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Domingo , 24.06.2018 / 11:02 Hoy

Ekos

Homo Deus

Javier García Bejos

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En memoria de Mangy

Hace unos días, comencé a leer "Homo Deus", libro escrito por el profesor Harari. En él, nos adentramos en un análisis histórico de cómo el hombre ha venido modificando sus preocupaciones. Durante siglos, el hambre, la enfermedad y la guerra constituían el camino más cercano a la muerte. Los desastres naturales aislaban regiones que sin alimentos prácticamente desaparecían, la plaga y enfermedades infecciosas arrasaban, a veces durante siglos consecutivos, con las ciudades, y la guerra acababa con todo y con todos.

Hoy, sin embargo, hay más gente que muere anualmente por comer en demasía hasta enfermar que por tener hambre, más gente muere por longevidad que por infecciones y hay más suicidios que muertes causadas por terrorismo, guerras o criminales.

El asunto en nuestros días, pues, empieza a ser distinto. El paradigma de la vida hoy no tiene que ver con los males milenarios y sus sombras, sino con la búsqueda de vivir más años, de tener la tecnología suficiente para reemplazar órganos y hacer de la medicina un camino más hacia la inmortalidad que hacia la cura. Son argumentos ciertamente provocadores pero ciertos al final, el hombre temeroso de Dios ha ido desapareciendo. Ya no hay plagas, ni falta de alimento, y ni siquiera guerras que pongan en riesgo una partida súbita; el Homo Deus se quiere convertir en Dios, no tiene miedo, y a pesar de que habrá de morir, busca controlar su muerte.

Empecé a leer este libro antes de que mi abuela falleciera hace unos días, luego de casi 90 años de vida. Nacida en 1928, fue testigo del brutal cambio en el mundo. Sus primeros viajes los hizo en aviones que hacían decenas de escalas, la música se guardaba en discos y mi abuelo le escribía telegramas cuando tenía que viajar fuera. La tecnología le permitió vivir muchos años más de los que hubiera podido, y los vivió bien; le permitió hablar a través de FaceTime con su nieto estudiando en otro país, y tener toda su música disponible hasta en el celular.

Al final, en sus últimos días, me dijo sentirse satisfecha y feliz. No se arrepentía de nada, había tenido una gran vida y descubrió que trabajar hasta el último día la había mantenido independiente y en armonía con la vida. De pronto también, cerca de Dios, entendió que el significado de morir tiene que ver con la continuación de la vida.

Y así, afortunadamente, por más que se estudie y alargue artificialmente nuestra vida, la realidad es que la única inmortalidad a la que podemos aspirar es que las grandes personas son inolvidables. Nos damos cuenta que no acaban de irse nunca, y esa aspiración debería ser al final el motor para tener una vida digna, feliz y haciendo el bien, que de eso se trata.

El increíble viaje de la vida tiene un principio y un final, por eso hay que disfrutar cada instante y saber que somos vulnerables. Por más que la nueva realidad nos catapulte como los reyes de la creación, la reflexión sobre nuestra fe en lo que viene después, es la lección última que aprendemos en nuestra vida.

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