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Martes , 16.10.2018 / 14:02 Hoy

Ekos

2017-09-10

Javier García Bejos

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El servicio público es una vocación que surge cuando nos damos cuenta del poder que tiene ayudar y cambiar la vida de alguien. Frecuentemente, la gente siente que los políticos dejamos de escuchar o de ver realidades, que somos inalcanzables y peor, que no cumplimos con la tarea fundamental que tenemos que es servir, así de simple.

Cuando conocí a Eruviel Ávila, hace más de 10 años, me decía que los servidores públicos nos debíamos a los ciudadanos porque ellos pagan nuestro salario, y que se debía servir con eficacia, humildad y sencillez; al final, caminar por la calle y ver a los ojos a los ciudadanos y escucharlos era lo más importante de la tarea cotidiana. Me decía también que los puestos eran prestados, por lo que cambiar el comportamiento por tener poder era absurdo; el poder, explicaba siempre, sirve para servir. Siempre me comentaba lo emocionante que era presentarse para ganar comicios electorales, regresar a su casa y ver a sus vecinos para pedir su voto, sabiendo que podía hacerlo porque había cumplido antes. Honrar la palabra, me indicaba, es lo primero que se debe cuidar desde el gobierno.

Hoy, no escribo sobre los resultados alcanzados durante sus seis años de gobierno. Escribo porque algo que debemos de hacer en el país es dignificar el servicio público, a través de cuidar las formas en las que servimos. Tuve la oportunidad de ser director del Aeropuerto de Toluca y Secretario del Trabajo durante su administración, de caminar cerca de la gente y ver la importancia de ser congruente, de actuar de acuerdo a convicciones. El gobernador siempre estaba puntual en una cita, pero además, se organizaba de tal manera que el último en abandonar un evento era él. No había prisa ni nada más importante que escuchar a los ciudadanos, tomarse una foto o atender con soluciones y sensibilidad un reclamo. La gente lo sabía; él habría de escuchar e instruir.

Caminar con Eruviel significaba trabajar siempre en un ambiente de respeto, basando su liderazgo en lo más valioso que puede tener una persona que es la educación. Caminar con él era aprender lo inútil de la confrontación y lo valioso de la generosidad política para construir acuerdos, y dejaba la enseñanza de hacer de la lealtad un principio para hacer política. De ahí, entonces, la capacidad de sumar y multiplicar, la posibilidad cierta de transformar.

Después de ocupar muchos cargos públicos por elección, ahora Eruviel acaba su administración, como él lo ha dicho, caminando con la frente en alto, con las ganas de seguir sirviendo a México. Sobre todo, habría que pedirle que nos recuerde a todos los que somos servidores públicos, la importancia que tienen las cosas más simples de nuestra profesión, que son disfrutar de la cercanía con la gente y aprender a construir desde una sonrisa, tocando corazones. Al final del día, hay que reconocer con toda sencillez que solamente somos personas, los cargos pasan, y que la mejor herencia que se deja cuando se gobierna es la satisfacción propia del deber cumplido.

Todas las personas cometemos aciertos y errores, y no hay gobierno perfecto, pero sí quedan gobernantes que saben que lo más importante es servir. Así de fácil.

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