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Columna de Jesús Gómez Fregoso

¿Igual que anteantier?

Jesús Gómez Fregoso

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Cuando yo era niño, en los años treinta, no oía hablar de secuestros, pero sí de “plagios”, que es lo mismo. A mi primo Alfredo García, de Zapotlán, llamado ahora Ciudad Guzmán, lo plagiaron los ladrones del Volcán de Colima y lo retuvieron durante unos diez días hasta que mi tío Alfredo, su papá, pagó un fuerte rescate. A mi mamá, a mis hermanas y a mí, de siete meses de nacido, nos plagiaron siete sujetos que exigieron rescate en monedas de plata, que no se pagó porque mi tío Guadalupe, excristero y hábil para “venadear venados”, como decían, con un tiro de su “máuser” liquidó al que custodiaba a mi madre e hirió a otro que llevaron al rancho. Mi papá en la noche , le llevó de cenar al torreón, en que lo tenían preso, y “al padre para que lo confesara”, porque estaba seguro de que le aplicarían la ley fuga. Cosa que ocurrió al día siguiente. Nunca oí hablar de fosas con cadáveres, pero no era raro hablar de que habían matado a fulano o a zutano. Más de una vez me tocó ver cómo salía de la iglesia una caravana llevando a un muerto, tendido en una camilla y rodeado de flores silvestres. “Debe ser algún agrarista”, me decía tranquilamente mi mamá cuando le comentaba lo que había visto. Siempre que acompañaba a mi papá a Zapotiltic o a Zapotlán, en el asiento de atrás del coche, un “Marquette”, iba un guardaespaldas con su rifle, el “máuser” como se decía. Una noche, en la “vuelta del Zapote” saliendo casi de Zapotlán, nos tirotearon unos asaltantes, pero salimos ilesos. Quiero decir que de niño viví en el sur de Jalisco inseguro y donde abundaban los secuestros: para mí no son novedad ni los secuestros, ni los asesinatos, ni el peligro: así vivíamos en el Jalisco de la post-Cristiada. Los niños distinguíamos los tronidos de una pistola y de un rifle.

Otro capítulo de nuestra realidad actual es el repudio a los partidos políticos: no hay a cuál irle, por cuál votar, en cuál confiar. En mi infancia sólo había un partido: el PRM. No había más que esa aplanadora con sus terribles flagelos, comenzando por la CTM y la CNC. Pero el Ejército era la peor amenaza para la gente del campo: cómo veíamos con terror a los soldados con sus rifles amartillados: los soldados eran lo peor en que podíamos pensar. En cuanto al odiado gobierno, como yo lo veía de niño, baste decir que era el conjunto de autoritarismo, abusos e injusticias: la suma de todo lo que odiábamos.

En todo eso de la inseguridad, la violencia y el abuso de poder no veo grandes cambios ni ganancias. Nunca he olvidado la matanza de León, el 2 de enero de 1946, cuando el ejército, al mando de Medina Barrón, si la memoria no me falla, ametralló al pueblo de León que protestaba por el robo electoral del PRM en las elecciones municipales. Tuvieron que ceder. Fue tal el desprestigio que cambiaron su nombre al de PRI.

Claro que el país es muy diferente en muchos sentidos; pero en la inseguridad, lo reitero, en al abuso de poder, en la muy injusta repartición de la riqueza no sé hasta dónde hayamos mejorado. Obviamente en esto, como en todo lo que vengo diciendo, habría que matizar y precisar. En algunos aspectos veo hasta retrocesos. Es increíble que ahora ya no se cuenten los muertos, sino las fosas. Hay también diferencias en que ahora se reprimen menos las protestas y las manifestaciones de inconformidad, aunque los excesos ocurridos no hace mucho en Guerrero nunca se habían dado.

Después de la Guerra de Reforma, de las luchas de la República Restaurada, sobre todo de las luchas revolucionarias, de los conflictos agrarios y laborales de los treinta a los sesenta, del “milagro mexicano”, del desarrollo estabilizador, del neoliberalismo y del “apantalle” de los primeros meses de Peña Nieto, la verdad es que nuestro país parece ser un adolescente perpetuo y no da muestras de iniciar la edad adulta y continúa muy lejos de la sensata madurez. Ojalá los nietos y bisnietos de los mexicanos actuales transiten un día por los caminos de una democracia justa, inteligente y tolerante. Nadie nos puede privar el derecho de soñar.

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