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Domingo , 23.09.2018 / 18:12 Hoy

Los sonámbulos

Sobre el síndrome del bañista

Jesús Delgado

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Según reportes oficiales, la industria de la construcción, particularmente de la vivienda, ha repuntado levemente, esto en medio del crujir de los precios del petróleo, el peso y los huyentes especuladores. Algo debe haber de cierto cuando, bruscamente, se dan a conocer créditos inmobiliarios que, como "regalos envenenados" y en racimo, han puesto a "reformadores" y a "pensadores del año" en mayores predicamentos.

Aclárese que, pese al resquemor de timoratos sin visión, eso es parte de la audaz realización del sueño dorado en restringidos círculos: la máxima felicidad con el mínimo esfuerzo, producto del "ingenio y la fatiga", según la vetusta fórmula smithiana (en esta caso, nuevas formas crediticias -pa' corresponder a la generosidad desinteresada- y la molestia de firmarlas).

Los que han chorreado páginas de vituperios contra el intervencionismo estatal, probarán así que desde el Poder público, vía gasto, se reanima a cualquier muerto.

Empero, la situación refleja el "síndrome del bañista", ese que un rato se la pasa bien en la orilla, chapoteando y, desprovisto de cualquier técnica, cree luego que puede bracear o hacer pie en sitios más profundos y termina por ahogarse. A esto se le denominaría imprudencia o lance temerario, pero aquí se trata de impunidad arrogante.

Es igual el discurso gubernamental y empresarial respecto de los normalistas de Ayotzinapa. El hecho de que sus representantes convoquen a hacer "un esfuerzo colectivo para superar el momento de dolor" y a "cerrar la página", no habla de seres de una gran empatía llamando a los dolientes a la pronta resignación -como si esto fuera posible incluso en condiciones "normales"-, menos, si se envía a las fuerzas armadas a lanzar amonestaciones.

La vehemencia de los peticientes para el "borrón y cuenta nueva" tropieza con la indignación y, especialmente, con el lado más tenebroso de la brillante época de la transparencia: la oscura rendición de cuentas.

Espíritus entre agobiados y exasperados, optan entonces por llamar a los dolientes y a los ciudadanos a traer lazarillos.

Y, otra vez, se desliza que detrás está algo similar al tal Trínculo, bufón de las obras de Shakespeare que, al ver a Calibán (signo de esclavitud deformada y salvaje, un pez-hombre) lo primero que piensa es en presentarlo en una exposición, en un lugar donde "cualquier bicho raro hace negocios".

"No dan un céntimo para aliviar a un cojo, pero se gastan diez en ver a un indio muerto", afirma (La Tempestad). Esa es la esencia, sin duda.

Por viejo y gastado, nadie va a creer en teorías conspirativas, pero si el medio es el mensaje (The Wall Street Journal), resulta entonces que lo truculento no está el hecho en sí, sino en que los bañistas se equivocaron de alberca (o de socios, si se prefiere). Y esto es peor que no saber siquiera chapotear.

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