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Sábado , 18.08.2018 / 08:18 Hoy

Columna de Javier Ignacio Salazar Mariscal

Reclusorios

Javier Ignacio Salazar Mariscal

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De las asignaturas pendientes en la mayoría de los estados del país, se encuentra la referente al mal funcionamiento de los centros de reclusión.

Una de las razones se debe a la sobrepoblación, considerada como la causa principal del fracaso burocrático y funcional de la prisión. La sobrepoblación genera hacinamiento, disminuye las oportunidades de trabajo, educación y salud (pilares de la reinserción social), violentando con ello los derechos humanos de los internos.

Cuando se rompe el equilibrio entre personas presas y recursos penitenciarios, cuando la oferta de celdas y servicios carcelarios no son suficientes para satisfacer la demanda, la maquinaria penitenciaria se atasca y empieza a funcionar mal (si es que alguna vez lo ha hecho bien), de tal modo que los centros de reclusión pasan a convertirse en simples depósitos humanos.

Otro factor para su mal funcionamiento, es el insuficiente personal encargado de la seguridad para atender a la población recluida. Se presenta una diferencia abismal entre el personal de guardia y la cantidad de internos que deben custodiar. Ello ocasiona que grupos organizados de internos controlen los penales a través del llamado “autogobierno”, convirtiéndose en un poder de “facto” paralelo al que ejerce la autoridad legalmente establecida.

Los reclusorios se han tornado en puertas giratorias de donde salen más peligrosos cada vez que pasan por ella los delincuentes. No en balde mantienen la etiqueta de “Universidades del crimen”.

La constante en los centros penitenciarios es la sobrepoblación, el autogobierno, el tráfico de drogas, la violencia y la corrupción. No hay acciones en contra de ello de parte de las autoridades que conocen del problema.

El conocer lo que sucede al interior de las prisiones y no hacer nada al respecto, conlleva a pensar que existen intereses económicos muy poderosos, que no permiten cambio alguno para que estos mejoren.

Los responsables deben hacer a un lado la auto-complacencia, pensando que todo está bien. Tienen que dar muestras de imaginación, romper viejos paradigmas que los atan a un sistema que ha mostrado ser un fracaso.

Uno de esos paradigmas son los cateos en las prisiones, conocidos coloquialmente como “zorras”. Concluidos, presentan ante los medios de comunicación lo decomisado: dosis de drogas, celulares, “puntas”, aparatos eléctricos, en ocasiones armas de fuego. Prometiendo: “se perseguirá hasta sus últimas consecuencias a quien o quienes permitieron la introducción de dichos objetos”. Al final nadie es sancionado.

A los días vuelve haber celulares, drogas, “puntas”, y un sinfín de objetos y sustancias prohibidas. Al tiempo otra “zorra” para decomisar lo mismo. Lo único que logran es incrementar la corrupción.

No hay políticas públicas en torno a la reestructuración de las prisiones, encaminadas a disminuir el hacinamiento, evitar el autogobierno, la violencia, el tráfico de drogas, la corrupción. Con el fin de lograr la reinserción social del sentenciado fin último de la pena en México.

Los estados han demostrado su incapacidad de control sobre los delincuentes presos, por ello difícilmente logran contener a los que deambulan libremente por las calles. He ahí la razón de las altas tasas de delitos que mensualmente se registran y la impunidad que se genera en torno a ellos.

Los reclusorios de Jalisco no están exentos a esta problemática.


Ex jefe policial municipal y estatal

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