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Viernes , 22.06.2018 / 13:43 Hoy

Columna de Jesús Gómez Fregoso

El Ejecutivo en caída libre

Jesús Gómez Fregoso

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A mis papás les tocó vivir en la Revolución; mi mamá niña y adolescente, mi papá adolescente y joven. A mi papá, ayudante de un carpintero en Zapotlán, actual Ciudad Guzmán, le tocó entregarle a Pancho Villa un ataúd para uno de sus generales que murió en la batalla de la cuesta de Sayula. Villa, por cierto, le dio una buena propina. Por esas mismas fechas, 1914, mi mamá, niña de seis años, veía con horror a los ahorcados por Villa frente a los árboles que había frente al Teatro Degollado en Guadalajara. Obviamente esa niña y ese adolescente, como todos los habitantes de México, no tenían la menor idea de que estaban viviendo en lo que después conoceríamos como la Revolución. Después vivieron en lo que ahora llamamos “época de los caudillos”, o el caudillaje luego, recién casados, vivieron, sin saberlo, la Cristiada y luego el Maximato y así sucesivamente. Yo nací durante el penúltimo año del Maximato, 1933; mi infancia la viví durante los años de Lázaro Cárdenas, al que en mis rumbos nunca apreciamos, a pesar de lo que ahora digan los libros de Historia. Recuerdo la campaña de Almazán contra Cárdenas. Recuerdo el domingo de julio en que se eligió a Miguel Alemán y las maravillas que decía la prensa durante ese tiempo y los años de Ruiz Cortines, cuando, según los entendidos, se vivió el “Milagro mexicano”; luego el “Desarrollo estabilizador” y el apogeo del “Presidencialismo”, o no sé cómo convenga llamarlo. Después del 68 algunos se refieren al “Fin de la utopía”, y los años posteriores se pelean por su clasificación adecuada.

La gran pregunta es cómo llamar al sexenio de Peña Nieto, si es que lo termina. Ciertamente estamos viviendo muchas realidades nunca vistas ni imaginadas: indiscutible desarrollo económico con más indiscutible desigualdad y espantosa injusticia en la repartición de la riqueza. La inseguridad comparable a los años posteriores al Segundo Imperio, cuando el bandolerismo era el pan de cada día y mucha gente, al salir de su casa por la mañana no estaba segura de regresar por la tarde. Los años terribles de los conflictos armados cuando sólo la plata y el oro tenían valor duradero y el dinero en papel dejaba en la calle, de un día para otro, a ricos acaudalados. “El águila de Carranza / es un animal muy cruel/ se traga toda la plata/ y caga puro papel”.

No tengo memoria de otra época en la historia de México en que el gobierno tuviera desprestigio mayor: en que la imagen del Presidente haya sufrido una caída tan velozmente acelerada: de figura internacionalmente alabada en varios aspectos a que el TIME lo represente como un catrín, de las catrinas de Posada, en un México donde Cancún siga siendo el sueño de muchos europeos y simultáneamente se desaconseje terminantemente viajar a México. Nunca se había visto que los politécnicos impusieran condiciones al gobierno para sentarse a dialogar. Recuerdo el París de mayo del 68, pero allá y entones, aunque los estudiantes se empeñaban en acabar con la figura del presidente De Gaulle, lo más que lograron fueron las caricaturas del primer mandatario; pero recuerdo muy bien que el 31 de mayo, 20 días después de la gran insurrección, De Gaulle retomó el poder y la autoridad indiscutida. Ahora, en México no sé si Peña Nieto logre imponerse y legitimarse. Así como nadie duda de que Bon Benito y Don Porfirio crearon a México como Estado, con la legitimación de la fuerza, no sé cómo pase Peña Nieto a la historia.

Después de los decenios del PRI y los dos sexenios en que se esperaba un vigoroso nacimiento de la democracia, regresamos al dominio del PRI modernizado , “corregido y aumentado” con la compañía de los partidos políticos desprestigiados y cuestionados como nunca. El Ejecutivo devaluado y los diputados como sinónimo de ineficiencia, ineptitud y despilfarro de recursos. No tengo idea de qué palabra se inventará en los años futuros para caracterizar y describir estos años de inseguridad, de las ligas de los gobiernos con el narcotráfico, de ingobernabilidad e incertidumbre. Tal vez a este sexenio se le denomine “el fin del espejismo”, “el túnel”, “el desencanto”, “el eclipse”, “el terror”, “cuando se tocó fondo”. La verdad quisiera tener argumentos para el optimismo.

raulso@hotmail.com

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