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Sábado , 15.12.2018 / 10:12 Hoy

Ekos

Vivir para contarla

Javier García Bejos

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Barcelona es un lugar mágico. El Mediterráneo baña su litoral, y al recorrer la ciudad llegas a conocer todos sus rincones asombrosos; sin duda, es una de las ciudades más visitadas del mundo, por libre y abierta, llena de cultura, cosmopolita y generosa. Cerca del mar, el monumento a Colón viendo al puerto es el inicio de una avenida peatonal con un amplio camellón, donde puedes encontrarhelados, antigüedades y restaurantes a pocas cuadras de la Plaza Real, para al final llegara Plaza Cataluña. Caminar por ahí es obligado para cualquier turista; este entorno atractivo es punto de reunión a cualquier hora del día, y referencia en la vibrante ciudad catalana a la que siempre quieres regresar.

En algún momento de mi vida, llegué a tener muchos amigos por allá y hasta a algunos mexicanos nos dio por llevar los sabores de México al viejo barrio del Borne, en La Coronela. Quizás por eso me dolió profundamente el atentado brutal de hace unos días. No tuve ganas de ver las escenas; sencillamente, escuchar el relato por la radio me cimbró, como seguramente nos pasó a todos.

El odio absurdo volvía a golpear, como antes sucedió en Londres y París, pero ahora en esta nueva modalidad en la que basta la locura y una furgoneta para atropellar arteramente a personas inocentes, acabando de tajo con historias y vidas que solamente disfrutaban un paseo. A pesar de esta barbarie, yo me quedo conel padre que salvó la vida de su hijo, o la solidaridad de la gente donando sangre; los psicólogos platicando con víctimas o testigos, y los taxis recorriendo frenéticamente el lugar para poner a salvo a la gente. Estas son las bellas historias humanas que surgen naturalmente de entre los escombros que deja el odio.

El nuevo terrorismo no recluta desde cuevas ni planea atentados masivos como lo hacía Bin Laden. Ahora, los terroristas se muestran ante los jóvenes como si fueran héroes en una cruzada que jamás va a prosperar. Los asesinados del Bataclan, los muertos en el Big Ben y los caídos en Las Ramblas no serán víctimas en balde. Todos ellos deben convocarnos a cerrar el paso a los discursos de odio, de racismo y de exclusión, como los que se vivieron en Estados Unidos durante la semana, en una extraña coincidencia.

Mientras Trump convertía Charlottesville en su confirmación pública como brutal racista, la gente de bien en el mundo libre, que somos mayoría, alzamos la voz sin miedo contra el odio, pero también guardamos silencio y nos encontramos en la misma oración que abarrotó antier a la hermosa Barcelona. Al final, seguí leyendo testimonios, todos rotos y llenos de dolor, pero todos de gente que vivió para contarla.

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