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Miércoles , 20.06.2018 / 14:35 Hoy

Panóptico

"Queman" desde adentro a Fuerza Civil

Javier Sepúlveda

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Los elementos de Fuerza Civil patrullaban aquel lunes 3 de octubre, como siempre, pertrechados con chalecos antibalas y cascos con protección balística.

Todos llevan en sus manos armas largas y pistolas automáticas a la cintura, suficientes para enfrentarse con bandas criminales, armas que les sirven también para reafirmar su masculinidad, su identidad varonil.

En una de las unidades, el policía Jehovany Durán Vanegas portaba con altivez las armas y el uniforme, cual macho alfa.

Aquel 3 de octubre en la colonia La Alianza, para la familia de Édgar Alejandro Martínez Pérez también era un lunes normal, hasta que cayó la tragedia disfrazada de policía.

Édgar Alejandro salió para acompañar a un tío a abordar un camión. En el trayecto se encontró con Pato, otro joven de su edad (16 años). De regreso, la unidad de Fuerza Civil en la que patrullaba Jehovany Durán, sorprendió a los muchachos inhalando tolueno, de acuerdo a la versión oficial.

En lugar de remitirlos al Consejo Estatal de Menores, enfilaron hacia una zona despoblada en donde Jehovany le roció el tolueno (thinner) a Édgar Alejandro en el rostro y el pecho y enseguida quiso torturarlo con una chicharra eléctrica.

El flamazo fue inmediato sobre la cara y el torso del joven, ocasionándole quemaduras graves de segundo y tercer grado.

En lugar de prestarle auxilio, todos los policías acordaron abandonar a su suerte a Édgar Alejandro y a su amigo Pato. Este último alertó a los vecinos para pedir ayuda. Los primeros en llegar fueron elementos de otra patrulla de Fuerza Civil.

Édgar Alejandro agonizó una semana en el Hospital Universitario y otra en la clínica para quemaduras de Galveston, en donde murió el martes.

Dos días después del ataque, el policía Jehovany Durán fue internado en el penal del Topo Chico, mientras sus cómplices que permitieron la agresión y el abandono del menor, siguen a disposición de Asuntos Internos de la corporación.

Paradójico, pero sin disparar un solo tiro, una horda de psicópatas uniformados acabaron con la vida de un inocente y de paso, con el poco prestigio que hoy tiene Fuerza Civil.

javier.sepulveda@milenio.com

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