nada. Nunca han hecho otra cosa que entrar a saco nuestra casa y nuestras casas. Y siempre que han intentado alcanzar la gloria de arquitectos no han provocado más que derrumbes… nuestra primera palabra para los innovadores, para los intrusos será esta: estamos en nuestra casa; vosotros sois los invasores. Vosotros sois los intrusos”. (El Plebiscito de los mártires).

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