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Martes , 25.09.2018 / 08:49 Hoy

Columna de Jesús Gómez Fregoso

26 de Julio de 1926

Jesús Gómez Fregoso

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Mañana, 26 de julio, será aniversario número 88 del mismo día de 1926. Guadalajara ya no padecía las iras antirreligiosas de Manuel Macario Diéguez porque dos años antes su antiguo jefe y “amigo” Álvaro Obregón lo había mandado fusilar. Ahora el que mandaba en el país era otro sonorense, compadre del Manco de Celaya, el cerril Plutarco Elías Calles que, a falta de méritos militares, quería ganarse prestigio de revolucionario librando al país de todo lo que oliera a católico. Dado que los obispos no habían podido negociar con Calles, se decidió, como medida desesperada, cerrar los templos como protesta. El 31 de julio sería el día en que ya no se oirían las campanas y los templos permanecerían cerrados sin posibilidad de celebrar cultos: la administración de los sacramentos en casas particulares se consideraría crimen contra el Estado. Durante las últimas semanas de ese julio de 1926 los templos estuvieron concurridos como nunca: buscaban la confesión y la comunión, el bautismo y la confirmación, y muchísimos novios y novias, ante la amenaza del cierre de los templos, decidieron adelantar su boda religiosa. Entre las novias que decidieron adelantar su matrimonio estaba la jovencita Francisca Fregoso Preciado, atractiva vendedora del mostrador de una de las dos joyerías que había en Guadalajara: el Cronómetro, en la avenida 16 de Septiembre, a media cuadra al sur de Juárez. La jovencita había hecho todos sus estudios en la recién fundada Escuela Anexa a la Normal, y entre sus maestras había tenido a Irene Robledo; a la fecha estaba por terminar su carrera de maestra, en la misma Escuela Normal. Vivía esta muchacha en un casa contigua casi al templo de Santa María de Gracia y desde hacía varios años era catequista en dicho templo. En 1915, niña aún de siete años, le había tocado ver, en los árboles que había frente al Degollado, colgados, por órdenes de Villa, al panadero, al carnicero y a otros conocidos del barrio: era una muchacha del pleno centro de aquella Guadalajara que olía a tierra mojada y de mujeres de ojos tapatíos. El novio un joven, nacido en el Ingenio de El Rincón, en el sur de Jalisco, era hijo de uno de los muchachos de la región que un francés instruyó en los secretos de la caña de azúcar y la fabricación de alcohol y que recorrían los ingenios de la comarca en tiempos de la zafra. Cuando tenía catorce años vivía en Zapotlán, hoy Ciudad Guzmán, y un mal día de 1913 se despertó con que el Volcán de Colima estaba arrojando lava y renegrida arena. Era huérfano de padre, y la madre lo tomó, junto con su hermano y hermana, y a pie salió huyendo hacia Guadalajara para no morir sepultado por la erupción. Para esas fechas de 1926, Manuel Gómez Bonales, en Guadalajara, sin universidades ni tecnológicos, había estudiado en la única institución posible para los pobres que no podían ir a Francia, y sobre todo a Inglaterra, a cultivarse: en el Seminario Conciliar. Pero, ante la invitación del Arzobispo Francisco Orozco y Jiménez de sacar un doctorado en Roma, le dijo abiertamente que su vocación no era el sacerdocio y que pensaba casarse, en un futuro.

Volviendo al 26 de julio de 1926, vísperas del cierre de los templos, la jovencita Francisca Fregoso y el joven Manuel Gómez se casaron en la capillita que está entrando a la izquierda del templo de Nuestra Señora del Pilar en la calle Parroquia, llamada ahora González Martínez. La ceremonia fue casi en la madrugada y ofició el señor cura Figueroa, tío de la novia. Fueron a viaje de bodas a la Ciudad de México, a Cuernavaca y Cuautla. Al regresar, el joven Manuel invirtió parte de sus ahorros en contratar a un maestro de cocina y otro de repostería para que fueran, a domicilio, a instruir a su joven esposa en las artes de la buena cocina y la buena repostería. Pocos meses después, con su esposa experta en artes gastronómicas, Manuel regresó a su lugar de origen, al Ingenio de El Rincón, de suerte que los primeros meses de los recién casados fueron entre los sustos de la Cristiada. Tuvieron dos hijas, María y Teresita, y luego llegó un varón, que es el que esto escribe. Después llegarían otros nueve vástagos.

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