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Viernes , 22.06.2018 / 23:48 Hoy

Balurdo

Cuando las manos no son inocentes.

Jesús Cruz Flores

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Para los criminales sólo existe una palabra: la palabra “crimen”. En cada delito hay una justificación,una rebeldía, un fondo extraviado de justicia. No se piensa en la victima. Se piensa en el enemigo como en la guerra. (…) Era nuestro enemigo, tenía lo que nosotros necesitábamos con angustia, lo que yo no supe conseguir por otros medios, después de haberlo buscado desesperadamente. Y por eso lo hemos matado. ¿Oyes? Lo hemos matado.” Lo anterior es parte de la obra de teatro Las manos son inocentes. Un texto dramático del dramaturgo español de la llamada generación del 27. J. López Rubio. Cuyo nombre completo era José Joaquín Francisco Cesáreo Caraciolo Isaac de Santa Lucía y de la Santísima Trinidad López Rubio. El texto explora lo concerniente a la muerte de un hombre y las indagatorias del juzgado en busca de los posibles causantes. Entre el suicidio y el homicidio se plantea la trama de la obra teatral. El crimen llevado a la categoría de acción de guerra tiene en su germen una de las justificaciones que en el pasado guió la mano de muchos asesinos, hoy llamados sicarios, ayer gatilleros, pero más allá de los nombres con que se designen están la realidades con las que se opera o se justifica el hecho de privar de la vida a un ciudadano. Más allá de los géneros y los oficios el asesinato es una forma de eliminar lo que nos significa en grado sumo una complicación de la propia existencia. Ante lo cual se vuelve rutinario en tiempos de canallas. Eliminar lo que nos causa ruido o activa nuestras angustias parece ser que ya es una realidad pulsante en nuestro devenir cotidiano. Desde lo extraoficial de lo oficial y desde los visible de lo no visible.Esto se pone bajo la mesa en México con el caso del homicidio múltiple de la Colonia Narvarte en la ciudad de México. Hecho en el que fue victimado el fotoperiodista veracruzano Rubén Espinosa Becerril y la antropóloga y activista chiapanecaNadia Vera en compañía de Alejandra (a secas) , la empleada doméstica del estado de México, la colombiana Nicol o Simone, y la michoacana Yessenia Quiroz, estudiante de estilismos. Diferentes oficios, diferentes géneros, diferentes lugares de procedencia. Pero en un punto de coincidencia. Estar en el mismo país, en la misma capital de la nación y estar en el momento. Una coincidencia donde el poeta Blas de Otero podría decir: “Vendrán por ti, por ti, por mí, por todos Y también por ti. (Aquí no se salva ni dios. Lo asesinaron.)Escrito está. Tu nombre está ya listo,temblando en un papel”. Una cruenta realidad. Ésta es la realidad de un México Profundo que se desangra día a día en el medio de la injusticia y el dolor en un más allá de los discursos y las declaraciones triunfalistas que a muy pocos convencen. Un lugar donde nos faltan muchos ciudadanos y nos sobran las cruces. Mientras tanto la función debe continuar “¿Qué es lo peor?”-pregunta Paula, el personaje de José López Rubio- “La inquietud por lo imprevisible…, por lo inesperado. Pero ya has visto. Las respuestas han encajado con las preguntas como las piezas de una maquinaria perfecta. Nada anormal. Nada extraño. El recuerdo es lo único que nos queda. Y pronto ni el recuerdo siquiera”. -responde German-.

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